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La Unión Europea, cárcel de pueblos

Por Claudio Testa, 2/11/17

Una lección a registrar del caso Catalunya

“El independentismo catalán se planteó como meta ser un nuevo Estado de Europa. Sus timoneles perdieron de vista la realidad al soñar apoyos internacionales fundamentales en la Unión Europea, parecidos a los que a fin de siglo actuaron con la descomposición de la URSS o Yugoslavia… Pero quienes favorecieron las independencias rupturistas en el Este lo impiden ahora en el Oeste y particularmente en el caso de España, disciplinada aliada de esos poderes… […]
“Sin embargo, el resultado del independentismo catalán en el ámbito exterior ha sido modesto pero no despreciable; ha contribuido a dar vigor a la quinta brecha, la regional, que resquebraja una Unión Europea en trance desintegrador. Hace sólo cinco semanas que el jefe de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, anunciaba que la UE volvía a tener «el viento en popa». La cruda realidad es que las brechas se ensanchan…”
(Rafael Poch, corresponsal en París, “La crisis catalana agrava otro factor de desintegración en la Unión Europea”, La Vanguardia, Barcelona, 29/10/2017.)

Rafael Poch, periodista catalán de larga trayectoria internacional, hace dos observaciones agudas. Más allá de sus posiciones acerca de la independencia de Catalunya, hay que tenerlas en cuenta porque reflejan bien la contradictoria realidad de Europa y también de la Unión Europea ante la independencia catalana.

La primera, es la de desechar cualquier ilusión de que en las alturas de Unión Europea puedan soplar vientos favorables al derecho a la autodeterminación del pueblo catalán. Otra cosa, por supuesto, son los pueblos de Europa… que no hay que confundir con los crápulas de Bruselas… como Jean-Claude Juncker o Donald Tusk, títeres del capital financiero germano-francés.

Puigdemont, presidente de la Generalitat, cuando viaja a Bruselas e implora a la Unión Europea que “reaccione, que haga algo” porque Catalunya tiene “delante un Estado que sólo entiende la razón de la fuerza”[1], refleja esa cuota de esperanza.

No sabemos en qué medida esta esperanza es personal… Lo importante –más allá de las maniobras de Puigdemont– es que la Unión Europea aun puede ser vista por sectores relativamente amplios como un terreno más favorable que el autoritarismo impuesto desde Madrid, o por lo menos como un “espacio de negociación” donde podrían moderarse las brutalidades del gobierno de Rajoy…

La verdad es que la Unión Europea no funciona en ese sentido. Y aclaremos que tampoco lo hizo en los 90 en los Balcanes, cuando la UE (y su antecesora la CEE) respaldaron la fragmentación de Yugoslavia… y sus consiguientes guerras.

Tanto en uno como en otro caso, hubo efectivamente conductas distintas… pero respondiendo a los mismos intereses; en primer lugar, como ya señalamos, los intereses geopolíticos y económicos del capital financiero germano-francés.

Pero ahora, en el caso de Catalunya esto se agrava más. No se trata sólo de intereses comunes “en general”. También se ve reforzado por otros factores, como por ejemplo que el mismo partido político gobierna hoy simultáneamente a la Unión Europea, a Alemania y al Estado español.

Se trata del Partido Popular Europeo, organización de derecha cuya dirección integran simultáneamente Jean-Claude Juncker (Presidente de la Comisión Europea), Donald Tusk (Presidente del Consejo Europeo), Angela Merkel (Canciller de Alemania) y Mariano Rajoy (Presidente del gobierno español). Son “compiches” desde hace largos años. Y, cuando hablan, repiten literalmente el mismo discurso aunque en diferentes idiomas.

El Partido Popular con el que gobierna Rajoy es la sección española de ese Partido Popular Europeo. Por medio de él, lograron aplicar planes de austeridad brutales, pero muy exitosos para hacer pagar a los trabajadores los platos rotos de la crisis mundial iniciada la década pasada. Eso generó en su momento fuertes movimientos de protesta en el Estado español y, también, una crisis del sistema bipartidista y de la colaboración de los partidos de las autonomías (como la corriente que hoy dirige Puigdemont en Catalunya).

Por supuesto, eso no implica que no se pueda ni se deba utilizar el “escenario europeo” que de hecho es Bruselas, como tribuna para dirigirse a los pueblos de Europa (estén o no en la UE), para explicar y reclamar su apoyo a la autodeterminación de Catalunya.

Hay que hacerlo, pero sin sembrar la menor ilusión en el carácter, la política y los dirigentes de la Unión Europea. Es que su orientación coincide con la de Rajoy, y es la de reforzar a la UE como “cárcel de pueblos”. Y no sólo en el sentido de que nadie se escape de esa prisión. También en el sentido de  disciplinar a todos los países de la UE en cuanto a la liquidación de los derechos y conquistas sociales, para hacer volver el reloj de la historia al siglo XIX. Eso es lo que está peleando Macron en Francia.

Tendencias centrífugas no sólo en el Estado español

Al mismo tiempo, cabe registrar y tener en cuenta la segunda observación acertada de Poch. Aunque no estemos en vísperas del derrumbe de la Unión Europea, ni mucho menos, son una realidad las fuerzas centrífugas que operan no sólo en el Estado español sino a escala de la Unión Europea, y más en general de toda Europa.

A comienzos de este año, en el artículo “Europa en la centrifugadora”[1], advertíamos sobre el crecimiento de esas tendencias centrífugas que no se limitaban al Brexit, que había sido votado en el Reino Unido en el año anterior.

Esas tendencias centrífugas tienen como motor el clima de descontento que reina en mayor o menor medida en los países europeos. Este hecho lo reconocen hasta algunos de sus responsables. Días atrás, Jean Pisani-Ferry, el principal “consejero” de Macron en cuanto los planes retrógrados que intenta aplicar en Francia, se quejaba de que en toda la Unión Europea viene en aumento una “creciente desafección entre sus ciudadanos… las sucesivas crisis, han conducido a que el sentimiento de pertenencia se vaya acabando”.[2]

¡Qué ingratos estos europeos! ¿No será porque sienten que hoy están peor que ayer… y que mañana estarán peor que hoy?

En la izquierda europea hay cierta confusión política en ese sentido, por un hecho importante pero mal interpretado. Que en los últimos tiempos, el justificado clima de descontento con la Unión Europea de Fraulein Merkel y sus gobiernos, se ha expresado principalmente en avances electorales de la extrema derecha.

Esto es aprovechado para hacer un fraude político. Con el pretexto de hacer frente a esas fuerzas, se da apoyo directo o indirecto a la UE y las corrientes políticas que la administran, como la pandilla del Partido Popular Europeo de Merkel, Junker, Rajoy & Cía.

Pero, de ninguna manera, la situación actual de la Unión Europea genera movimientos hacia la derecha. También lo hace hacia la izquierda, y la gran prueba es lo de Catalunya!!! Aunque parte de ese proceso son personajes y partidos como Puigdemont y su PDeCAT, nadie puede decir que de conjunto lo de Catalunya es una deriva hacia la extrema derecha.

¡La extrema derecha española está en el otro bando, en los que en Madrid desfilan contra Catalunya, cantando “Cara al Sol” y haciendo el saludo fascista!

El curso anti-UE está generado no por una contagiosa “epidemia de extrema derecha” sino, como señalamos, por el justificadísimo descontento popular.

Como demuestra la experiencia histórica, cuando eso sucede, se generan corrientes contestatarias en ambos sentidos, hacia la derecha y hacia la izquierda. Las tendencias que predominen serán producto de las luchas políticas, sus triunfos y derrotas.

Si hoy la contestación al desastre de la UE es capitalizada en cierta medida por la extrema derecha, se debe a un hecho político concreto, la traición infame de Syriza y Tsipras en Grecia. Allí se dio el primer gran y decisivo enfrentamiento a los planes de hambre y miseria dispuestos por la Unión Europa.

La capitulación de Tsipras y Syriza no sólo abatió a los combativos trabajadores y a la juventud de Grecia. ¡Fue una derrota de consecuencias continentales para el movimiento obrero y la izquierda! Sumada a las traiciones de otras fuerzas que se decían “de izquierda”, como el Partido Socialista francés, la derrota en Grecia desmoralizó a amplios sectores en toda Europa, y abrió paso a que formaciones de extrema derecha capitalizaran el merecido odio y rechazo a la UE.

Ahora, lo de Catalunya va en sentido opuesto, aunque con más complejidad, porque no están en juego directamente, en primera instancia, las relaciones entre explotadores y explotados, sino el derecho a la autodeterminación nacional.

Sin embargo, no  tengamos dudas que un triunfo del pueblo catalán por el derecho a la autodeterminación, contra la pandilla de Rajoy y la monarquía instaurada por Franco, haría soplar el viento en el otro sentido en toda Europa. Sería un empujón hacia la izquierda, que pegaría también mucho más allá de los Pirineos.

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1.- “Europa en la centrifugadora”, Socialismo o Barbarie Nº 417, 16/03/2017. http://www.socialismo-o-barbarie.org/?p=9386

2.- “Consejero de Macron alerta sobre la desafección a la UE”, La Vanguardia, Barcelona, 01/11/2017.

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Un G-20 con pocas novedades y mucha resistencia

Por Ale Kur, 13/7/17

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El pasado fin de semana se llevó a cabo en Hamburgo, Alemania, la reunión anual del G-20. Se trata del grupo de los países más industrializados del mundo, a los cuales se suman algunos pocos otros “en vías de desarrollo”. En su interior se desarrollan debates sobre la perspectiva de los asuntos globales, intentando llegar a ciertos “consensos”.

Desde el punto de vista de la reunión en sí, esta ocasión resultó novedosa por ser la primera con Donald Trump como presidente de los EEUU. El mandatario norteamericano ganó sus elecciones con una retórica de fuerte ruptura (por derecha) con el “statu quo” mundial. Prometió entre otras cosas acabar con el libre comercio y levantar barreras proteccionistas, impedir la inmigración desde los países latinos y musulmanes, luchar contra toda restricción a las formas de energía contaminantes, poner un freno a la expansión de China, establecer relaciones más amigables con Rusia, etc.

Estas propuestas chocan de frente con el consenso globalizador-liberal existente en el mundo en los últimos años. Pero este “statu quo” contra el que combate Trump no se trata solamente de una fotografía de un pasado ya finalizado, ni de un conjunto de “resabios” de esa época. Se trata de una fuerza política muy viva en el mundo, empezando por la región anfitriona de la reunión: la Unión Europea, dirigida a todos los efectos prácticos desde la Alemania de Merkel. La mandataria germana es una de las principales defensoras de ese viejo consenso globalizador-liberal, y se encuentra por esa razón en las antípodas de Trump (dentro del campo común del capitalismo imperialista, vale aclarar).

Pero quizás más importante aún, los giros propuestos de Trump van en contramano de los intereses de la principal potencia ascendente del mundo, que le pelea cada vez más a EEUU el dominio de la economía mundial. Se trata del gigante chino, que debe todo su crecimiento explosivo a la misma globalización neoliberal que Trump aparece (formalmente) cuestionando.

En estas condiciones, se produce una paradoja. EEUU sigue siendo la primera potencia mundial, tanto en el terreno económico como militar. Pero su gobierno se encuentra políticamente en minoría en el mundo. El resto de las grandes potencias, y detrás de ellas casi todo el resto del mundo, siguen aferradas a los viejos “consensos” globalistas.

Esto es, desde el punto de vista del contenido, lo que se reflejó en la reunión del G-20. En asuntos tales como el libre comercio y las medidas contra el cambio climático, se expresó en cierta forma un bloque de los 19 países restantes, mientras EEUU quedó en minoría. Sin embargo – y esto es lo esencial de esta cumbre-, esta aparente división no llegó en ningún momento a producir una ruptura: la sangre “no llegó al río”. Por el contrario, EEUU obtuvo concesiones en todos los rubros fundamentales, dejando contemplados sus intereses en todos los aspectos de las “resoluciones” de la reunión. Vale aclarar también que dichas “resoluciones” son solamente un discurso, y no tienen ninguna efectividad práctica.

Así es como EEUU consiguió que se establezca, en la resolución sobre cambio climático, que “se toma nota” de la salida de EEUU de los Acuerdos de París. Es decir, al mismo tiempo que se sostiene formalmente que los acuerdos son “irreversibles”, se evita condenar a la principal potencia imperialista del planeta por salir de ellos, negar la realidad del cambio climático y seguir apostando a las formas de energía contaminantes.

Algo similar ocurrió en el terreno del libre comercio, donde EEUU consiguió que se incluyera en las resoluciones una concesión a las posibles medidas proteccionistas, con una fraseología ambigua.

Otro aspecto muy esperado de la reunión del G20 es que en su marco se desarrolló la primera reunión cara a cara entre Trump y Putin. Este encuentro se realizó en un clima marcado por la fuerte campaña que existe en EEUU denunciando la presunta colaboración entre el gobierno ruso y la administración Trump. Esto incluye las acusaciones hacia Putin de haber interferido en las elecciones norteamericanas, y otras formas de entendimiento ilegal y connivencia en distintos terrenos. En el terreno judicial, dicha campaña amenaza con desembocar en un “impeachment” de Trump, que podría hacerlo saltar por los aires del sillón presidencial.

Pese al alto voltaje político de la reunión, no parece haber trascendido demasiado. Se sabe que se extendió durante más de dos horas y que recorrió muchos temas de interés común. Pero el único elemento significativo que salió a la luz pública se refiera a la cuestión de Siria. Allí ambos gobiernos habrían pactado impulsar una tregua que afecte a las regiones del suroeste del país (relativamente cercanas a la capital Damasco y donde se combina la influencia regional de Israel y de Jordania). Todavía no está claro el alcance que pueda tener esta tregua, aunque viene en la misma tónica que los últimos acuerdos realizados entre Siria, Rusia, Turquía e Irán, y que llevó desde la caída de Alepo a una dinámica de pactos de “reconciliación” locales.

En este cuadro general de relativa chatura, lo más interesante del G20 (por lo menos a simple vista y en base a lo que llegó a trascender públicamente), es lo que ocurrió puertas afueras del mismo.

Durante varios días, se desarrollaron muy fuertes disturbios, con cientos de manifestantes combatiendo a brazo partido contra las “fuerzas del orden”. La extensión de estos choques se hace visible en la enorme cantidad de policías heridos: las cifras más conservadoras dicen que se trata de más de doscientos. Habiendo movilizado el Estado alemán más de 20 mil efectivos, y debiendo inclusive pedir refuerzos para contener la situación, se hace evidente que el grado de resistencia debió ser muy grande.

Es muy probable que el núcleo de dicha resistencia hayan sido los “black-blocks” de tipo anarquista, que dan enorme importancia a este tipo de combates callejeros, especialmente en ocasiones como las grandes reuniones emblemáticas del imperialismo. Sin embargo, por lo menos a primera vista resulta sorprendente la fuerza organizativa desplegada: ya sea porque la resistencia haya abarcado a sectores más amplios, o porque exista un crecimiento numérico y de capacidad operativa de ese “núcleo duro”, en cualquier caso los combates parecen haber superado en extensión a los que son habituales en los últimos años.

Esto puede significar una creciente oposición entre la juventud europea a las políticas neoliberales, al imperialismo y la “austeridad”, que encuentran en el G-20 su máxima expresión. Algunos elementos de radicalización política parecen estar desarrollándose, por lo menos entre sectores de vanguardia del movimiento juvenil anticapitalista. Es necesario estudiar más profundamente el fenómeno para conocer sus verdaderas características, pero a primera vista parece indicar la posibilidad de una evolución hacia la izquierda, con rasgos más combativos y contestatarios. Considerando que en el último período la resistencia hacia los gobiernos “austericidas” se procesó centralmente a través de fallidas experiencias electorales reformistas (siendo la de Syriza en Grecia la más emblemática), la existencia de prolongados y violentos enfrentamientos callejeros podría señalar el comienzo de un nuevo ciclo de resistencia, sobre nuevas bases y con nuevos rasgos. Esta perspectiva sería enormemente progresiva, reabriendo el combate para frenar la ofensiva derechista en todo el globo.