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Miles salen a las calles contra la Ley de esclavitud

Uno de los puntos medulares de la reforma tienen que ver con la posibilidad de que cada trabajador/trabajadora realice hasta 400 horas extras al año que podrían ser pagadas en 36 meses, es decir en tres años. Para cumplir esto sería necesario trabajar seis días a la semana. Además, le quita peso a los sindicatos a la hora de negociar con los empleadores privilegiando los convenios individuales.

Por Johan Madriz

El pasado miércoles 12 se votó en el Parlamento, por mayoría, una reforma a las leyes laborales de Hungría, en lo que popularmente se denominó la “ley de esclavitud”. Esta propuesta del primer ministro Víktor Orbán se suma a lista de políticas contra las minorías y la clase trabajadora impulsadas por su gobierno.

Uno de los puntos medulares de la reforma tienen que ver con la posibilidad de que cada trabajador/trabajadora realice hasta 400 horas extras al año que podrían ser pagadas en 36 meses, es decir en tres años. Para cumplir esto sería necesario trabajar seis días a la semana. Además, le quita peso a los sindicatos a la hora de negociar con los empleadores privilegiando los convenios individuales.

La ley pretende cumplir las exigencias de las empresas multinacionales, principalmente de los fabricantes de automóviles alemanes instalados en el país, que buscan cubrir puestos de trabajo, ya que la mano de obra en Hungría escasea.

Ante esto miles de personas se han sumado desde el jueves a las protestas y marchas convocadas por los sindicatos y los partidos de oposición. Durante cuatro días (al momento de escribir esta nota) se han realizado manifestaciones frente al Parlamento llegando a sumar hasta 15 mil personas. También son puntos de concentración la sede del partido gobernante Fidesz y las instalaciones de la televisión pública que obvia las noticias sobre las protestas, debido al férreo control sobre la prensa que ejerce el Ejecutivo.

Las gélidas temperaturas del invierno no son un obstáculo para las marchas donde se cantan consignas contra el gobierno. Entre la multitud se ven cientos de personas con chalecos amarillos en una evidente influencia del proceso francés que viene tomando las calles desde hace un mes contra las políticas nefastas del gobierno Macron.

El rechazo a esta ley es absoluto, según algunas encuestas es del 83% de la población, pero eso no le importa al derechista y nacionalista Orbán que en un primer momento utilizó la fuerza policial y el uso de gases para tratar de disolver las manifestaciones, incluso calificándolas de ilegales, sin mayores resultados.

Orbán, en el poder desde 2010, se ha caracterizado por ser parte de esa oleada de líderes de extrema derecha que recorre Europa. Con un discurso anti inmigración y conservador, lleva las riendas del gobierno con mano dura. Pretende recuperar una supuesta grandeza, según sus propias palabras: “no confiemos en los demás y en los que intentan cambiarnos hacia el socialismo o el liberalismo. Proclamemos la democracia cristiana y no nos midamos por estándares de otros.[i]

Su respuesta a la crisis migratoria que ha obligado a miles de personas de Oriente y África a arriesgar sus vidas tratando de llegar a Europa es el cierre de las fronteras. Califica esta catástrofe –al igual que Trump– como una invasión y sancionó leyes que restringen la entrada de migrantes y penaliza a quienes los asistan.

También lidera el llamado grupo de Visegrado (que además integran Polonia, Eslovaquia y Republica Checa), los autodenominados “chicos malos” de la UE, con posiciones nacionalistas, anti migrantes y contra las minorías. Se pelea por derecha con el establishment liberal europeo comandado por Alemania y Francia.

Tan es así que el Parlamento Europeo recomendó en setiembre iniciar el proceso de sanción contra Hungría por una serie de leyes del gabinete de Orbán que violan la independencia judicial, los casos de corrupción, los derechos de las minorías, el funcionamiento del sistema constitucional y electoral, o la libertad religiosa.

Así como la reacción ataca por abajo surge una respuesta (la dialéctica de la lucha de clases) que es incipiente y amorfa pero que romper con las inercias. Si bien la reivindicación es progresiva, partidos como el Jobbik de extrema derecha que se presenta como “popular”, se suman a las convocatorias (sin que sean hegemónicos ni dirijan). Por eso la tarea es tensar las cuerdas por izquierda para derrotar esta ley y al gobierno de Orbán y que sirva de ejemplo, al igual que los gilets jaunes, de lucha en esta coyuntura.

[i] https://eldebate.es/politica-de-estado/orban-bruselas-quiere-apartar-a-los-paises-que-luchan-contra-sus-politicas-migratorias-20181217

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