Trump ratifica a Israel como estado único en Palestina

Por Ale Kur, SoB 451, 7/12/17

El día de hoy -miércoles 6/12-, en un discurso desde la Casa Blanca, el presidente Donald Trump anunció el reconocimiento de Jerusalén como capital de Israel, junto a su intención de trasladar allí la embajada norteamericana. Al hacerlo destruyó un consenso internacional existente en los últimos 70 años por el cual no se innovaba con respecto al statu quo de la ciudad. Actualmente, los diversos países tienen sus embajadas en Tel Aviv: esto fue establecido por la resolución 478 de la ONU, precisamente para evitar darle un reconocimiento diplomático a la anexión israelí de Jerusalén.

El status de Jerusalén es un tema enormemente conflictivo ya desde la formación del Estado de Israel, en la década de 1940. Entre otras cosas esto se debe a que en su ciudad vieja se encuentran presentes algunos de los sitios más sagrados para las religiones judía, musulmana y cristiana. Según el “plan de partición” de la ONU de 1947, luego de que expirara el Mandato Británico de Palestina esta ciudad iba a ser administrada por las propias Naciones Unidas (supuestamente para intentar contener los posibles conflictos).

Sin embargo, con el estallido de la guerra árabe-israelí en el ’48 este plan se fue por la borda. Israel ocupó los barrios occidentales de la ciudad, y por su parte Jerusalén oriental (donde se encontraban la ciudad vieja y los barrios árabes) pasó a estar desde 1949 bajo administración de Jordania, en representación del mundo árabe. Pero esto también duró poco: desde la Guerra de los Seis Días de 1967 Israel ocupó ilegalmente -es decir, contra todas las resoluciones de la ONU- tanto Jerusalén Oriental como Cisjordania y la Franja de Gaza, haciéndose con el control de toda la Palestina histórica. Finalmente, de manera provocativa, una ley israelí de 1980 proclamó la anexión del conjunto de Jerusalén nombrándola como su capital “eterna e indivisible”.

Por otra parte, desde el surgimiento de la Organización para la Liberación Palestina(OLP) en la década de 1960, Jerusalén Oriental es reclamada como capital para un Estado palestino (bajo el nombre árabe histórico de la ciudad, Al Quds). Por ello la anexión israelí de Jerusalén significaba el intento de borrar de un plumazo las aspiraciones nacionales palestinas, pero no consiguió doblegar ni al pueblo palestino ni a la comunidad internacional, que la repudiaron masivamente.

Por último, tras la ocupación y anexión de Jerusalén por parte de Israel, dicho Estado se dedicó durante décadas a expropiar y demoler hogares de los palestinos –construyendo en su lugar asentamientos de colonos sionistas-, a tratarlos como ciudadanos de segunda, a humillarlos de todas las formas posibles (incluyendo sus lugares sagrados como la Mezquita de Al Aqsa), a someterlos a un control policiaco permanente y restringir sus derechos.

Por estas cuestiones, la decisión de Trump de reconocer a Jerusalén como capital de Israel tiene un carácter criminal y provocador. Choca de lleno con las resoluciones de la ONU y con todo el sistema de legalidad internacional vigente (ya de por sí diseñado al servicio de las grandes potencias imperialistas). Pero además, tira por la borda toda la fachada de las supuestas “negociaciones de paz” de las últimas décadas, que pretendían solucionar el “conflicto israelí-palestino”.

Desde los “acuerdos de Oslo” de 1993 el discurso hegemónico en la comunidad internacional era la supuesta “solución de los dos Estados”, por la cual teóricamente se iba a formar un estado Palestino junto al único estado que hoy realmente existe, el israelí. Estos acuerdos fueron de por sí una farsa, ya que no solo no hubo ningún Estado Palestino, sino que Israel aprovechó la cobertura diplomática para continuar avanzando con la construcción de colonias en los territorios ocupados (y vulnerando sistemáticamente los derechos de los palestinos que quedaron dentro de los territorios del ’48).

Por su parte, todas las administraciones norteamericanas ratificaban una y otra vez su supuesto compromiso con esta “solución de los dos Estados”. Pero Donald Trump vino a cambiar inclusive esta fachada: tanto sus declaraciones previas como el reconocimiento de la capitalidad de Jerusalén significan una retirada frontal de toda supuesta negociación. En la práctica, Estados Unidos pasa a reconocer oficialmente –en todo el territorio histórico palestino- solo al Estado Israelí, dejando al pueblo palestino completamente en las sombras.

Esto es especialmente grave en un momento en el que está pegando un salto en calidad la expropiación de tierras palestinas en manos de los colonos israelíes (en la llamada “área C” de Cisjordania), lo que significa paulatinamente su anexión y la desposesión y expulsión en masa de los palestinos rurales. El proceso histórico en curso lleva cada vez más a que a la nación palestina (y a su pueblo) solo le resten un puñado de ciudades bloqueadas económicamente, sin posibilidades de salir ni entrar libremente a ellas, asfixiadas, hambreadas y sin futuro. La línea de la actual administración israelí está más a la derecha que nunca, dando luz verde a los colonos, sancionado leyes a su favor y realizando todo tipo de provocaciones contra los palestinos.

El gobierno de Trump vino a ponerle el sello de aval oficial del imperialismo yanqui a esta política de desplazamiento étnico, destrucción de una nación y de creación de una enorme crisis humanitaria. A diferencia de sus antecesores, ni siquiera guarda las formas: se alinea de manera abierta con la ultraderecha israelí, provoca a los palestinos y a todo el mundo árabe e islámico, desafía a la comunidad internacional y amenaza con provocar un enorme conflicto en la región.

En consecuencia, es posible que estalle una enorme resistencia popular, tanto por parte de los palestinos como en todo Medio Oriente. Si esto desemboca en una oleada de violencia, como es muy probable que ocurra, la responsabilidad de la misma queda exclusivamente en manos de Trump, de Israel y de EEUU, que acorralan a un pueblo entero y lo llevan a la desesperación. Es necesario derrotar a estos criminales con la movilización en todo el planeta.

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ante los saqueos en el país

Socialismo o Barbarie Honduras, 5/12/17

Durante décadas explotaron y enfermaron a los y las obreras, desalojaron y asesinaron campesinos sin tierra y pobladores sin vivienda, vendieron los servicios y bienes naturales, saquearon el país, negociaron y protegieron a narcotraficantes y el crimen organizado, asesinaron a los mejores luchadores como Berta Cáceres y Manuel Flores. Destruyeron organizaciones, criminalizaron la protesta social, militarizaron la sociedad, expulsaron a cientos de miles de hondureños y hondureñas obligados a migrar. Dieron golpe de estado, se apoderaron de todas las instituciones, crearon leyes a su conveniencia, se enriquecieron escandalosamente mientras el 60% de la población no tiene acceso a la salud, educación, vivienda, trabajo digno, servicios públicos y se hunde en la pobreza, en la desintegración social, en la violencia.
Y hoy cuando lo que sembraron durante décadas les estalla en la cara y muestra a todo el mundo el país que destruyeron se horrorizan y ruegan a Dios. Este es el capitalismo de los grandes empresarios nacionales y extranjeros y de los partidos burgueses y militares corruptos que durante décadas abusaron del pueblo hondureño.
EL GOBIERNO ES EL RESPONSABLE
JOH ES EL CULPABLE
¡FUERA JOH!
Socialismo o Barbarie

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