Lo que deja el 21D

SoB, Estado español

Con una importante participación de casi el 80% el independentismo de conjunto (aunque con movimientos internos de relevancia como el fortalecimiento de su ala neoliberal de derecha  Junts per Catalunya con respecto a su socio de la izquierda moderada de ERC y el rotundo retroceso de la izquierda “radical” de las CUP), logró sortear la trampa de las elecciones impuestas por el 155 de Rajoy y mantener con cierta comodidad la mayoría absoluta en un Parlament cuya correlación y configuración de fuerzas se ha modificado sustancialmente. De esta manera el bloque soberanista se impuso al denominado bloque constitucionalista defensor del 155 y de la unidad de la  España franquista y el Régimen del 78.

Estos resultados le permiten tanto al independentismo en general como a Puigdemont en particular, legitimarse de cara a la formación de un nuevo gobierno y a una legislatura que ya nace muy complicada no solo porque tendrá que afrontar la cuestión de cómo continuar el camino iniciado con el procés hacia la independencia y la construcción efectiva de la nueva República en una coyuntura y en condiciones distintas a las de hace dos meses, sino también deberá hacer frente a los problemas sociales más acuciantes que continúan profundizándose y que la crisis no perdona.

Apenas finalizado el escrutinio las primeras declaraciones de Junts per Catalunya y Esquerra Republicana, que juntos obtuvieron un 43% de los votos y suman 66 escaños, fueron en el sentido de proclamarse vencedores y de reclamar para sí el derecho a gobernar Catalunya. Al día siguiente, Puigdemont, cabeza de lista de JxC, alegó la derrota de la Monarquía, del artículo 155, recordó que la República ya está proclamada e interpretó la elección del 21 como la ratificación del referéndum del 1-O a la vez que hizo un llamado a Rajoy a reunirse con él en el extranjero para negociar bilateralmente.

Junts per Catalunya (antigua CDC) es la lista con la que el president cesado, a propósito de la aplicación del 155, se ha convertido en el ganador “moral” de la noche de elecciones. Una fórmula que sin nombres partidarios, con Jordi Sánchez que continúa preso como número dos de la misma, con personalidades de la sociedad civil independentista y cuyo único programa era la restitución del “Govern legítimo”, se demostró tan acertada como efectiva.  Ahora, con su triunfo sobre ERC, que ha quedado en tercer lugar y muy por debajo de sus propias expectativas, Puigdemont se transformó en la figura clave para la formación (o restitución) del nuevo Govern pese a su complicada situación judicial que le impide pisar suelo español debido a su inminente detención por los cargos que se le imputan.

Según el Gobierno y sus aliados el Artículo 155, y las elecciones del 21-D como parte de este, tenía como objetivo principal “restaurar las instituciones, la legalidad y el autogobierno mediante el juego democrático normal dentro los límites marcados por la Constitución y el Estatut como paso imprescindible para volver a la normalidad”, lo que vale decir que su intención de derrotar electoralmente al independentismo y reemplazarlo en su mayoría en el Parlament quedó totalmente frustrada abriendo un panorama que augura más tormentas y chaparrones que un clima estable y de “normalidad”.

Como el remedio que resulta casi igual que la enfermedad, a Rajoy no le salió bien la jugada y el 155 perdió una batalla muy  importante. Lo trágico-paradójico de la situación es que, además de que se haya ratificado  el president depuesto por el 155, el PP fue el partido menos votado quedando al borde de la extinción y pierde doblemente en Catalunya, pierde como fuerza parlamentaria y pierde hegemonía en la derecha frente a Ciudadanos que sale fortalecido.

Aunque por el momento existe consenso en el bloque independentista de investir a Puigdemont como el candidato más votado lo cierto es que el 155 continúa vigente y sus consecuencias también. De entrada, la mayoría independentista puede estar en riesgo en la sesión constitutiva del Parlament. En su conjunto (Junts per Catalunya, ERC y CUP), los independentistas cuentan con 70 diputados, dos por encima de la mayoría absoluta, fijada en 68 escaños. Hay ocho diputados electos del independentismo (de ERC y JxC) con graves dificultades para participar en la primera sesión. Cinco de ellos (Carles Puigdemont, Clara Ponsati, Meritxell Serret, Toni Comín Y Lluís Puig) se hallan en Bruselas y serían inmediatamente detenidos en caso de regresar a España. Otros tres (Oriol Junqueras, Jordi Sánchez y Joaquim Forn) se hallan encarcelados, con escasas perspectivas de salir en libertad en las próximas semanas.

La reciente resolución del Tribunal Supremo de denegar la puesta en libertad de Oriol Junqueras es de una significativa dureza y envía un mensaje inequívoco a toda la sociedad catalana a la vez que complica aún más la constitución del nuevo Parlament de Catalunya, previsto para el próximo 17 de enero. Se baraja la posibilidad de una investidura vía telemática de Puigdemont, quien a su vez condicionó su regreso a un pacto con el Estado que le ofrezca garantías de no ir a prisión pero al momento no hay ninguna propuesta concreta oficial sobre la mesa.

La contracara de estas elecciones. Consolidación de Ciudadanos y polarización

Pero también las elecciones dejaron una contracara de lo anterior. La victoria de Inés Arrimadas ha sido categórica tanto en votos como en escaños aunque trunca en la posibilidad de gobernar. Aun así no hay que menospreciar la cuestión de que los 37 escaños conseguidos denotan que la papeleta de Ciudadanos representó la opción más clara y con más posibilidades contra los “separatistas” convirtiéndose prácticamente en la única alternativa a la Catalunya independentista y aunque no les alcance para formar gobierno, tampoco se debe pasar por alto lo que expresa el hecho de que los tres partidos (PP, PSOE y Ciudadanos) que respaldaron el artículo 155, obtuvieron  el respaldo de casi 1.900.000 catalanes, esto es el 43,5% de los votos y 57 escaños.

Ciudadanos, que se ha venido alimentando del conflicto en clave nacional, confirmará otra legislatura más haciendo oposición a un Gobierno independentista, pero ahora, en mejores condiciones que antes. Y esto no hace más que sumar inestabilidad de cara al futuro.

El retroceso de la CUP

El ala “izquierda” del independentismo ha perdido 6 diputados quedándose en 4 aplastada, antes que nada,  por la inmensa presión que significó la apelación al voto útil  al que invocaban las dos grandes listas independentistas, sobre todo JxC con Puigdemont de cabeza de lista, contra el Estado español, contra el 155, por la libertad de los presos y por la restitución del gobierno legítimo, campaña que caló y logró aglutinar el apoyo de la mayoría de los votantes del independentismo.

Pero también la CUP paga el costo de no haber asumido ningún planteo independiente ni antes ni durante la campaña electoral. No supo defender y mantener una política independiente y un rumbo diferenciado y separado a la dirección burguesa del procés del PDECat y ERC, sino todo lo contrario ha venido teniendo una política subsumida, y en última instancia, de mano tendida y de confianza en la misma. Un grave error político que tanto la lucha de clases como la democracia burguesa parlamentaria se cobran.

En este sentido, los resultados electorales también han servido para dejar atrás la dependencia de la CUP que tantas disputas supo generar con el partido de Artur Mas e incluso le obligó a renunciar a la presidencia de la Generalitat. Con los cuatro escaños que ha conseguido sólo se necesita de ellos una abstención en segunda votación para la investidura. Lamentablemente, la CUP está en peor situación que antes para condicionar y presionar al nuevo gobierno.

La reaccionaria equidistancia de los comunes

Aunque la bajada es más leve, los Comuns también retrocedieron tres escaños respecto a la candidatura de Catalunya Sí que es Pot. La lista de Domenech paga el precio de su falsa y retrógrada equidistancia de no estar “Ni con la DUI ni con el 155” porque no hay equidistancia entre el tiburón y las sardinas y los votantes cobraron el hecho de haberse posicionado del lado del tiburón y distanciarse de las sardinas, colaborando y siendo funcional con el apuntalamiento y salvaguarda de la España tal cual es que heredamos del Franco.

La necesidad de una salida independiente

Las elecciones nos dejan un escenario abierto, con un independentismo que resiste a la embestida de la derecha y el gobierno y donde JxC refuerza su liderazgo dentro del bloque soberanista respecto a ERC. Nos dejan un Ciudadanos que aumenta su respaldo y legitimidad electoral y social, cuestión que lo confirma como fuerza hegemónica de la derecha en Catalunya y que hará valer a nivel nacional peleándole espacio al PP. Y si el 155 venía a restablecer el orden, la moderación y la distención, estas elecciones, por el contrario, dejan un escenario abierto y un ambiente polarizado política y socialmente perfilando un clima inestable en lo que hace a la gobernabilidad.

Ahora el independentismo está llamado a formar gobierno y aunque no se diga ni tome forma concreta aún, la renuncia a la vía unilateral por parte de ERC y JxCat, pone en evidencia la estrategia de la mayoría (burguesa) independentista, que tras el choque de trenes con el Estado y las causas judiciales en marcha, se orienta a centrarse en una vía bilateral de diálogo, negociación y pactos con el Estado central para  llegar a acuerdos. Esta clara marcha atrás y recule revela una estrategia contraria, distinta y alejada a la que protagonizó, impulsó y expresó el pueblo catalán en las calles el 1-O por su derecho a decidir, y que el Estado, Rajoy y la España constitucional atacaron con severa y firme dureza.

Al momento, la cuestión concreta de la hoja de ruta del procés y la construcción efectiva de la República declarada, y suspendida a la vez, ha quedado postergada y subsumida ante el evidente escollo legal, pero sobre todo político, de abordar la cuestión de la formación del nuevo gobierno. Ahora asistiremos como espectadores al paripés del circo pos electoral de pactos, negociaciones por arriba y peleas judiciales transmitidas por TV. Pero en definitiva se trata de un pueblo que demostró en infinitas oportunidades y con un movimiento en las calles su deseo y voluntad de decidir e independizarse del Estado español y de un Gobierno reaccionario y represor, el aparato del Estado y las fuerzas de derecha decididos a negarlo, impedirlo y enfrentarlo.

Pero aunque Rajoy haya decretado la muerte del soberanismo, esto responde más aun deseo que a la tozuda realidad, porque los resultados electorales y sobre todo las fuerzas sociales vivas surgidas del procés que continúan existiendo le tapan la boca sin más.  Que el procés haya quedado muy desgastado y a la espera de que se aclaren las cosas, no quita, ni mucho menos en el escenario próximo que se avecina, resurja con más fuerza en este clima de innegable polarización social y política que se  vive.

Ahora habrá que procesar el balance electoral y ver cómo se desarrollan los hechos. Sin dejar de insistir en la necesidad de continuar trabajando y redoblar los esfuerzos por la cimentación de una alternativa independiente, que ponga el centro en la clase trabajadora, sus intereses, sus métodos y sus luchas, para poder pelear por un programa de clase, que logre ligar la cuestión nacional con los problemas sociales en la perspectiva de generar un proceso donde seamos los trabajadores, las mujeres y la juventud los que podamos discutir y decidir qué República queremos y como la construiremos.

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La promesa de una lucha de clases incrementada

Por José Luis Rojo, 28/12/17

“Hace 58 días, después de la victoria electoral, fue posible conjeturar que Mauricio Macri iniciaba una nueva era de su gobierno. Que le abría las ventanas a supuestos 6 años de poder, incluida la reelección del 2019. Luego de lo ocurrido el lunes 18 en el Congreso –con el acopio de antecedentes de la semana anterior- podría arriesgarse un pronóstico distinto. Aquel nuevo ciclo no estaría en condiciones de garantizar tanto. Sólo la certeza que el presidente ha mostrado temple para atravesar un temporal en condiciones adversas. Queda por delante un horizonte brumoso”. (Eduardo van der Kooy, Clarín, 19/12/17)

Han pasado varios días y la conmoción no se ha aplacado. Las jornadas del 13, 14 y 18 de diciembre cacerolazo incluido, han modificado de manea radical el panorama político. Se ha abierto una nueva situación política cuyos contornos aún no están definidos. El gobierno tiene que digerir los acontecimientos y definir cómo jugará sus fichas.

Por lo pronto, la CGT reunida ayer bajo los auspicios de Moyano y Barrionuevo, ha encontrado el atajo de que “no se la consultó sobre la ley jubilatoria” para afirmar, extraoficialmente, que en el Confederal convocado para febrero próximo, va a resolver retirar su firma del proyecto de ley laboral acordado con el gobierno; era obvio que iba a ocurrir esto; un incendio interminable si sostenía su acuerdo.

De manera que los acontecimientos de las últimas jornadas aún no han dicho su última palabra; el triunfo pírrico obtenido por Macri con la sanción de las leyes previsionales, presupuestarias y fiscales devendría en algo peor aún si pierde todo sustento parlamentario la reforma laboral; una cuestión inevitable si la CGT le retira su apoyo.

Claro que siempre se puede volver al plan original e ir gremio por gremio. Pero de todas maneras ha quedado planteada una reconsideración general de la agenda oficial; una crisis política que le obligará al gobierno a ratificar o rectificar el curso[1]; una decisión nada menor que tiene que ver con el panorama abierto para el 2018.

Además, está el problema de cómo se le han estrechado los márgenes económicos al oficialismo; el hecho que haya hecho una transferencia de recursos hacia los más ricos, una transferencia basada en un plan de ajuste que todavía debe seguir siendo desarrollado, cubriendo los baches iniciales con un endeudamiento que se hace cada vez más insostenible.

En todo caso, conviene no hacer demasiadas especulaciones hasta que el gobierno no mueva sus fichas; conviene, además, seguir con atención el curso de sus zarpazos represivos; ver si concreta sus amenazas sobre la izquierda; el alcance que dicho eventual ataque vaya a tener.

Crisis política

Las jornadas de Plaza Congreso han abierto una crisis política de magnitud, no importa cuán solapada esté la misma. Sin duda alguna han sido un cachetazo para un gobierno que venía envalentonado luego de las elecciones; en un rumbo político autoritariojugado a imponer su “reformismo permanente” a como dé.

El tema es que en estas “certezas” se han abierto graves interrogantes; interrogantes que pueden hacer crujir no solamente los apoyos de los gobernadores del PJ en el Congreso, sino a la misma coalición Cambiemos[2] y porque no a sectores de la patronal, preocupados por cuán sostenible es la orientación oficialista.

Los interrogantes podríamos identificarlos en básicamente dos: a) la gobernabilidad, b) la economía. Vayamos por partes.

Sobre el primer tópico es evidente que el 14, pero sobre todo el 18, ocurrió un desborde de dimensiones, y no en cualquier lugar del país, sino en la misma plaza Congreso, uno de los dos centros políticos de la Argentina.

La militarización del Congreso luego de los asesinatos de Santiago Maldonado y Rafael Nahuel, de la dura represión a la marcha de la OMC, de la represión desbocada de la multitudinaria marcha de los movimientos de desocupados “papistas” el 13 de diciembre, sumándole el despliegue del 14 y el 18, fue una aberración política con pocos antecedentes.

¿En qué cabeza cabe semejante despliegue frente a la que aparece como la “institución democrática” por antonomasia, el Congreso Nacional? Ese solo hecho ya era un llamado a la indignación popular; un paso en falso sin duda alguna.

Luego de los acontecimientos, una de las dudas más profunda que ha quedado instalada es la siguiente: ¿intentará el gobierno seguir forzando de manera represiva los acontecimientos? Porque acá hay que diferenciar dos cosas distintas. Sin duda alguna la persecución a la izquierda y a los luchadores, los ataques a la vanguardia, la criminalización del pueblo mapuche, van a seguir presentes sino multiplicarse.

Pero otra cosa muy distinta es buscar una “solución” represiva al creciente repudio popular y a movilizaciones multitudinarias como la del lunes 18/12. Es que por más criminalización que se pretenda hacer de la izquierda, reprimir brutalmente una movilización de 200.000 personas es una provocación escandalosa, que no tiene como no dar lugar a una respuesta masiva y popular.

Esto ha ocurrido dentro de los parámetros de un régimen democrático burgués (un régimen democrático burgués incluso si este régimen ensaya un giro a derecha como pretende Macri). Porque una relación de fuerzas donde la represión masiva no sea contestada ya exigiría otra cosa: un avasallamiento de las tradiciones democráticas y de lucha conquistadas en el 83 y el 2001; una ruptura en la acumulación de experiencias que han vuelto a manifestarse el 14 y el 18 en Plaza Congreso; el giro a unrégimen de excepción que no ocurrirá sin enormes enfrentamientos de clase (si es que se intenta ir por ese rumbo[3]).

De ahí parte del contenido de la crisis política implícita en las últimas jornadas: una crisis política que remite a la decisión que el gobierno vaya a tomar en las próximas semanas sobre el rumbo político que le buscará imprimir a su gestión y que puede hacer del 2018 un año bisagra.

Estrechez económica

Es aquí donde se coloca el segundo elemento señalado: los estrechos márgenes económicos en los que se debe mover el gobierno.

Con el pasar de los acontecimientos se están viendo crecientes problemas en la manera que el gobierno planificó su política económica (su política, en fin). Recibiendo un país desendeudado pero sin reservas, que venía ya en un lento deterioro de los términos de intercambio, cuya situación fiscal no era dramática pero tampoco holgada, sus primeras medidas fueron una enorme transferencia de riquezas hacia el empresariado: eliminación de retenciones al agro salvo a la soja (las que fueron reducidas), eliminación de retenciones a la minería y a las exportaciones industriales, reducción de aportes patronales, etcétera; toda una serie de medidas de transferencia de recursos a los sectores más concentrados a cambio de una decisión de ajuste económico que arrancó más o menos gradual.

Para tapar el agujero económico se comenzó a endeudar de manera creciente el país. No queremos explayarnos aquí en tecnicismos. Sólo señalar que el endeudamiento es, desde el punto de vista del acreedor, un derecho sobre las ganancias futuras del que recibe los créditos, el deudor.

El problema es que si el deudor no logra esos ingresos (ganancias) para cubrir sus obligaciones, sobreviene la crisis. El gobierno esperaba (espera) obtener dichos ingresos a partir del ajuste económico (en curso, pero no todavía lo suficientemente profundo) y de inversiones extranjeras, las que han venido de manera generosa en el terreno financiero, pero ni hablar de inversiones reales nunca concretadas, y que seguramente se han vuelto a espantar luego del espectáculo de las últimas jornadas.

El dólar ha pegado un salto estos últimos días a partir de las imágenes del Congreso. Por lo demás, el gobierno anuncia nuevos aumentos, entre ellos del transporte. Y mientras tanto las tasas que impone el Banco Central están por las nubes, alientan la chatura económica, hace las mieles del negocio de las Lebacs, pero son inútiles para aplastar una inflación que seguirá lejos de las metas oficiales.

El déficit fiscal no ceja y el déficit comercial alcanzará este año 10.000 millones de dólares: de los superávit gemelos de Néstor Kirchner hemos pasado a los déficits gemelos de Mauricio Macri…

Así las cosas, mientras los analistas económicos insisten que el país está más expuesto a los vaivenes de la economía mundial, el gobierno macrista ve reducírseles sus márgenes económico de maniobra; otro tanto factor de crisis política porque no parece haber atajos para redoblar un ajuste que se encontrará a partir de ahora con una sólida mayoría social que lo repudia.

Una nueva situación política

La estantería se movió con las últimas jornadas. Y cuando la estantería se mueve ninguno de su elementos queda en el mismo lugar. Eso es un poco lo que ha pasado en el país este mes. Se ha abierto una nueva situación política en la que ninguno de sus componentes ha quedado en el mismo lugar que estaba.

El gobierno arrastra una crisis política y económica en ciernes que habrá que ver cómo maneja. Los gobernadores y el PJ de Pichetto cumplieron grosso modo con su compromiso de acompañar la ley jubilatoria y demás partes del paquete, pero el costo político es inmenso y no está claro que estén dispuestos a correrlo nuevamente por más vocación de fe de la gobernabilidad que tengan.

El kirchnerismo pretende ser una oposición mayormente institucional, pero no se puede saber a ciencia cierta qué nuevas novedades tendrá en el frente judicial; mientras tanto, y aun a pesar de la avivada de la ausencia de Scioli en la sesión de Diputados, su oposición en el Congreso a la ley jubilatoria cumplió el papel objetivo de ensanchar el rechazo a la misma.

La CGT, por su parte, luego de un año para el olvido, mantiene su unidad con alfileres; la política de apoyo vergonzante al oficialismo parece haber llegado a un límite y si bien los líderes sindicales están curtidos en una y mil traiciones (algo que hace a su naturaleza, y no va a cambiar), tienen que ir a algún tipo de reubicación más en la oposición al gobierno sino quieren incendiarse del todo; si pretenden evitar que franjas crecientes de los trabajadores se corran hacia la izquierda.

La misma izquierda quedó catapultada a un lugar de jerarquía que la desafía a profundizar sus vínculos orgánicos con la clase obrera; a sostener una política coherente, cosa que en general no le resulta sencilla.

Un elemento de peso de las últimas jornadas es la demonización de la izquierda. El elemento más objetivo del cual parte dicha demonización tiene que ver con el lugar de privilegio de la misma en las jornadas del 14 y el 18. Berensztein, ex Poliarquía, desarrolla un artículo tendencioso pero agudo cuando identifica varios terrenos (sindical, estudiantil, movimiento de mujeres, etcétera), donde ve a la izquierda desbancando o cuestionando las representaciones tradicionales: “Nuestra historia peronista de setenta años nos nubla la mente. Lo que yo vi el lunes es la más impresionante manifestación de la izquierda radicalizada en la historia argentina’ tuiteó ayer Pablo Gerchunoff”. (Patria tumbera e izquierda radicalizada, 22/12/17)

Ese es el elemento objetivo de la preocupación patronal sobre la izquierda, a la cual se le puede agregar la creciente simpatía electoral de una franja de masas; una simpatía que podría seguir incrementándose en las próximas elecciones si apuntamos a los fenómenos en obra.

A partir de ese elemento real lo que se está tratando de montar es una amalgama para criminalizarla[4]. Ahora resulta ser que Morales Solá, que en ediciones anteriores denunciaba una suerte de “alianza de la violencia entre kirchneristas, massistas y trotskistas”… aparece llamando a un “pacto de pacificación” a esas mismas fuerzas, para aislar y reprimir a la izquierda.

Parte de este mismo operativo es la pretensión de intentar vincularla al narcotráfico; una cosa que de tan tirada de los pelos ya queda ridícula.

Lo real es que parte de la nueva situación política es que la izquierda argentina ha salido de los últimos acontecimientos en una situación de privilegio que le plantea tareas históricas.

Una nueva situación se ha abierto por la irrupción desde debajo de un sector de masas. No vamos a una coyuntura simple. El gobierno seguramente intentará volver a la carga con su curso represivo. Pero la situación política podría dinamizarse extraordinariamente en un 2018 donde se avizoran enormes enfrentamientos de clase.

Perspectivas históricas

En estos términos parece evidente que las tareas que se le abren a la izquierda son cada vez más históricas. Hemos salido prestigiados de las jornadas del 14 y 18. Sobre todo entre la juventud existe una inmensa ola de simpatía. El repudio al gobierno es inmenso y muchos sectores rechazan volver a recorrer la experiencia del kirchnerismo.

Incluso no se trata solamente de la juventud. Un fenómeno significativo está ocurriendo en la puerta de las fábricas cuando llevamos adelante una actividad tradicional de la izquierda que estos tiempos “posmodernos” no han abolido: la venta de periódicos.

Es que más allá del peso inmenso de las redes sociales, del reflejo político masivo que las mismas devuelven, no recordamos que la venta de periódicos físicos en puerta de fábrica sea tan masiva en años; demuestra una enorme avidez entre la clase obrera por los últimos desarrollos, así como también una simpatía creciente con la izquierda.

Dicha simpatía conecta con dos fenómenos conexos: el creciente repudio a un gobierno que se ha desnudado como lo que es, un gobierno archi-empresarial, y el concomitante proceso de crisis de representación política, que expresado en el lugar de vanguardia ocupado por la izquierda en las batallas de Plaza Congreso, ha catapultado a la misma a un lugar de privilegio político con pocos antecedentes.

Los desafíos por delante para la izquierda revolucionaria son inmensos; potencialmente históricos.

Se trata de avanzar en construir nuestro partido con esta corriente de simpatía a favor: extenderlo nacionalmente conquistando nuevas legalidades, incorporando una nueva camada en nuestra juventud, llevando adelante nuestro Encuentro nacional sindical en abril del año que viene avanzando en nuestra inserción entre la clase obrera; en fin: avanzando más rápidamente en crear las condiciones para el salto cualitativo de nuestro partido que cada vez se hace más concreto.

Estos son los desafíos del 2018. Vamos a la lucha de clases a construir un gran partido revolucionario.

Notas

[1] Está claro que lo más probable es lo primero; tiene que ver incluso con la razón de ser de Cambiemos, y con los límites que ya está colocando la economía, algo sobre lo que volveremos más abajo.

[2] Ver el alerta de Carrió que planteó en un reciente reportaje que si el pacto Angelici-Nosiglia no se rompe, se podría retirar de la coalición Cambiemos para el 2019…

[3] Un curso que suponemos la burguesía lo pensará dos veces por la peligrosidad que Macri salga volando por los aires si las cosas le salen mal…

[4] La amalgama en política es una mezcla de elementos reales y falsos para dar lugar a afirmaciones la más de las veces disparatadas. Stalin es un buen ejemplo de amalgamas, del uso que hizo de ellas en las Grandes Purgas de los años 30. Otro ejemplo clásico es la acusación a Lenin y los bolcheviques luego de las jornadas de julio de 1917 cuando se los acusaba de agentes del gobierno alemán… El tema es que cuando las amalgamas se dan vuelta en general terminan fortaleciendo a los que habían sido acusando falsamente.

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