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Octubre de 1917, un gobierno de otra clase

Por Ale Kur

El título de esta nota es deliberadamente un juego de palabras. Lo que aquí se quiere poner de relieve es que la Revolución rusa de octubre de 1917 permitió poner en pie un nuevo tipo de gobierno, diferente a todos los anteriores que existieron tanto en Rusia como en el resto del mundo hasta ese entonces[1].

La novedad del gobierno surgido de la revolución es que respondía de manera directa a los explotados y oprimidos del país, y especialmente a los trabajadores industriales de las grandes ciudades. Por esto se trató de un gobierno de “otra clase”: porque por primera vez, no era un gobierno de los ricos y privilegiados para los ricos y privilegiados.

Por el contrario, en octubre de 1917 la insurrección de las masas obreras y populares permitió que por primera vez sus propios organismos de representación directa, los “soviets”, tomaran el poder en sus manos. Esto a su vez les permitió comenzar a intentar resolver una larga serie de problemas que afectaban a las grandes mayorías de la población, los trabajadores y los campesinos.

Ya en febrero del ’17 las masas populares se habían levantado contra la monarquía absoluta rusa, el zarismo. Con una poderosa huelga general y movilizaciones revolucionarias, consiguieron la abdicación del Zar. Se formaron allí los sóviets: asambleas de delegados de los trabajadores, elegidos en cada fábrica y empresa del país, que coordinaban la lucha a escala de ciudades enteras, y que a su vez estaban coordinados entre sí a escala nacional. Se establecieron también los comités de fábrica y todo tipo de organismos que materializaban el poder de la clase trabajadora, los campesinos y los sectores populares en general.

Estos organismos expresaban las aspiraciones, intereses y demandas del movimiento popular. Estas eran, en primer lugar, la finalización de la carnicería humana que significaba la gran guerra imperialista (la Primera Guerra Mundial).  El reparto de las tierras a los campesinos (más del 90% de la población del país y la enorme mayoría de los soldados que combatían en el frente), el fin del hambre y del desempleo, la jornada laboral de 8 horas, acabar con los malos tratos de los patrones a los obreros, la conformación de un régimen basado en el voto popular (a través de una Asamblea Constituyente), el derecho de las naciones oprimidas por el Imperio Ruso a su autodeterminación, etc.

Sin embargo, la revolución de Febrero no llevó al poder a los Soviets sino a un “Gobierno Provisional” formado por corrientes políticas que se subordinaban a la burguesía liberal. Por su naturaleza de clase, este gobierno fue incapaz de resolver ni una sola de las demandas de los soviets y las masas populares. La presión de la burguesía lo llevaba a subordinarse a las potencias imperialistas que deseaban continuar la Guerra Mundial –razón por la cual, en vez de buscar la paz, el Gobierno Provisional lanzó una nueva ofensiva militar en junio, ampliamente repudiada por las masas. El gobierno estaba también atado al mantenimiento de régimen en el campo
-por la comunidad de intereses entre la burguesía y los terratenientes,  y para no desordenar al ejército conformado mayormente por campesinos sedientos de tierras. Por estas mismas razones, el Gobierno Provisional hizo todo lo posible por posponer de manera indefinida la convocatoria a una Asamblea Constituyente surgida del voto popular: su realización en ese contexto hubiera servido de vehículo a las masas populares para quebrar su política.

Todo esto es resumido didácticamente por Victor Serge en su obra El año 1 de la revolución rusa: “La paz, que anhelan millones de campesinos y de proletarios que se hallan sirviendo en el ejército, no puede proporcionársela la burguesía, porque está haciendo su guerra. La tierra, que reclaman cien millones de campesinos, no quiere darla la burguesía, porque se solidariza con los terratenientes y porque se niega a cuanto signifique un atentado contra la propiedad privada, base en que se apoya su dominio. El pan, que pide el proletariado de las ciudades, no puede proporcionárselo la burguesía, porque la penuria es el resultado de su guerra y de su política… La caída de la autocracia no ha resuelto ningún problema. Hace falta otra revolución.”

Durante los ocho meses que transcurrieron desde la revolución de febrero hasta la de octubre, Rusia se desangró por la brutal guerra imperialista en la que morían millones de personas (y en la que, por demás, iba perdiendo como consecuencia del profundo atraso del país). A esto se sumaba la “guerra de clases” que la burguesía desataba contra los obreros, y que tomaba la forma de cierre de empresas, de desorganización productiva, etc. Los trabajadores y el pueblo debieron inclusive enfrentar y derrotar un intento de golpe de estado contrarrevolucionario llevado adelante por el general Kornilov, que quería aplastar a los Soviets y todas las conquistas obtenidas hasta entonces.

Por otro lado, esos ocho meses fueron un reguero de enormes movilizaciones obreras y populares, de rebeliones campesinas, de grandes huelgas, de estallidos pre-insurreccionales, de experiencias de control de la producción por parte de los trabajadores. En esos ocho meses, las masas terminaron por perder la confianza en las fuerzas que hasta ese momento dirigían los soviets: corrientes reformistas como los mencheviques y los llamados “socialistas revolucionarios”, que se negaban a romper con el Gobierno Provisional y a asumir el poder en manos de los soviets. En su lugar, ganaron un enorme prestigio los bolcheviques, que durante el mes de septiembre lograron hacerse con la mayoría de los delegados en los soviets y encaminarlos hacia la toma del poder. Así es como el Soviet de Petrogrado (capital del Imperio y ciudad industrial más importante, así como principal bastión del proletariado revolucionario) conformó su Comité Militar Revolucionario, que organizó y ejecutó la insurrección de Octubre al servicio de poder soviético. Victor Serge describe este proceso de enorme efervescencia popular con estas palabras: “Por todo aquel país inmenso, las masas de las clases trabajadoras, labradores, obreros y soldados, van a la revolución. Es una crecida elemental, irresistible, de una potencia comparable a la del océano.”.

Este alzamiento se llevó a cabo el 25 de octubre (según el calendario ruso de la época), y permitió que en pocas horas el Gobierno Provisional fuera destituido. Al día siguiente se reunió el Segundo Congreso de los Soviets de toda Rusia, que asumió formalmente en sus manos el poder y conformó el Consejo de Comisarios del Pueblo, el poder ejecutivo del gobierno de los Soviets. Dicho gobierno estaba dominado por los bolcheviques y contaba también con la participación minoritaria de los miembros del ala izquierda del Partido Socialista Revolucionario.

Los decretos soviéticos

Este nuevo gobierno inauguró inmediatamente sus funciones con una serie de decretos, discutidos y aprobados por el Congreso de los Soviets, que mostraban la intención de solucionar de manera inmediata las demandas de las masas populares expresadas desde Febrero (popularizadas bajo el lema “paz, tierra y pan”), los grandes problemas eternamente postergados por el Gobierno Provisional. La lógica de estos decretos demostraba que se trataba de un gobierno que respondía a otra clase social, que daba vuelta la tortilla: esta vez “los de abajo” eran los primeros, cuando bajo el zarismo y los liberales burgueses eran los últimos.

El primero de ellos era el “decreto sobre la paz”, cuyo objetivo era acabar inmediatamente con la guerra imperialista. Este decreto llamaba a las naciones beligerantes a abrir negociaciones para una “paz justa y democrática (…) para la sedienta mayoría de trabajadores cansados, atormentados y agotados por la guerra y de todas las clases trabajadoras de todos los países beligerantes (…) paz que el gobierno considera una paz inmediata sin anexiones (es decir, sin la toma de territorio extranjero y la anexión forzosa de nacionalidades extranjeras) y sin indemnizaciones”. Sus términos debían ser ratificados por asambleas de representantes populares de todos los países. El decreto llamaba también al fin de la diplomacia secreta: todas las negociaciones debían ser realizadas de cara al pueblo, y se publicarían también los acuerdos secretos previamente tomados por el anterior gobierno ruso. Por último, el decreto hacía un llamamiento a los obreros de Gran Bretaña, Francia y Alemania a una “acción vigorosa y determinada” para ayudar a concluir la paz en esos términos. De esta manera, el decreto estaba dirigido al mismo tiempo tanto a los gobiernos como a los pueblos de los países beligerantes.

El segundo gran decreto fue el relativo a la cuestión de la tierra, inspirado en las propuestas de los delegados de los soviets campesinos: a través de aquel se abolía la propiedad inmobiliaria de las tierras: “Los bienes de los terratenientes, los dominios de los monasterios, de las iglesias, etc., con todo su inventario vivo y muerto, pasan a los Soviets campesinos”. Estos soviets iban a resolver cómo aplicar esas medidas, hasta que una Asamblea Constituyente tomara decisiones definitivas al respecto. De esta manera, al repartir las tierras a los campesinos, el gobierno soviético resolvió de un plumazo el problema que hace más de un siglo atrás ya había resuelto la revolución francesa, pero que en Rusia siguió plenamente vigente por la subsistencia de la autocracia zarista: la liquidación de los grandes terratenientes.

A estos decretos le siguieron otros abarcando una gran cantidad de rubros, siempre en el mismo sentido de priorizar los intereses de los de abajo: se estableció el control obrero sobre la producción (y desde mediados del ’18, la nacionalización de las grandes empresas), lo que permitió quebrar la resistencia que la patronal ejercía bajo la forma de sabotaje económico y cierre de empresas. Las municipalidades adquirían el derecho a requisar inmuebles para solucionar los problemas de vivienda de las masas populares. Los funcionarios pasarían a ganar un salario equivalente al de los obreros calificados. Se estableció el matrimonio civil, el divorcio y el derecho al aborto. Se desarrolló también la educación pública en manos del Estado y un sistema de seguridad social general. Se anunció la jornada laboral de ocho horas y aumentos salariales. Se concedió el derecho a la autodeterminación a las naciones oprimidas.

La aprobación de estos decretos, de cualquier manera, estuvo muy lejos de significar su implementación completa. Se llegó tan lejos en su aplicación como fue permitido por las condiciones materiales (el estado de la economía, la relación de fuerzas con los Estados Imperialistas, la relación entre las diferentes clases al interior de la propia Rusia, etc.). Sin embargo, los decretos marcaban una “guía maestra”, una orientación política de clase para resolver esos problemas según los intereses de los de abajo. Más allá del derrotero posterior de la Unión Soviética, de las enormes dificultades, de la Guerra Civil y la posterior degeneración burocrática, el gobierno soviético pasó a la historia como la primera gran experiencia de poder de la clase obrera y los sectores populares, como el primer gran gobierno de “otra clase”.

[1] El único antecedente histórico previo a la Revolución Rusa de un gobierno obrero y popular había sido la breve experiencia de la Comuna de Paris de 1871, que duró tres meses y fue aplastada por la represión.

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Volver al futuro: Revolución Rusa y dialéctica histórica

Por Renzo Fabrizio

“El ‘Ancien Régime’ moderno es sólo el comediante de un orden universal cuyos verdaderos héroes han muerto. La historia es radical, y pasa por muchas fases cuando sepulta una vieja forma. La última fase de una forma histórica universal es su comedia.”

Marx, Contribución a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel.

100 años después de la Revolución Rusa, escribir algunas líneas sobre su actualidad histórica es como mínimo polémico.  Por un lado, el mundo es gobernado por Trump, Temer y Macri, por nombrar solo algunos, y por otro, el terror del fundamentalismo teocrático del ISIS y el crecimiento de la ultraderecha europea y el neoliberalismo marcan la tónica mundial. Hablar de “actualidad de la revolución rusa” en este contexto podría parecer absurdo a algún lector desprevenido. Esta contradicción entre un mundo girado a derecha y la pregunta por la actualidad de la Revolución Socialista no es aparente, sino que es, por el contrario, la condición de posibilidad de esa pregunta. Es exactamente en el lugar de esa contradicción en donde el problema de la actualidad de la Revolución emerge y se plantea. Es justamente porque vivimos en el mundo de Trump y el ISIS que la pregunta sobre la posibilidad del socialismo recobra su más profundo sentido, que es la pregunta sobre la dialéctica histórica.

En el presente artículo analizaremos a la Revolución de Octubre en tanto hecho histórico, lo que significa en primer lugar clarificar la naturaleza de ese concepto en un sentido materialista, y por el otro, poner a la revolución en tanto hecho pasado en relación dialéctica con el presente y con el futuro.

Historia, Guerra y Política 

Para los marxistas, la historia es la historia de la lucha de clases. La frase de Marx, ya célebre, tiene la virtud de poder sintetizar en pocas palabras el sentido de lo que su autor llamó materialismo histórico. Pero esa virtud que la hizo célebre es también su defecto, pues es sabido que el debate acerca del carácter de los procesos históricos para Marx, ha suscitado las más variadas interpretaciones entre adherentes y detractores. Entre estos últimos, ha sido la Academia de los ámbitos universitarios –que desde hace más de 40 años enarbola las banderas del posmodernismo, y por lo tanto, del anti marxismo[1]– quien más se ha encargado de difundir una versión tergiversada, simplificada y desvirtuada del sentido original en que Marx pensó la cuestión.

En efecto, la Academia ha interpretado generalmente que los marxistas suscribimos a una visión lineal de la historia, adosándole más o menos subrepticiamente al materialismo un carácter determinista, por lo que la historia, en tanto historia de la lucha de clases, no podría sino culminar con el inevitable triunfo del comunismo en todo el mundo. Para ser honestos, el origen de esta interpretación simplificada del marxismo nació al interior del mismo, para justificar las desviaciones reformistas de los partidos socialistas, con las que el propio Marx discutía a fines del siglo XIX.

El hecho es que, muchos años después, con la decadencia y posterior caída del régimen estalinista y de los estados “socialistas” en casi todo el mundo, este clima de anti marxismo que ya hegemonizaba los ámbitos académicos dio un salto en calidad con la teoría del “Fin de la historia”, no por casualidad nacida y difundida desde el centro del capitalismo mundial. Si el marxismo supuestamente consideraba el triunfo del comunismo como una inevitabilidad histórica (y el estalinismo no hizo más que seguir alimentando esta tergiversación burda), el derrumbe de la URSS no significaba simplemente el fracaso de una experiencia, sino la “refutación”, en la práctica, de la teoría marxista en su totalidad.

¿Cómo explicamos esto los marxistas? La pregunta no se refiere a la naturaleza de la URSS y de los estados burocráticos, sino al problema que planteaba la frase original: ¿Qué significa, entonces, que la historia es la historia de la lucha de clases? La respuesta más difícil de encontrar es, muchas veces, la que está a la vista de todos. La lucha de clases es eso: una lucha. Y como tal, se necesitan al menos dos contendientes que se enfrenten. Nada más. Concluir de allí que uno de los dos contendientes está “predestinado” a ganar esa pelea, es un salto que requiere de una justificación. Pero ese salto es ajeno al marxismo, fundamentalmente porque es antimaterialista: el resultado final de esa lucha dependerá de su desarrollo concreto en un terreno concreto en donde actuarán sujetos concretos. La historia es entonces la historia de la lucha de clases en un doble sentido: es al mismo tiempo el resultado de esa lucha y el lugar en donde esa lucha se desarrolla. Significa esto que la lucha de clases se realiza siempre en ciertas condiciones históricas “no elegidas”, pero que al mismo tiempo, el devenir mismo de esa lucha puede modificarlas e intervenir sobre ellas.

En este sentido, que es a la vez más simple y más profundo, el ejemplo de la Revolución Rusa es aleccionador, pues el fin de esa experiencia inaugurada con la revolución no significó el “fracaso” del marxismo sino más bien lo contrario: la muestra cabal de que la historia es fundamentalmente un terreno de disputa, o mejor: un campo de batalla, en el cual se puede ganar o perder. Si la guerra es la continuación de la política por otros medios (y viceversa), entonces la Historia es el campo de batalla en donde esa guerra efectivamente acaece, y ese campo de batalla no es un “modelo abstracto” que la teoría busca “hacer encajar” en los acontecimientos históricos, sino que es un conjunto de condiciones objetivas y subjetivas sobre la cual cada bando despliega su estrategia.

El trágico final de la Revolución Rusa, paradójicamente, nos posiciona a los marxistas con una actitud hacia la historia de optimistas realistas. Por un lado, la experiencia de la revolución nos demuestra que efectivamente el mundo se puede cambiar, que los trabajadores pueden tomar la historia en sus manos y elegir su propio destino. En este punto la Revolución Rusa es, por lejos, el hecho que más “incomoda” a los pesimistas históricos que aun hoy propugnan –cada vez con menos convencimiento- el fin de la historia. Por otro lado,  el fracaso de la URSS y los estados burocráticos nos ayuda a combatir esa visión idealista de la historia atribuida al marxismo, según la cual el triunfo del comunismo estaría escrito de antemano. La Revolución Rusa nos sirve entonces para discutir también con el optimismo abstracto que intenta convertir al marxismo en una especie de versión “laicizada” de la historia judeo-cristiana. El pesimismo y el optimismo abstracto tienen su punto de encuentro en el rechazo a la acción humana (es decir, a la política) como herramienta fundamental de transformación de la realidad. Los marxistas somos optimistas pero realistas: Como dijera Lenin, es preciso soñar, pero a condición de realizar escrupulosamente nuestra fantasía.

El futuro llegó hace rato 

Hasta aquí hemos hecho hincapié en clarificar en qué consiste la historia en un sentido materialista, contra todo determinismo. Pero para completar nuestro análisis debemos profundizar ahora en el carácter dialéctico de este materialismo. No se trata simplemente de dar la respuesta de manual y decir que la historia es la “síntesis” que surge como resultado del choque entre la tesis y la antítesis. Esto podría ser correcto en términos (muy) generales y abstractos, pero poco aporta a la comprensión de la dinámica real de los acontecimientos. Nuevamente, el marxismo nos enseña que la teoría no es algo que está en el “mundo de las ideas”, como algo estático y autosuficiente, y que como tal corresponde “aplicarla” a los hechos para que nos devuelva, como si de una receta se tratase, las respuestas y soluciones que buscamos.

Por el contrario, la realidad es rica en determinaciones y la única forma de poder intentar atender a todas ellas es tomando en cuenta la concreción de las cosas. Lejos de considerarlos como un proceso lineal, Marx siempre subrayó que no pueden explicarse los hechos históricos y su dinámica estableciendo una causalidad mecánica entre la estructura económica de la sociedad y la superestructura. Sin entrar en el debate acerca de qué significa que haya una relación dialéctica y no mecánica entre estos dos elementos, lo que nos interesa aquí es resaltar el hecho de que esta dialéctica proyecta al análisis histórico una diversidad de tiempos o ritmos históricos que en un mismo momento se entrelazan, difieren, e incluso se contraponen entre sí. Para explicar esto, antes de entrar de lleno al caso de la Revolución Rusa, utilicemos un ejemplo contemporáneo al propio Marx.

Para mediados del siglo XIX, Alemania era un país políticamente atrasado. Mientras que en el resto de Europa y EE.UU se consolidaban las modernas repúblicas burguesas, Alemania mantenía un régimen político monárquico, pero que además todavía no lograba resolver el problema de su unidad nacional. Al mismo tiempo, empezaba a posicionarse como uno de los países económicamente más poderosos y desarrollados de Europa. La contradicción evidente no termina allí: Alemania no era vanguardia sólo en términos de desarrollo económico, sino que lo era también en el ámbito intelectual. A comienzos del siglo XIX se vive aún el auge del idealismo alemán, encabezado por toda una generación de pensadores que construyeron una verdadera hegemonía en el pensamiento filosófico de la época. Dicha generación, encabezada indudablemente por Hegel, se veía a sí misma en la más alta estima intelectual, consideraban que el sistema idealista había alcanzado la cúspide de la racionalidad, que sería la ciencia especulativa, sobre la cual, creían, descansaban todas las demás ciencias particulares.

Ahora bien, el hegelianismo había dejado instalada la idea de que la historia avanza hacia formas cada vez más racionales, y que la forma suprema de esa racionalidad universal sería el Estado moderno. Pequeño problema, ya que justamente era Alemania, a la vez que era el país “más avanzado” en la filosofía, el más atrasado políticamente de los principales de Europa, pues aun contaba con un antiguo régimen monárquico y religioso. Escribe Marx: “Cuando rechazo las condiciones alemanas de 1843, estoy, según la cronología francesa, apenas en el año 1789, y desde luego muy lejos del foco del presente”[2]. Las palabras de Marx son por demás ilustrativas. Resulta ser que el presente alemán está muy lejos del “foco” del presente, como si el “verdadero” presente, estaría pasando en otro lugar. Esto sin nombrar todavía el carácter anacrónico que Marx y los hegelianos le atribuyen a la realidad alemana. Aun haciendo un corte sincrónico, encontramos en un mismo momento distintas temporalidades históricas a solo unos kilómetros de distancia, por ejemplo en Francia y en Alemania. Marx mantiene, por supuesto, un punto de vista teleológico: está mirando a la historia en relación a su fin[3]. No podemos ahora sumergirnos en esta cuestión de la teleología, pero sí estamos en condiciones de afirmar que Marx jamás pensó la historia como un proceso lineal de despliegue y realización de la esencia del hombre, independientemente de que efectivamente piense que deba ser ese el lugar hacia donde nos debemos dirigir, el objetivo que nos debe movilizar.

El resto de los “hegelianos de izquierda” también eran conscientes de este anacronismode la realidad alemana. Tanto Bauer como Feuerbach entendieron este problema e intentaron resolverlo a su manera, planteando la necesidad de avanzar hacia un Estado laico. Pero fue Marx el que comprendió hasta el final la cuestión: No se trataba de cambiar la “irrealidad” del Estado, sino la realidad de la sociedad civil¸ es decir, las relaciones sociales.  Más allá de esto, lo destacable de esta generación de pensadores es la inmensa conciencia histórica de sí mismos, del “lugar” de la historia en que se encontraban, y fue esa conciencia de sí lo que permitió que el mejor de ellos, Marx, se desplace de la crítica de la religión a la crítica de la realidad, la revelación de la miseria profana, oculta en la miseria religiosa. El nivel de esta conciencia de sí lo expresa brillantemente el propio Marx: “Somos los contemporáneos filosóficos del presente sin ser sus contemporáneos históricos”[4]. La Alemania de 1844 se encontraba en un presente-pasado, que no es propiamente ni la realidad de uno ni la repetición del otro, sino la versión en comedia del régimen que había terminado en su propia tragedia.

No quedan dudas que Marx considera que los tiempos históricos son heterogéneos, allí reside su carácter dialéctico. Los elementos progresivos y regresivos conviven de forma sincrónica, chocan, se combinan, aparecen y desaparecen. Algunos triunfan sobre otros y todos estos movimientos reprograman “el reloj” (o deberíamos decir los relojes) de la historia. Para la cuestión que nos ocupa, tal como hicieron los filósofos alemanes, parece que la tarea es reconocernos en la historia, y sobre todo, encontrar en este difícil reloj de la historia, la hora que marca la Revolución Rusa.

Lo que es objetivo es que de la Revolución Rusa nos separan 100 años. Pero decir esto es hablar de una medida de tiempo, no de historia. En este sentido, conmemorar su centenario sería casi una formalidad, pero no creemos eso cuando lo hacemos. Los homenajes, estudios, conferencias y debates acerca de la gesta de octubre proliferan en todo el mundo. ¿Por qué no se conmemora cualquier otro hecho pasado con tanta fervencia? ¿Qué tiene de especial la Revolución Rusa que amerita que hoy estemos hablando de ella 100 años después? En otras palabras, planteemos la pregunta de una vez por todas: ¿En qué sentido es actual la Revolución Rusa? Respondamos, sin más preámbulos, con las herramientas que nos dio el propio Marx.

La Revolución Rusa es el futuro. Ella está “más adelante” que nuestro presente. Los hechos que la conformaron están fácticamente en el pasado, claro está, pero la Revolución Rusa está en el futuro en un sentido no temporal, sino histórico. Parafraseando a Marx, cuando cuestiono el mundo de 2017 estoy, todavía, antes de 1917. Nuestras tareas para el futuro están en el pasado. Lo que nos debemos, la Revolución ya lo hizo, y por lo tanto, las Revoluciones que nos depare el futuro deberán hacerlo nuevamente. Es en este sentido histórico profundo, que podemos afirmar que si la Alemania del Siglo XIX era un presente-pasado, la Revolución Rusa está en una situación aún más paradojal: ella es un pasado-futuro, ella ya fue lo que todavía no es, pasó hace 100 años, y aun no podemos alcanzarla. La Revolución Rusa nos lleva un centenario de ventaja.

Colgado en el medio de ese pasado-futuro está el presente, deambulando medio perdido, como alguien que perdió su punto de referencia. Pero que lo haya perdido no significa que no exista: hay que recuperarlo y reorientarse. Nuestro presente está en un limbo histórico. Avanza, pero no necesariamente hacia el futuro. A veces prueba a ver si algún hecho del pasado (del pasado-pasado) le sirve como guía. Algunos se dejan engañar y van hacia allí: son nuestros enemigos.

La Revolución Rusa es actual porque su pasado dejó marcada la huella hacia el futuro. Es actual justamente debido a que nos falta, ella es la presencia de su ausencia. Estamos siendo primero los contemporáneos históricos a su centenario, pero todavía no a ella misma. Todo esto no significa que vayamos a repetir mecanográficamente los libros de historia. Porque aunque Lenin, Trotsky y los obreros de Petrogrado nos marquen el camino, ahora nos toca a nosotros andarlo. Nuestra tarea es convertir ese pasado-futuro en un presente, y una vez allí, tomar el futuro por asalto.

notas

[1] Una discusión por demás interesante, y que requiere de un tratamiento especial, es la de si comienza a verse una incipiente crisis del pensamiento posmoderno, a la luz de los acontecimientos políticos mundiales que parecen ser muestra de un futuro no muy lejano más típicamente “moderno”.

[2] Marx, K. “Contribución a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel” en Antología, Buenos Aires, Siglo Veintiuno Editores, 2015, p. 93.

[3] En castellano, la palabra “fin” contiene una ambigüedad importante (fin como objetivo o finalidad, y fin como como final o término). El alemán cuentan con la palabra Ziel para el primer sentido y Ende para el segundo. Cada vez que Hegel mencionaba “el fin de la historia” debe entenderse en el primer sentido de la palabra Ziel.

[4] Op. Cit., p. 97