Archivo de la categoría: Egipto

La nueva dictadura liberó a Mubarak

Por Ale Kur, 30/3/17

La semana pasada, el exdictador egipcio Hosni Mubarak fue liberado de prisión, seis años después de haber sido encarcelado. Esto ocurrió luego de que el Poder Judicial egipcio fuera declarándolo inocente en cada una de las varias causas que tenía abiertas.

La liberación de Mubarak tiene un enorme poder simbólico: representa el fin de la etapa abierta con la rebelión popular de comienzos de 2011, que había derrocado a la dictadura con las masas en las calles. La Primavera Árabe en Egipto fue a su vez el ejemplo en el que se inspiraron otros movimientos de protesta multitudinarios, tanto en Medio Oriente como en Europa, Estados Unidos y otros países.

La rebelión egipcia estuvo plagada de heroísmo: fueron varias semanas de resistencia contra la represión policial y de grupos de choque oficialistas, que dejaron cientos de muertes. El epicentro fue la emblemática Plaza Tahrir, pero el movimiento se extendió rápidamente incorporando también a sectores obreros que paralizaron importantes ramas de la economía (como el Canal de Suez que conecta el Mediterráneo con los mares de Asia). El ejército se negó a involucrarse en la represión, lo que determinó la caída de Mubarak luego de 30 años de ejercer el poder.

Tras la caída de Mubarak en febrero de 2011, se sucedieron tres etapas políticas diferentes, con sus respectivos gobiernos. En la primera, el gobierno estuvo en manos de una junta militar que comandó la transición hacia las primeras elecciones libres de la historia de Egipto (mayo-junio de 2012). La segunda etapa transcurrió bajo el gobierno de los Hermanos Musulmanes, surgido de esas elecciones, y culminó con el golpe militar de julio de 2013. Este golpe puso en pie un nuevo régimen político, dando inicio a la tercera etapa, que es la que se vive actualmente.

Este régimen tiene en el centro a Abdelfatah Al Sisi, que comandó el golpe militar en calidad de jefe de las Fuerzas Armadas. Su etapa política debutó con el asesinato de más de 800 personas en las protestas convocadas por los Hermanos Musulmanes contra la destitución del presidente Morsi (la masacre de Rabaa Al Adawiyya), en agosto de 2013. Desde entonces, los militares fueron estableciendo las bases de una nueva dictadura, suprimiendo una por una las conquistas de 2011 y reimplantando un régimen de represión sistemática. Las cárceles volvieron a abarrotarse de opositores, las manifestaciones fueron prácticamente prohibidas, las elecciones se convirtieron nuevamente en una farsa (tal como eran en la época de Mubarak). La represión siguió cobrándose víctimas fatales, como la joven militante socialista Shaima el Sabag que fue asesinada a sangre fría por la policía en una movilización a comienzos de 2015.

Este nuevo régimen dictatorial es a todos los efectos prácticos un “mubarakismo sin Mubarak”. No solo por la represión: en la política económica se caracteriza también por un rabioso neoliberalismo, que sigue a rajatabla las recetas del FMI. Así, el gobierno militar descarga un brutal ajuste sobre el pueblo egipcio, sumergiéndolo aún más en la pobreza.

La liberación de Mubarak es por lo tanto una consecuencia casi “natural” de la nueva relación de fuerzas impuesta por la dictadura de Sisi. Permite poner blanco sobre negro la naturaleza del nuevo régimen político. Así, los que creyeron ver en los militares una liberación frente a la “tiranía religiosa” de los Hermanos Musulmanes, deberían ver ahora con toda transparencia lo que realmente fue: una contrarrevolución, que se aprovechó del descontento contra el islamismo para retrotraer la situación al “statu quo” previo a 2011.

Por otro lado, la consolidación de la situación reaccionaria debe servir también para poder entender los límites de la rebelión popular de 2011. Pese a su enorme potencia, y a las conquistas democráticas que obtuvo en un primer momento, se encontró frente a un obstáculo que no fue capaz de superar: la ausencia de una alternativa política propia, de los explotados y oprimidos. Así es como en la trampa electoral de 2012 los egipcios se vieron obligados a elegir entre los representantes del mubarakismo y los Hermanos Musulmanes, partido islamista y neoliberal que pretendía continuar con los ataques a los de abajo. Cuando estos últimos se impusieron en las elecciones y comenzaron a gobernar, rápidamente empezó a operar una polarización que llevó a enormes multitudes de los sectores más atrasados de la sociedad (e inclusive a sectores muy desorientados de la vanguardia juvenil) atrás de las Fuerzas Armadas como garantes del “Estado laico y nacionalista”. Así, el golpe militar se apoyó en una oleada de simpatía de masas, que le dio la fuerza para acabar con las conquistas democráticas y volver a atacar con toda brutalidad a los trabajadores, la juventud, las mujeres, etc.

Lo que faltó en Egipto, al igual que en todo Medio Oriente, es una alternativa política independiente de los grandes aparatos burgueses (sean “laicos” o “religiosos”), una alternativa que exprese a la Plaza Tahrir de 2011, a los que echaron a Mubarak, a los obreros huelguistas, a la nueva generación de trabajadores y jóvenes combativos hartos de la represión y el hambre. El desarrollo de esa alternativa política (en formas de organizaciones socialistas revolucionarias, de sindicatos independientes y antiburocráticos, de movimientos de lucha organizados que se orienten por esta perspectiva, etc.) sigue siendo una tarea de primer orden tanto en Egipto como en toda la región, y es el único antídoto posible contra la deriva reaccionaria.

Por otro lado, es importante señalar que esta perspectiva reúne varias condiciones políticas para su desarrollo. A lo largo de todo este proceso político, e inclusive desde la consolidación de la dictadura de Al Sisi, decenas de miles de trabajadores fueron parte de experiencias de huelgas y movilizaciones por sus derechos. La nueva tiranía nunca fue capaz de frenar la oleada de luchas obreras, arraigada profundamente en la clase trabajadora egipcia (aunque limitada por el momento a una perspectiva puramente reivindicativa o “economicista”, sin un enfoque político de conjunto).

Al mismo tiempo, las condiciones económicas y sociales siguen deteriorándose, evitando toda perspectiva de recuperación política del gobierno. Por el contrario, su popularidad parece estar en descenso, con amplios sectores de la sociedad manteniendo un fuerte rechazo (en fuerte contraste con la simpatía inicial que despertó entre las masas). Este repudio puede vislumbrarse en ciertas ocasiones, como en las protestas que se desataron contra la cesión por parte del gobierno egipcio de unas islas a Arabia Saudita, y que obtuvieron un triunfo al imponerse vía poder judicial la anulación de ese traspaso.

Estas condiciones pueden favorecer en el futuro el resurgir de las movilizaciones masivas, enfrentando a la dictadura de Sisi a un desafío mucho mayor. Esta es la perspectiva que es necesario recuperar, abriéndole nuevamente el camino a la Primavera Árabe, pero esta vez sobre una base política mucho más firme.

Anuncios

Descontento creciente y represión en masa

  Por Ale Kur 19/5/16

El Estado egipcio sentenció esta semana a más de 150 personas a cinco de años prisión por participar en una movilización de protesta. Los manifestantes habían salido a las calles el 25 de abril para repudiar la entrega (por parte del gobierno egipcio) de dos islas egipcias a Arabia Saudita.

Esta movilización fue convocada luego de que miles de personas tomaran las calles el 15 de abril, por el mismo motivo. Muchos periodistas coinciden en que la del 15 se trató de la mayor movilización de los últimos dos años contra el gobierno del militar Al Sisi. Teniendo en cuenta que hasta el momento la mayor parte de las protestas tenían como sujeto a los islamistas (quienes repudian el golpe militar del 30/6/13, mediante el cual fue derribado el presidente Morsi[1]), las protestas del 15 y 25 de abril seguramente sean las más grandes que se opusieron al gobierno egipcio desde un ángulo laico.

El gobierno de Al Sisi, si bien surgió de un proceso de “farsa electoral” donde fue votado prácticamente sin oposición, se maneja en los hechos como una dictadura. Impuso una ley que prohíbe las protestas, y la aplica con puño de hierro para encarcelar a todo tipo de opositores. Para esto se benefició de la polarización existente entre los islamistas, que venían de gobernar, y amplios sectores de la sociedad que los rechazan visceralmente. Por eso la política represiva contó inicialmente con fuertes dosis de consenso social: se veía al régimen autoritario de Al Sisi como un “salvador” frente al islamismo, y que por lo tanto tenía derecho a usar cualquier método para “estabilizar el país”.

Este “consenso autoritario” le permitió a Al Sisi mantener intacto el viejo aparato represivo heredado de los tiempos de Mubarak. Más aún, le permitió rehabilitar a muchas de las figuras y métodos del “antiguo régimen” que habían sido desacreditados con la enorme rebelión popular de 2011. Además de notorias masacres contra los islamistas, el gobierno de Al Sisi llenó rápidamente las cárceles de opositores (activistas, periodistas y hasta abogados). La tortura policial y hasta las ejecuciones por parte de las fuerzas de seguridad se volvieron moneda corriente.

Por otra parte, el gobierno egipcio no logró solucionar ninguno de los problemas económico-sociales que hicieron estallar la rebelión popular en 2011. Por el contrario, la situación de las masas populares sigue agravándose, con una inflación galopante, apagones eléctricos, escasez de productos esenciales, etc. El gobierno de Al Sisi intenta superar el enorme déficit presupuestario recurriendo a las recetas del FMI: liquidando subsidios y aplicando un Impuesto al Valor Agregado (que pagan esencialmente los trabajadores y los sectores más humildes).

Todas estas razones fueron haciendo disminuir paulatinamente el entusiasmo que había generado inicialmente el supuesto “gobierno de salvación”. Por eso la decisión de Al Sisi de entregarle a Arabia Saudita la soberanía sobre dos islas egipcias terminó de rebalsar el vaso de agua, generando la primera gran ola de cuestionamiento popular al régimen.

Arabia Saudita fue el principal “sponsor” internacional del golpe de Estado[2] contra Morsi, y es hasta el día de hoy el principal sostén del gobierno de Al Sisi. La entrega de las dos islas egipcias no tiene otro contenido que el de una gran “devolución de favores”, y a la vez el de una “señal de buena voluntad” para el llamado a mayores inversiones saudíes. Por eso es visto en amplios sectores como un acto anti-nacional, de traición a los intereses del país en función del servilismo a una potencia o semi-potencia extranjera.

La movilización del 15/4 permitió darle un canal de expresión a esta oleada de indignación popular, a tal punto que los manifestantes volvieron a cantar “el pueblo exige la caída del régimen” (eslogan emblemático de la Primavera Árabe). De esta manera, la posibilidad de que se abra un nuevo proceso de protestas se convirtió en una amenaza para la supervivencia del gobierno de Al Sisi (y por consiguiente, de todo el dispositivo de contención que las Fuerzas Armadas montaron frente a la rebelión popular de 2011).

El presidente militar egipcio reaccionó entonces siguiendo el clásico libreto de los represores: cortando “de raíz” toda posibilidad de desarrollo de las protestas. Cuando el activismo convocó a una nueva protesta para el 25 de abril, para darle continuidad a la de 15, el gobierno la prohibió rápidamente. Antes de que llegara a comenzar la concentración, las fuerzas de seguridad ya estaban realizando detenciones en masa en las inmediaciones de la zona. Por eso se entiende la velocidad y la dureza de las sentencias judiciales a cinco años de prisión para los detenidos: se trata del intento de abortar un proceso mayor de cuestionamiento al régimen, que empieza a juntar condiciones para desarrollarse.

El “consenso autoritario” no puede durar para siempre

El gobierno de Al Sisi todavía cuenta, pese a todo, con altas tasas de popularidad, ya que partió de un piso muy alto. Sin embargo, el signo es claramente descendente. Su política para mantener el “consenso autoritario” consiste en el impulso de obras públicas faraónicas (como la ampliación del Canal de Suez) y el involucramiento de las Fuerzas Armadas en tareas de asistencia social. Pero con esto no alcanza para sacar a la economía egipcia de su estancamiento estructural, ni a millones de personas de la situación de pobreza en la que se encuentran sumidas, ni menos aún para superar el enorme atraso técnico, de infraestructura, educativo y cultural del país. Por el contrario, las políticas neoliberales sólo pueden llevar a un agravamiento de todos los problemas.

Uno de los “talones de Aquiles” del gobierno represivo es que nunca logró solucionar el problema endémico del estallido recurrente de huelgas obreras. Este es un proceso que comenzó inclusive antes de 2011, y que tuvo un enorme impulso con la rebelión popular. Si bien se trata de procesos “moleculares” y no de un ascenso de conjunto (muy limitado además a una conciencia “sindicalista” y sin planteos relacionados al poder político), no deja de ser problemático para un gobierno cuya razón de ser es imponer una paz de cementerios. Este proceso “a cuentagotas”, al no haber sido derrotado, puede tomar un ritmo ascendente mucho más marcado en caso de un agravamiento de la situación política.

El gobierno se enfrenta también a un creciente cuestionamiento por parte de los periodistas, que no se dejan someter a un régimen de censura y persecución. La “sociedad civil” egipcia, que respiró los aires de libertad de 2011, ya no acepta simplemente doblegarse ante un Estado omnipotente. Esto mismo se manifiesta también en el terreno del arte, la literatura y la cultura en general, donde florecen las expresiones de crítica al régimen existente.

Por todas estas razones, la política de aplastar el disenso mediante la represión no puede funcionar durante mucho tiempo más. Tarde o temprano, las ilusiones puestas por las masas populares en el gobierno autoritario van a empezar a ceder ante una decepción masiva, como lentamente ya parece estar empezando a ocurrir. Cuando este proceso pegue un salto en calidad, no puede más que volver a salir a la superficie la enorme experiencia histórica que el régimen vino a intentar enterrar: la heroica rebelión popular, que en 2011 llenó la Plaza Tahrir y la defendió de los ataques represivos, que paralizó las empresas del país e hizo caer a una dictadura de décadas.

[1] Perteneciente a los “Hermanos Musulmanes”, Morsi fue el único gobierno electo en elecciones libres en la historia de Egipto, tras la caída del dictador Mubarak.

[2] Aunque pueda sonar contradictorio, la monarquía archirreacionaria y fundamentalista islámica de Arabia Saudita se opuso firmemente al gobierno de los islamistas egipcios, que de alguna manera actuaban como “competencia” por la hegemonía regional. Por eso apoyaron al golpe militar “laico” contra los islamistas.