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Los chalecos amarillos, un símbolo de descontento que se extiende por el mundo

El movimiento francés de los “Chalecos Amarillos” ya lleva seis semanas de presencia masiva y contundente en la agenda política. Desde su comienzo, cientos de miles de personas se manifestaron en varias ocasiones a lo largo y ancho del país, en ciudades grandes, medianas y pequeñas, así como en las zonas rurales.

Por Ale Kur

Las imágenes de las movilizaciones callejeras, los bloqueos de ruta, los enfrentamientos con la policía y las barricadas levantadas en París (en el mismísimo Arco del Triunfo) recorrieron el mundo entero y vienen ocupando (reiteradamente) la primera plana de los  medios de comunicación en una enorme cantidad de países.

Más allá de las importantes diferencias políticas, estas escenas no dejan de recordar a las se veían hace 50 años atrás, con el estallido del Mayo Francés de 1968. No queremos aquí forzar ningún paralelismo al respecto (no son los mismos actores político-sociales ni su contenido), pero sí señalar el importante efecto que provocan ese tipo de imágenes en el estado de ánimo político de una muy importante cantidad de personas en todo el globo.

La presencia de la acción directa en las calles, de la lucha radicalizada, rompe con una normalidad política donde lo cotidiano es el somnífero debate parlamentario, la rosca por arriba entre diputados, senadores y altos funcionarios. Una normalidad donde la clase trabajadora y los sectores populares ven día a día cómo sus derechos son arrebatados uno tras otro, cómo sus salarios valen cada vez menos, cómo cada vez parece haber menos futuro.

Una normalidad donde la voz de los de abajo no cuenta para nada, donde sus supuestos “representantes” sindicales y políticos muestran la más absoluta pasividad frente a los ataques de los de arriba. Y donde hasta los más tibios proyectos de leyes que podrían favorecer a los sectores populares terminan naufragando sin pena ni gloria, ante la oposición de los poderes de siempre. Todo esto mientras los grandes millonarios se enriquecen cada vez más, y mientras los bancos y las multinacionales hacen negociados cada vez más monumentales.

El contagio internacional

Por estas razones, el movimiento de los “Chalecos Amarillos” choca frontalmente con esa normalidad, sacude las telarañas de la rutina política y produce un profundo impacto, especialmente en los países europeos pero también en otros continentes. Así, en varios países diversos sectores (de las más variadas tendencias políticas e ideológicas) comenzaron a imitar el ejemplo francés, y se lanzaron a pelear en las calles por sus propias demandas, muchas veces auto-convocándose a través de las redes sociales (de manera similar a lo que ocurrió por ejemplo con los movimientos de los Indignados desde 2011).

En las últimas semanas ya se desarrollaron movilizaciones de chalecos amarillos en Holanda y en Bélgica, expresando un descontento general (y poco definido) con las políticas económicas de sus gobiernos. En Inglaterra, sectores Pro-Brexit salieron con el chaleco amarillo para denunciar al gobierno por (según sus palabras) “traicionar el Brexit“. En Italia, grupos pro-inmigrantes y anti-xenofobia salieron a protestar con los chalecos amarillos contra las leyes del gobierno racista de la Liga, que condenan a los migrantes a morir en el Mediterráneo. Esta semana ocurrieron también enormes protestas en Hungría contra una reforma laboral esclavista. En un sentido político opuesto, también se desarrollaron importantes movilizaciones de la ultraderecha en Bélgica contra la llegada de inmigrantes.

El impacto internacional del fenómeno es tan fuerte que inclusive en Egipto el gobierno del dictador Al Sisi prohibió la venta de chalecos amarillos para evitar cualquier posible efecto de imitación. En Túnez, cuna de la llamada “Primavera Árabe”, parece estar surgiendo estos mismos días un movimiento de “chalecos rojos” con demandas muy similares a las que iniciaron las protestas de 2011. Hay también pequeños reflejos de esto en diversos países de África y Asia.

En Estados Unidos, si bien todavía no parece existir un impacto directo en las calles, la discusión sobre los “chalecos amarillos” se encuentra muy presente en los medios de comunicación, en las organizaciones de izquierda y progresistas y en las redes sociales en general. Es posible que terminen surgiendo también allí movilizaciones similares.

Un símbolo de descontento que puede ser capitalizado tanto por izquierda como por derecha

En cuanto a su contenido político, las protestas de los distintos países (e inclusive dentro de cada país) son profundamente disímiles, e inclusive opuestas entre sí. En sí mismo, el símbolo del “chaleco amarillo” no significa más que un descontento general con el statu quo. Lo pueden utilizar tanto grupos de izquierda como de derecha, o sectores político-sociales ambiguos y sin una orientación política clara. Esto último es lo que ocurre especialmente con el ingreso a escena de sectores de las clases medias-bajas y de la clase trabajadora del interior atrasado en países como Francia, cuya conciencia política está llena de elementos contradictorios. No queremos desarrollar aquí en este aspecto que ya fue analizado en otras notas de este periódico, y que es muy complejo como para abordar superficialmente.

Lo que sin duda es universal es que los movimientos de “chalecos amarillos” expresan en todo el globo un descontento cada vez mayor con el estado de las cosas: son un síntoma del aumento de la inestabilidad política, económica y social, tanto en Europa como en el mundo en general. Son resultado de que la crisis económica mundial iniciada en 2008 nunca terminó de superarse, y que nuevas contradicciones se agregan a las anteriores (como la “guerra comercial” entre EEUU, China y  Europa).

Estos movimientos son el producto de un hartazgo enorme con una década entera de políticas de austeridad y flexibilización, que empeoraron fuertemente las condiciones de vida de la clase trabajadora y los sectores populares, que aumentaron profundamente la desigualdad social, y que ni siquiera consiguieron volver a generar un crecimiento económico digno de tal nombre. Son consecuencia del enorme problema del calentamiento global, y de las respuestas incoherentes, ineficaces y contradictorias que los gobiernos del mundo le dan a ese problema. Son subproducto también de una enorme catástrofe humanitaria: que cientos de miles de personas en Asia y África se ven arrojadas cada año a la más absoluta miseria y obligadas a emigrar a Europa por guerras o falta de perspectivas en sus propios países.

En el caso europeo, el estallido de estos movimientos es producto también de una tendencia a la disgregación, a la incapacidad para la resolución colectiva de problemas bajo el paraguas de la “Unión Europea”. El triunfo del Brexit en el referéndum de 2016 en el Reino Unido (y las propias contradicciones que atraviesa ese proceso), la crisis política en toda la UE derivada de la cuestión de la inmigración, las tensiones con Rusia, el ascenso de China, el crecimiento de los nacionalismos de derecha y xenófobos, etc., son (junto a todo lo anterior) factores que hacen de toda Europa un caldero, que puede estar acercándose a un punto de ebullición.

Por su naturaleza política ambigua, y por la enorme confusión existente en la conciencia de millones de trabajadores, los movimientos de chalecos amarillos pueden tener un impacto tanto hacia la izquierda como hacia la derecha, dependiendo de la evolución de los acontecimientos en cada país. En buena parte de Europa, por ejemplo, de haber elecciones la situación podría ser capitalizada por los movimientos nacionalistas de derecha, que hasta hace varias semanas atrás venían mostrando altas intenciones de voto en países como Francia (no está claro si esto tuvo modificaciones en las últimas semanas).

En cualquier caso, la irrupción del movimiento de los Chalecos Amarillos implica que las cosas comienzan a trasladarse cada vez más al terreno de las calles, generando también un fuerte ambiente de politización. Allí donde estos movimientos tengan un carácter progresivo, es necesario que la izquierda se vuelque de lleno a ellos a disputar su conciencia, su programa y su dirección política, para que el descontento se procese contra los de arriba (los grandes capitalistas) y no contra los de abajo, como los inmigrantes u otros sectores populares. Es necesario que los chalecos amarillos se integren profundamente con el movimiento obrero, con el movimiento de mujeres, con los movimientos de la juventud, con los migrantes, con quienes pelean contra el racismo y la xenofobia.

Frente al estado de las cosas cada vez más decadente en Europa y el mundo, que plantea elementos cada vez mayores de barbarie, es necesario pelear para que los chalecos amarillos abonen a una salida socialista, evitando que la derecha los instrumentalice para sus propios fines reaccionarios.

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El movimiento de los “chalecos amarillos” irrumpe en la escena política

Movillizaciones de masas contra el aumento de los combustibles ponen en jaque al gobierno de Macron.

Socialismo o Barbarie Francia

La movilización del sábado pasado fue contundente. Según el ministerio del interior hubo más de 2.000 bloqueos de rutas que reunieron alrededor 280.000 personas en todo el territorio francés, aunque la cifra podría ser bastante mayor. Se trata del movimiento de los “chalecos amarillos”, el inédito fenómeno que está en el centro de la escena política gala.

Ante el anuncio de Macron de aumentar los impuestos a los combustibles, una convocatoria surgida espontáneamente en las redes sociales comenzó a viralizarse bajo la consigna de bloquear el país el 17 de noviembre. Y aunque el gobierno quiso disfrazar la medida bajo un tinte ecologicista, lo cierto es que el aumento del precio de las naftas provocó una bronca generalizada que hizo que multitudes de automovilistas decidieran tomar el chaleco amarillo de uso obligatorio en los vehículos de Francia, como el símbolo de un movimiento en contra del gobierno.

Más allá de que la extrema derecha haya fogoneado la convocatoria y de que Marine Le Pen haya intentado erigirse en la cabeza de la manifestación, en realidad, el balance sobre quién tiene la dirección del movimiento continúa abierto. Por su parte, Mélenchon también había llamado a la movilización apoyando la legitimidad del reclamo, más allá de los “fachos” que se pudieran manifestar. Con esa misma excusa, la CGT de Philippe Martinez tomó la decisión contraria y se borró olímpicamente de la movilización, para no marchar al lado del “Frente Nacional”.

La principal característica de la convocatoria es precisamente la ausencia de toda referencia sindical y política tradicional. Se trata de un movimiento “apolítico”, “ciudadano”, “apartidario”, con gran presencia de las clases medias que se organizan por fuera de los marcos sindicales. El chaleco amarillo es en alguna medida un significante vacío al que cada uno le otorga el significado que quiere, pero con un punto en común: la bronca contra Macron por el aumento de los combustibles. Otro elemento importante a señalar es que se trata de movilizaciones con mayor peso en las zonas rurales que en los grandes centros urbanos, en los que la gente utiliza mayormente el transporte público para ir a trabajar.

Desde Socialismo o Barbarie, declaramos nuestro apoyo “crítico” al movimiento de los chalecos amarillos, entendiendo que se trata de un reclamo progresivo que manifiesta una bronca justa, un hartazgo de la población ante una política de deterioro de las condiciones de vida. Por ese motivo, es necesario que las direcciones sindicales se pongan a la cabeza de la lucha y organicen un plan de lucha a la altura de las circunstancias. La CGT no puede hacer la vista gorda y hacer como si nada estuviera pasando. Desde la movilización del 9 de octubre no han convocado a ninguna otra medida de lucha y se han dedicado a dialogar con el gobierno y ahora cuando surge este movimiento Martinez ha decidido darle abiertamente la espalda.

Es necesario organizar una respuesta de conjunto al plan de ataque global del gobierno, que ponga en el centro las reivindicaciones de los trabajadores, proponiendo una orientación política y de clase al movimiento, que bloquee la economía y que evite toda recuperación por parte de la extrema derecha. Por eso, nos sumaremos a las próximas medidas de lucha que ya anuncian una próxima movilización para el sábado 24 de noviembre. Nos pronunciamos en contra del aumento de los combustibles, por un sistema de impuestos en el que paguen más los que más tienen, por la aumentación general de los salarios indexada al aumento del costo de vida. ¡Por una gran huelga general para derrotar las políticas de ajuste del gobierno de Macron!

Francia | Macron maniobra ¡La rebelión se profundiza!

Luego de la enorme jornada de lucha del sábado pasado, el gobierno de Macron maniobra para frenar la rebelión popular e inmovilizar el imponente crecimiento de los “chalecos amarillos”, al tiempo que refuerza el operativo policial y se prepara para reprimir las próximas manifestaciones. Mientras tanto, la rebelión se profundiza: comienzan las huelgas obreras, las movilizaciones universitarias y los bloqueos de los estudiantes secundarios. Esto recién está empezando.

Por Santiago Follet

¡Hay que seguir en las calles hasta tirar abajo el plan de ajuste de Macron!

¡Que la crisis la paguen los capitalistas!

“El ministro del Interior lanzó un ‘llamado a la calma’ y anunció que ‘fuerzas suplementarias’ serán desplegadas este sábado, en caso de movilización, que se agregarán a las 65.000 fuerzas de seguridad utilizadas el fin de semana pasado. (…) Entre la espada y la pared, Chistophe Castaner quiere prevenir una tercera jornada de violencias en el marco de la movilización de los ‘chalecos amarillos’, después de los enfrentamientos del 24 de noviembre y el 1° de diciembre. Mientras los llamados a nuevas manifestaciones se desarrollan en las redes sociales, a pesar de la suspensión del ‘impuesto al carbón’ sobre los combustibles, el ministro del Interior no prevé la prohibición de las marchas, pero lanza un ‘llamado a la calma’.

(Loiris Boichot, Le Figaro, 04/12/2018)

Lo que hace apenas algunas semanas arrancó siendo una simple campaña en las redes sociales contra el aumento de los impuestos al precio de los combustibles, se ha transformado sin lugar a dudas en uno de los fenómenos centrales de la escena política a nivel internacional. En efecto, el movimiento de los “chalecos amarillos” se ha convertido en un verdadero dolor de cabeza para el gobierno de Macron y es por eso que todos los esfuerzos del Ejecutivo están puestos en desactivar la movilización popular cueste lo que cueste. Esto se debe a que el carácter “espontáneo”, “desorganizado” y sin una dirección política clara de este movimiento de protesta fue transformándose progresivamente en la canalización de una bronca social contenida contra toda la política de supresión de derechos sociales y de ajuste económico de Macron, que ha puesto en jaque al gobierno.

Un movimiento de masas en alza cada vez más radicalizado

Como señalábamos en artículos anteriores, el movimiento de los “chalecos amarillos” ha irrumpido en la escena política como un fenómeno contradictorio, con elementos progresivos y reaccionarios al mismo tiempo. Desde el primer momento, Marine Le Pen ha intentado capitalizar el rédito político apoyando fuertemente al movimiento a través de su “Agrupación Nacional”, lo cual suponía un grave peligro frente a la posibilidad de que la bronca terminara expresándose en una salida reaccionaria que beneficiara a la extrema derecha.

Sin embargo, la entrada en escena de crecientes sectores populares que se han sumado a la movilización, ha aportado toda una serie de reivindicaciones progresivas que tienen su eje en el rechazo a la “injusticia fiscal”, en el pedido del aumento de salarios, en el rechazo a la represión policial y en consignas democráticas frente al abuso de poder presidencial. Las jornadas del 24 de noviembre y del 1° de diciembre, han sido enormes demostraciones de lucha que han ido inclinando la balanza progresivamente hacia la “izquierda”, y que han mostrado una enorme radicalización y aceleración de los eventos políticos, que ha llegado a amenazar la propia continuidad del gobierno.

En este sentido, es fundamental destacar que la medida del aumento del impuesto al combustible (que constituye el 60% del precio que pagan los consumidores finales), se encuentra enmarcada en un plan de ajuste global que el gobierno viene descargando sobre los de “abajo”, al tiempo que acrecienta los beneficios para los ricos. Por un lado, Macron elimina el impuesto a las grandes fortunas, pero al mismo tiempo, recorta las pensiones a los jubilados, aumenta la presión fiscal sobre los trabajadores y descarga un ataque brutal contra la universidad pública aumentando sideralmente el precio de las matrículas a los estudiantes extranjeros.

Esta última medida ha generado que el movimiento estudiantil se ponga rápidamente de pie con numerosas asambleas para defender el derecho al acceso a la universidad. Al mismo tiempo, los estudiantes secundarios han comenzado a bloquear las entradas en más de cien escuelas secundarias, con una muestra de sumarse activamente a participar y dar su apoyo a los chalecos amarillos. En el mismo sentido, son numerosos los colectivos anti-racistas, feministas, los sectores de trabajadores organizados y los movimientos de barrios populares que han ido sumando toda una serie de elementos que pone a un movimiento en alza determinado a conseguir todas sus reivindicaciones.

Y lo más importante es que hay crecientes indicios de que porciones importantes del movimiento obrero podrían estar comenzando a entrar en escena. El aumento de salarios se está convirtiendo en una de las reivindicaciones más sentidas y ya comienzan a sentirse los rumores de las huelgas. La CGT y FO ya han convocado de forma conjunta a una huelga de transportes para el 9 de diciembre.

Lejos de ser cierto lo que ha anunciado la prensa capitalista a lo largo y ancho del mundo, esto recién está empezando. No solamente casi nadie se plantea seriamente salir de las calles o dar por terminada la pelea: al contrario, crece el rumor por abajo de que hay que echar a Macron.

El gobierno intenta alejar la bronca de las calles

Mientras Macron se encontraba de viaje paseando por Argentina en la cumbre del G20, la situación “en casa” se le puso cada vez más negra. Las impresionantes imágenes de las barricadas en lugares históricos de París, que rememoran los eventos más “calientes” de la lucha de clases en la historia francesa, no tardaron en dar la vuelta al mundo, amargando el paseo del presidente.

La primera reacción del Ejecutivo fue lanzar una fuerte campaña mediática, encabezada por el propio Macron, intentando dividir al movimiento entre los “verdaderos chalecos amarillos pacíficos” y los “alborotadores violentos”. El gobierno intentó de esta manera posicionarse como abierto al diálogo, como el garante del orden republicano, lanzando al mismo tiempo una gran campaña para demonizar y aislar a los manifestantes del resto de la población cuya opinión es abrumadoramente favorable a los “chalecos amarillos”.

En segunda instancia, el primer ministro Édouard Philippe anunció esta mañana una moratoria en la implementación del impuesto a los combustibles prevista para el 1° de enero, suspendiendo “momentáneamente” la efectivización de la medida por los próximos seis meses. A su vez, anunció una suba ¡de sólo un 3% en el salario mínimo! y el congelamiento de los aumentos a los precios de la electricidad y el gas. En este punto, y pese al triunfalismo exhibido en numerosos artículos de prensa que han circulado en la jornada de hoy, debemos advertir seriamente que se trata de una maniobra tramposa para desarticular al movimiento en pleno ascenso de la lucha.

La receta es simple: otorgar una aparente concesión, llamar al diálogo pacífico, a la restitución del orden, pactar con todos los sectores políticos burgueses y al mismo tiempo demonizar a los “rebeldes” y preparar un operativo policial monstruoso que justifique reprimir la protesta social que aún quede en pie. ¡No por nada es el propio Movimiento de Empresas de Francia (MEDEF) el que ha estado atrás de esta propuesta!

La moratoria no resuelve nada, porque el gobierno no ha anunciado la eliminación definitiva del aumento, sino que simplemente la ha dejado en suspenso y puede tranquilamente implementarla en los próximos meses, con otra correlación de fuerzas y frente a un movimiento desarticulado y derrotado.

¡Sigamos en las calles! ¡Que la crisis la paguen los capitalistas!

La maniobra del macronismo deberá enfrentarse a la realidad de los eventos de los próximos días. En estos momentos, ya se empieza a palpitar el “Acto IV de los chalecos amarillos” que nuevamente se movilizarán en toda Francia este próximo sábado. El clima es de bronca generalizada y de revuelta popular, mientras proliferan las asambleas, reuniones organizativas, bloqueos de escuelas y universidades, movilizaciones estudiantiles y el próximo llamado anunciado por la CGT para el viernes 14.

Bajo ningún punto de vista hay que creer que la lucha ya está ganada. Muy por el contrario, la medida anunciada por el gobierno es insuficiente y no resuelve ninguno de los otros planteos del conjunto de las reivindicaciones. Si Macron tuvo que intentar algún tipo de salida se debe a la enorme presión ejercida por el movimiento de masas y si queremos derrotar su plan de ajuste global tenemos que profundizar todas las medidas de lucha más que nunca.

Para hacer más fuerte al movimiento de los chalecos amarillos, se necesita continuar movilizados en las calles, radicalizando las medidas de lucha y sobre todo desarrollando marcos democráticos de autoorganización y de coordinación de los diferentes sectores que se suman con sus propias reivindicaciones a dar la batalla contra el gobierno. Ni la vía parlamentaria, que ensayan políticos reformistas como Mélenchon, ni la dispersión que generan las tibias medidas de las direcciones sindicales, servirán para lograr derrotar el plan de ajuste del gobierno.

Por eso no hay que darle ninguna tregua a Macron, ni dejarse engañar con sus discursos mentirosos. El presidente de los ricos no tiene nada bueno para ofrecerle a los trabajadores y a los sectores populares. Que sean los de arriba los que paguen, empezando por la restitución del impuesto a las grandes fortunas. Por un aumento del salario mínimo para todos los trabajadores. Por el aumento de las jubilaciones. Por el acceso libre a una universidad gratuita y de calidad. Por papeles para todos los inmigrantes. Por la anulación definitiva del aumento al precio de los combustibles. ¡Sigamos movilizados en las calles! ¡Derrotemos el ajuste de Macron! ¡Que la crisis la paguen los capitalistas!