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A propósito de la crisis del Brexit

Con el crecimiento de la crisis del Brexit, se reabren los debates en la izquierda sobre qué alternativa presentar frente a la Unión Europea neoliberal y la xenofobia reaccionaria imperialista. Reproducimos un artículo de Socialismo o Barbarie inmediatamente posterior al triunfo de la salida de la UE en el referéndum del 2016.

La izquierda inglesa y el Brexit

Enseñanzas de un referéndum que shockeó el mundo

Por José Luis Rojo, SoB n° 386, 30/6/16

“Hasta último momento esperé que permaneciéramos en la Unión Europea aunque fuera por escaso margen. Pero la campaña fue terrible. Ambos bandos esgrimieron argumentos viscerales. Y todo giraba en torno a la inmigración” (Joanna Ciechanowska, directora del Centro Social y Cultural Polaco de Londres, La Nación, 29-06-16).

El domingo pasado se realizó en Inglaterra el referéndum por el Brexit. Éste resultó en un terremoto sobre la situación inglesa, europea y mundial. 52% de los votantes dieron el portazo a la Unión Europea y decidieron sacar a Inglaterra de la misma. La votación produjo un efecto en cadena que dejó en el camino a Cameron, puso en cuestión la unidad nacional de Gran Bretaña, dejó a la UE en grave crisis, impactó en las relaciones de EEUU con Europa, ensombreciendo de paso las ya frágiles tendencias de la economía mundial.

Como si esto fuera poco, el referéndum produjo un dramático giro a la derecha en la situación política inglesa: su indiscutible contenido giró en torno a una campaña archireaccionaria contra la inmigración (argumentos xenófobos sostenidos tanto por las campañas oficiales de la salida como la de la permanencia).

En este contexto, las principales organizaciones de la izquierda inglesa se dividieron entre los partidarios del Leave (SWP y PS) y el Remain (Socialist Resistance, mandelista), no logrando sostener lo que hubiera correspondido: una campaña militante por la abstención o el rechazo en un referéndum donde cualquiera de sus alternativas “positivas” (por sí o por no), eran una trampa.  

Un cataclismo de consecuencias aún inciertas  

Lo primero a señalar son las consecuencias del Brexit en el terreno de las relaciones entre Estados y de la economía europea y mundial. No hay dudas acerca de las consecuencias desorganizadoras de la votación[1]. Es decir: la Unión Europea es un “armado imperialista” que forma parte de un Sistema Mundial de Estados donde EEUU en conjunto con los principales países de la UE y en menor medida Japón, constituyen el pivote donde se ha asentado la estabilidad mundial desde la salida de la Segunda Guerra Mundial (orden reafirmado luego de la caída del Muro de Berlín).

En esta configuración Gran Bretaña siempre ha jugado el papel de “aliado preferencial” de los Estados Unidos (al menos desde la salida de la segunda guerra), aliado que a los efectos del orden mundial y de la estabilidad internacional, es mucho más útil que esté dentro de la Unión Europea que fuera de ella. Que la Unión Europea pierda su segunda economía y primera potencia militar y financiera, no es un tema menor: coloca un interrogante acerca de las condiciones de estabilidad y permanencia de la Unión Europea como tal[2]

Gran Bretaña misma no sabe a ciencia cierta qué lugar ocupará, de ahora en más, respecto de los EEUU y el orden mundial. Es cierto que por su “carácter especial” (su relación transatlántica con los Estados Unidos, lo que resta de su imperio de ultramar, su carácter insular), ocupó siempre un lugar (v.g.) especial en relación a la Europa continental. Pero su portazo a la Unión Europea, a priori, tiende a achicarle los márgenes de maniobra.

Además, como por efecto boomerang, la salida de la UE se ha vuelto contra la propia Gran Bretaña, poniendo en cuestión su unidad nacional. Las autoridades de Escocia han vuelto a la carga afirmando que convocarían a un nuevo referéndum sobre la permanencia del país en el Reino Unido (Escocia quiere permanecer en la Unión Europea). Un caso similar sería el de Irlanda del Norte, que en un reposicionamiento sin antecedentes, amenaza con unificarse con la República de Irlanda (como forma de permanecer en la UE).

Y esto por no hablar de las consecuencias económicas de la votación: la caída en los mercados (la más grave desde la quiebra de Lehman Brothers); el derrumbe de la libra esterlina a mínimos históricos desde 1985; el hecho que la propia City de Londres y los bancos no sepan a qué atenerse de aquí en más (se dice que los grandes ganadores de la separación serían los fondos más especulativos); las perspectivas de la recuperación económica inglesa, una de las más sólidas en Europa los últimos años. Sobre llovido mojado: el Brexit podría transformarse otro tanto factor que sumaría a la creciente preocupación de que la economía mundial se deslice a una nueva recesión.

De todas maneras, sería bueno no adelantarse demasiado en materia de pronósticos. El análisis realizado arriba habla de los peligros potenciales de la decisión. Además, cuando se está en manos de aprendices de brujo de uno y otro lado (desde un James Cameron jugado a la permanencia hasta Boris Johnson y Nigel Farage apostando a la salida), muchas veces las consecuencias terminan yendo más lejos que lo que pretendían estos aprendices.

Porque también es verdad que son unos demagogos; ya están relativizando los efectos de la votación. Además, a todos los efectos prácticos, todavía se trata de una elección, un referéndum, no de un hecho directo de la lucha entre las clases (o un choque material entre Estados). Esto hace a que su resultado esté sujeto a una ardua negociación entre las autoridades inglesas y de la UE, negociación que quién sabe dónde terminará: “Desde que los británicos decidieron abandonar la Unión Europea, el resultado del Brexit desató una conmoción tan profunda que ahora la opinión pública parece enfocarse en una opción extrema: cómo hacer para no aplicarlo” (“Tras el shock, una idea extrema: cómo hacer para abortar el Brexit”, Max Fischer, The New York Times, citado en La Nación, 29-06-16).

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De ahí que parezca algo exagerado Alex Callinicos al definir el Brexit como “Un giro histórico mundial” (International Socialism n°151, 27-06-2016). Esto habrá que verlo todavía. Porque el alcance real de sus consecuencias dependerá de la suma de todas las demás condiciones. El Brexit es un llamado de atención respecto de las tendencias en obra a la disgregación del orden mundial; pero sus consecuencias concretas habrá que ir midiéndolas paso a paso.

La falta de un análisis concreto   

Pero con el análisis “geopolítico” de las consecuencias del referéndum no alcanza para hacerse una composición de lugar. Una cuestión de primer orden es su significado político concreto; el marco político en el cual se procesó esta votación.

Aquí las cosas son mucho más contradictorias. Ocurre que no es igual que la crisis de la archiimperialista Unión Europea se procese por la izquierda (por una alternativa superadora, anticapitalista, internacionalista, de unidad de los pueblos y clases trabajadoras de la región), que por una vía de derecha y extrema derecha xenófoba, nacional-imperialista, como es el caso en la actual coyuntura.

Los fenómenos son concretos. La suma de todas las tendencias económicas, geopolíticas y políticas generales se concretan en las relaciones entre las clases: se hacen específicamente políticas. Una cuestión de la cual no puede hacerse abstracción como ocurre en el caso del SWP: “Es una tragedia que los laboristas no hayan apoyado la opción de salida. Si lo hubieran hecho, habrían transformado el debate en uno mucho más acerca de la democracia, la ruptura con la austeridad y la resistencia al control corporativo que sobre el racismo” (“Después del voto de salida de la UE y la renuncia de Cameron: unirse para desarrollar la revuelta contra el establishment”, Charly Kimber).

El argumento es particularmente erróneo no sólo porque la flor y nata del laborismo blairista era evidente que haría campaña por la permanencia (una campaña racista y xenófoba también de su parte), sino porque, además, esta realidad no podía ser modificada a voluntad creando falsas expectativas en lo que de ninguna manera iría a hacer el laborismo: su curso reaccionario debía tomarse como un hecho objetivo antes de decidir la táctica y no sólo después, como justificación de lo que hubiera podido ocurrir si las cosas hubieran sido diferentes…

Lamentablemente, la forma concreta que asumió el justo malestar contra las políticas autericidas de Cameron y la UE entre porciones mayoritarias de los trabajadores (no así entre la juventud), fue echarles la culpa a los inmigrantes: “Esta ha sido la campaña nacional más reaccionaria en la historia política Británica, resultando en una emergencia abierta de la extrema derecha (…) Ha legitimado el racismo y la xenofobia como nunca antes” (“Brexit vote is a disaster, but de struggle goes on”. Declaración de Socialist Resistance sobre el resultado del referéndum, 24 de junio 2016)[3].

De todas maneras, existe un factor decisivo que olvidaron los compañeros del otro sector de importancia del trotskismo inglés, Socialist Resistance: hicieron campaña por la permanencia conjuntamente con Yanis Varoufaquis (ex ministro de Economía del primer gobierno de Syriza) y con militantes de Syriza en Inglaterra. Uno de los crímenes de su campaña (más allá del voto por la permanencia en la UE), es que soslayó la inmensa responsabilidad que le cupo a Syriza en el giro a la derecha europeo.

En Grecia las cosas eran claras. El triunfo de Syriza expresó un cuestionamiento por la izquierda a la austeridad ordenada por la Unión Europea. De haber procedido Tsipras a rechazar los memorandos de la troika y salirse del euro, hubiera desatado una ola de solidaridad continental y dado una alternativa por la izquierda a los demagogos nacional imperialistas. 

Pero la “aventura” de Tsipras terminó como todo el mundo sabe: una vergonzosa capitulación a las autoridades europeas aplicando los ajustes que prometió rechazar. Y, de paso, desmoralizando a un amplio sector de los trabajadores y la juventud griega pavimentando el camino para un giro a la derecha en Grecia, así como influyendo en el mismo sentido a nivel continental.

Tsipras no tiene empacho en salir a decir que “defiende Europa”; a justificar con el Brexit su curso capitulador. Un verdadero escándalo de parte de un gobierno que se ha arrastrado por el fango del ajuste dictado por las instituciones europeas; que ha dejado libre el camino para que la UE sea cuestionada por demagogos de la derecha y extrema derecha como Boris Johnson y Nigel Farage, además de otros tantos en Europa como Marie Le Pen y demás.

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Es en estas concretas condiciones que se desarrolló el Brexit. No podía sorprender que se procesara por derecha. De ahí que las opciones tácticas no fueran tan sencillas, ni se pudieran desprender mecánicamente del justo rechazo a la Unión Europea.

El error de mezclar las banderas

Para abordar las posiciones que esgrimió el trotskismo inglés hay que partir del contenido de las campañas oficiales del Leave y del Remain, campañas que no podían ser “desbordadas” por las fuerzas mucho más pequeñas de la izquierda revolucionaria.  

El Brexit no fue como en Grecia: no dominaron las motivaciones económicas antiausteridad. Ocurre que, además, el Reino Unido no es un país dependiente como Grecia sino la quinta potencia económica mundial. De ahí que el nacionalismo inglés tenga una naturaleza completamente diferente al griego: es un nacional-imperialismo de gran potencia, opresor, de reafirmación de ese status privilegiado en el orden mundial.  

Lo concreto es que el referéndum como un todo estuvo monopolizado por una reaccionaria campaña antiinmigrante. La multitud de casos de odio xenófobo ocurridos luego de la votación están ahí para atestiguarlo: “Las principales víctimas parecen ser el millón de polacos, que llegaron a partir de 2004, cuando ese país ingresó en la UE. Pero no son los únicos. También los pakistaníes, comunidad muy presente en el Reino Unido, se han vuelto blanco de esa persecución. Un médico relató ayer por televisión cómo un paciente le dijo a su colega radiólogo: ‘¿Usted no debería estar ya en un avión hacia Paquistán? ¡Nosotros votamos para que ustedes se vayan!” (La Nación, 29 de junio del 2016).

Ocurre que las motivaciones de una profunda crisis económica y social pueden expresarse tanto por izquierda como por derecha. Trotsky había insistido contra este tipo de objetivismo: el error de hacer abstracción de las condiciones concretas en medio de las cuales se desarrolla una crisis. Su resultado nunca podría ser del tipo “a más crisis, más giro hacia la izquierda”. Si el entorno es reaccionario, difícilmente encuentre un cauce por la izquierda: de ahí el contenido concreto del referéndum. El SWP cayó en este error objetivista de diluir las circunstancias concretas en las más generales: su apuesta pareció ser del tipo “la pegamos, porque el Brexit ha producido un cataclismo mundial”…

Pero reemplazar la política por la geopolítica es un gravísimo error. Hace abstracción, justamente, de lo que señalamos arriba: las concretas condiciones políticas en las que se procesan las relaciones entre Estados. Callinicos parece esgrimir el erróneo argumento de “cuanto peor mejor”. Pero hacer abstracción de las circunstancias concretas en las cuales se aplican este conjunto de determinaciones es un error completo. Las consecuencias políticas son derechistas y no hay forma de tapar esto con la crisis geopolítica general.

También parece olvidar que el marxismo siempre ha insistido (con Clausewitz) en que la guerra es la continuidad de la política por otros medios; que las relaciones de Estados se deducen, en última instancia, de relaciones de clase; que las relaciones exteriores siempre se han deducido de las interiores.  

En la campaña oportunista de la izquierda del Remain, la argumentación fue mecánicamente la opuesta: las consideraciones principistas respecto del carácter imperialista de la Unión Europea quedaron completamente diluidas. Los compañeros de Socialist Resistance parecen haber tenido más sensibilidad política. Pero perdieron de vista que también la campaña oficial por el Remain agitó los fantasmas demagógicos y reaccionarios antinmigrantes.

Lo sorprendente es que ninguna de las corrientes del trotskismo inglés haya defendidola abstención, el repudio al referéndum. Esto es incomprensible porque había esa posibilidad: expresar mediante la abstención una posición independiente de ambos bandos patronales. Probablemente la abstención (o la anulación del voto) hubieran sido muy bajas; es difícil saberlo. Pero al menos hubiera podido expresarse una posición independiente, no solaparse con ambas campañas imperialistas.

 

[1] Alex Callinicos (dirigente del SWP) hace referencia a esta consecuencia del Brexit para justificar su opción por el Leave. Sin embargo, esta extrapolación mecánica de todas las demás tendencias presentes en la situación inglesa y europea, se reveló como un grave error. Más abajo volveremos sobre esto.

[2] Nótese que un eventual “asedio” desde un país periférico como Grecia era una cosa; ya el “estallido” de la UE en uno de los países centrales de la Unión es algo muy diferente.

[3] Se trata de la declaración del sector mandelista del trotskismo inglés, el que de todas maneras acierta en el blanco respecto del resultado concreto del referéndum, esto más allá que su opción por la campaña de la permanencia la haya dejado pegada con las principales fuerzas del imperialismo que defienden la Unión Europea.

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Finalizó la Cumbre del Cambio Climático – Una farsa diplomática que a la larga puede tener consecuencias trágicas para la humanidad

Días atrás, terminó en Parísla COP21, la últimaCumbre del Cambio Climático. Lamentablemente, la amenaza que implican para la supervivencia de la humanidad los cambios climáticos generados por la contaminación, no tuvo una respuesta seria, a la altura de este difícil desafío.
La anterior Cumbre del Clima, realizada en Copenhague en 2009, había tenido un final vergonzoso, un desbande de las delegaciones, sin llegar a acuerdos para enfrentar este peligro cada vez más evidente, de consecuencias que ya a la vista, como el acelerado derretimiento de los glaciares y los polos.
Ahora, seis años después, los gobiernos, en primer lugar los de EEUU, China y la Unión Europea, no podían repetir un desenlace semejante, ni tampoco hacerse los desentendidos. ¡Se hubiesen incinerado a la vista de todo el mundo!
Pero el principal oficio de estos personajes es ponerse la careta más conveniente según las circunstancias. Entonces, todos, de la noche a la mañana, se volvieron “ecologistas”. Y la Cumbre COP21 terminó en un show mediático, que nada tuvo que envidiar a la entrega de los Oscars.
Como decía luego un comentarista: “Ante todo, que parezca que los gobiernos hacen algo para luchar contra el cambio climático. Porque lo primero es preservar las buenas intenciones de los gobernantes, alimentar la idea de que son gente preocupada por el medio ambiente y el bienestar de las personas. Así que ahí tenemos las ridículas fotos en las portadas, con los mandatarios cogidos de la mano y levantando los brazos. Y los titulares eufóricos sobre un acuerdo que no debería llamarse histórico sino histriónico, porque si algo ha dado un salto cualitativo aquí es la teatralidad de los gobiernos.”[1]
Efectivamente, a diferencia de Copenhague, aquí se salió con un papel firmado, la “Convención-Marco sobre el Cambio Climático”[[2]].Después de alargarlas trabajosas deliberaciones, firmaron el 12 de diciembre 32 páginas donde se detallan medidas para la “mitigación” de las “emisiones anuales mundiales de gases de efecto invernadero”… para “poder mantener el aumento de la temperatura media mundial por debajo de 2ºC con respecto a los niveles preindustriales, y de seguir esforzándose por limitar el aumento de la temperatura a 1,5ºC”, etc., etc….

Nada que festejar…

Sin embargo, si se leen atentamente las 32 páginas de esa “Convención-Marco” –redactadas en ambiguo lenguaje diplomático, donde puede leerse “blanco” pero también “negro”–, la conclusión es que no hay mucho que festejar…
Comencemos por la disección de la enrevesada cita de más arriba. ¿A qué se juega el mundo? ¿A qué apuntamos? ¿A limitar el aumento de temperatura media mundial a 1,5ºC o a 2ºC?
Esto puede parecer una discusión ociosa, pero no lo es. Los científicos especialistas en el tema concuerdan que un aumento de 2ºC temperatura media mundial, ya podría implicar cambios catastróficos, entre ellos el mencionado derretimiento de los hielos.
El hecho es que la Cumbre del Cambio Climático de París no fijó un objetivo categórico y obligatorio, sino “seguir esforzándose por limitar el aumento de la temperaturamedia mundial a 1,5ºC”. O sea, una expresión de deseos… Algo así como: “¡Ojalá me saque el gordo de Navidad!”
Pero tampoco los 2ºC son el “techo” de calentamiento global fijado imperiosamente en relación a la era preindustrial. Como no hay medidas drásticas –es decir, medidas revolucionarias y no “evolutivas”– esto puede ir a más. Los antecedentes de no-cumplimiento y/o no-aceptación de acuerdos anteriores, como el Protocolo de Kioto de 1997, nos hace ser razonablemente pesimistas en ese sentido.
Es que la medida fundamental (aunque no la única) para enfrentar el aumento de la temperaturamedia mundial, es reducir drásticamente las emisiones de losgases de “efecto invernadero” que causan el calentamiento global: el dióxido de carbono, el metano, el óxido nitroso y los gases industriales fluorados.
Pero este exigiría una transformación revolucionaria de la producción industrial y del transporte–en primer lugar en los dos grandes envenenadores del mundo, Estados Unidos y China–, que además golpearía directamente los intereses de las petroleras y otros sectores mineros e industriales.
Obama, por ejemplo, utilizó la Cumbre para posar mundialmente frente a los medios como “gran ecologista”. Sin embargo, su política energética –es decir, la política de esas grandes corporaciones que le dictan el libreto a Obama– ha sido impulsar más que nunca el uso de combustibles fósiles.
La gran hazaña de Obama en el terreno industrial ha sido la de promover el fracking, para eliminar la dependencia del gas y petróleo importados. Simultáneamente, no ha tomado ninguna medida en serio para reducir la emisión de esos gases de efecto invernadero producido por los combustibles fósiles. Por el contrario, los EEUU de Obama son el mayor emisor per capita de esos gases de efecto invernadero… y en casi ocho años de mandato no ha hecho nada por revertir esta situación. ¿Quién puede creer, entonces, en la súbita conversión “ecologista” de Washington?
El otro gran envenenador del mundo es China. Ocupa el primer lugar en la emisión total (no per capita) de gases de “efecto invernadero”. Precisamente en los días de la Cumbre, Beijing, la capital de China, llegaba a una situación límite. La contaminación de la atmósfera cargada de polvo de carbón y gases tóxicos fue tal, que debieron suspenderse las actividades escolares, entre otras. La población con máscaras, deambulando en una atmósfera irrespirable, daba una estampa de lo que será el futuro si no se actúa ya!
Sin embargo, aunque también Xi Jinping, como Obama, recitó en París su correspondiente “verso” verde, no hay mayores señales de que se embarque en una reconversión radical,no contaminante, de su producción industrial. Del mismo modo que EEUU se aferra al fracking, China se ata al carbón… y por los mismos motivos, las ganancias. Es el mayor extractor de carbón del mundo y tiene la tercera reserva más grande después de Rusia y Estados Unidos.
Demás está decir que la Convención-Marco sobre el Cambio Climático no dispone ninguna medida compulsiva, que obligue, sí o sí, a estos u otros envenenadores a cumplir lo acordado en París. Todo queda librado a su “buena voluntad”…

¿Quién paga las cuentas?

 Pero el fraude de este acuerdo no acaba allí. Otro punto fundamental es la “financiación” imprescindible para que los países menos desarrollados puedan promover la reducción de gases de efecto invernadero, y también compensar los daños sufridos por las actividades extractivas en sus suelos.
En esto, la hipocresía de la diplomacia de las grandes potencias alcanza su pico máximo. Para que el país “subdesarrollado” tenga derecho a ser financiado en emprendimientos “ecológicos”, debe renunciar a exigir indemnizaciones por los desastres que las corporaciones petroleras, mineras o de otros rubros hayan causado en sus territorios, Por ejemplo, Ecuador tiene un pleito histórico con la Chevron, que hizo un desastre inconmensurable en su territorio. Si desea recibir alguna financiación, debe dejar de reclamar.
De todos modos, lo más escandaloso –y que desnuda el “verso” de la Cumbre– son las cifras ridículamente pequeñas, que se barajaron en París. Cuando a los capitalistas les tocan el bolsillo, llega el momento de la verdad. Se acaban los discursos.
El 10% de los países más ricos del planeta producen el 50% de emisiones globales. Pero cuando se trata de compensar al resto del planeta, y además hacer frente a una reconversión que no puede solucionarse sino a escala mundial, entonces no hay quien se ponga…

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La necesidad de una salida revolucionaria y socialista

Si nadie realmente se obliga a nada… y si, además, quienes tienen los medios no garantizan financiar esas mínimas medidas, latan festejada “Convención-Marco sobre el Cambio Climático” pasará a la historia como otro acuerdofracasado, similar al de Kyoto de 1997.
El gran problema es que no existe una autoridad mundial democrática y representativa de los intereses de los trabajadores y los pueblos, necesaria para imponer las medidas imprescindibles para hacer frente a una amenaza en que se juega, a mediano plazo, la supervivencia del género humano. Lo que hay es un pandemonio (cada vez más caótico) de estados y gobiernos, que frecuentemente se pelean entre ellos… pero para defender los intereses de diferentes grupos de capitalistas.
El capitalismo no puede ir más allá de la luchamás feroz por las ganancias. Tras ese objetivo, erigió estados imperialistas que desataron guerras mundiales que costaron decenas de millones de víctimas. Para eso esclavizó (y sigue esclavizando) a otros pueblos. Pero ahora, cuando la humanidad enfrenta una amenaza sin precedentes, no es capaz de mover un dedo.
Lo único que importa a los capitalistas son, en primer lugar, sus ganancias. Y, en segundo lugar, que existan estados “fuertes”, con gobiernos a su servicio, que defiendan sus sagrados bolsillos.
Eso es lo único que le interesa, aunque la humanidad corra peligro de extinción. Al mismo tiempo, por profundos motivos, han sido orgánicamente opuestos e incapacesde establecer una autoridad mundial democrática que sea competente para enfrentar este desafío.
Por eso, enfrentar este peligro consecuentemente, implica necesariamente la lucha por una nueva sociedad. Terminar con el capitalismo, imponer revolucionariamente una sociedad socialista, es la única garantía de que la humanidad podrá unirse para hacer frente a esta amenaza mortal.

[1].- Javier Adler, “El histriónico acuerdo de la Cumbre del Clima de París”, Crónicas de la Razón Práctica, 15/12/2015.

[2].-United Nations, “Framework Convention on Climate Change”, Paris, 12 December 2015.