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La promesa de una lucha de clases incrementada

Por José Luis Rojo, 28/12/17

“Hace 58 días, después de la victoria electoral, fue posible conjeturar que Mauricio Macri iniciaba una nueva era de su gobierno. Que le abría las ventanas a supuestos 6 años de poder, incluida la reelección del 2019. Luego de lo ocurrido el lunes 18 en el Congreso –con el acopio de antecedentes de la semana anterior- podría arriesgarse un pronóstico distinto. Aquel nuevo ciclo no estaría en condiciones de garantizar tanto. Sólo la certeza que el presidente ha mostrado temple para atravesar un temporal en condiciones adversas. Queda por delante un horizonte brumoso”. (Eduardo van der Kooy, Clarín, 19/12/17)

Han pasado varios días y la conmoción no se ha aplacado. Las jornadas del 13, 14 y 18 de diciembre cacerolazo incluido, han modificado de manea radical el panorama político. Se ha abierto una nueva situación política cuyos contornos aún no están definidos. El gobierno tiene que digerir los acontecimientos y definir cómo jugará sus fichas.

Por lo pronto, la CGT reunida ayer bajo los auspicios de Moyano y Barrionuevo, ha encontrado el atajo de que “no se la consultó sobre la ley jubilatoria” para afirmar, extraoficialmente, que en el Confederal convocado para febrero próximo, va a resolver retirar su firma del proyecto de ley laboral acordado con el gobierno; era obvio que iba a ocurrir esto; un incendio interminable si sostenía su acuerdo.

De manera que los acontecimientos de las últimas jornadas aún no han dicho su última palabra; el triunfo pírrico obtenido por Macri con la sanción de las leyes previsionales, presupuestarias y fiscales devendría en algo peor aún si pierde todo sustento parlamentario la reforma laboral; una cuestión inevitable si la CGT le retira su apoyo.

Claro que siempre se puede volver al plan original e ir gremio por gremio. Pero de todas maneras ha quedado planteada una reconsideración general de la agenda oficial; una crisis política que le obligará al gobierno a ratificar o rectificar el curso[1]; una decisión nada menor que tiene que ver con el panorama abierto para el 2018.

Además, está el problema de cómo se le han estrechado los márgenes económicos al oficialismo; el hecho que haya hecho una transferencia de recursos hacia los más ricos, una transferencia basada en un plan de ajuste que todavía debe seguir siendo desarrollado, cubriendo los baches iniciales con un endeudamiento que se hace cada vez más insostenible.

En todo caso, conviene no hacer demasiadas especulaciones hasta que el gobierno no mueva sus fichas; conviene, además, seguir con atención el curso de sus zarpazos represivos; ver si concreta sus amenazas sobre la izquierda; el alcance que dicho eventual ataque vaya a tener.

Crisis política

Las jornadas de Plaza Congreso han abierto una crisis política de magnitud, no importa cuán solapada esté la misma. Sin duda alguna han sido un cachetazo para un gobierno que venía envalentonado luego de las elecciones; en un rumbo político autoritariojugado a imponer su “reformismo permanente” a como dé.

El tema es que en estas “certezas” se han abierto graves interrogantes; interrogantes que pueden hacer crujir no solamente los apoyos de los gobernadores del PJ en el Congreso, sino a la misma coalición Cambiemos[2] y porque no a sectores de la patronal, preocupados por cuán sostenible es la orientación oficialista.

Los interrogantes podríamos identificarlos en básicamente dos: a) la gobernabilidad, b) la economía. Vayamos por partes.

Sobre el primer tópico es evidente que el 14, pero sobre todo el 18, ocurrió un desborde de dimensiones, y no en cualquier lugar del país, sino en la misma plaza Congreso, uno de los dos centros políticos de la Argentina.

La militarización del Congreso luego de los asesinatos de Santiago Maldonado y Rafael Nahuel, de la dura represión a la marcha de la OMC, de la represión desbocada de la multitudinaria marcha de los movimientos de desocupados “papistas” el 13 de diciembre, sumándole el despliegue del 14 y el 18, fue una aberración política con pocos antecedentes.

¿En qué cabeza cabe semejante despliegue frente a la que aparece como la “institución democrática” por antonomasia, el Congreso Nacional? Ese solo hecho ya era un llamado a la indignación popular; un paso en falso sin duda alguna.

Luego de los acontecimientos, una de las dudas más profunda que ha quedado instalada es la siguiente: ¿intentará el gobierno seguir forzando de manera represiva los acontecimientos? Porque acá hay que diferenciar dos cosas distintas. Sin duda alguna la persecución a la izquierda y a los luchadores, los ataques a la vanguardia, la criminalización del pueblo mapuche, van a seguir presentes sino multiplicarse.

Pero otra cosa muy distinta es buscar una “solución” represiva al creciente repudio popular y a movilizaciones multitudinarias como la del lunes 18/12. Es que por más criminalización que se pretenda hacer de la izquierda, reprimir brutalmente una movilización de 200.000 personas es una provocación escandalosa, que no tiene como no dar lugar a una respuesta masiva y popular.

Esto ha ocurrido dentro de los parámetros de un régimen democrático burgués (un régimen democrático burgués incluso si este régimen ensaya un giro a derecha como pretende Macri). Porque una relación de fuerzas donde la represión masiva no sea contestada ya exigiría otra cosa: un avasallamiento de las tradiciones democráticas y de lucha conquistadas en el 83 y el 2001; una ruptura en la acumulación de experiencias que han vuelto a manifestarse el 14 y el 18 en Plaza Congreso; el giro a unrégimen de excepción que no ocurrirá sin enormes enfrentamientos de clase (si es que se intenta ir por ese rumbo[3]).

De ahí parte del contenido de la crisis política implícita en las últimas jornadas: una crisis política que remite a la decisión que el gobierno vaya a tomar en las próximas semanas sobre el rumbo político que le buscará imprimir a su gestión y que puede hacer del 2018 un año bisagra.

Estrechez económica

Es aquí donde se coloca el segundo elemento señalado: los estrechos márgenes económicos en los que se debe mover el gobierno.

Con el pasar de los acontecimientos se están viendo crecientes problemas en la manera que el gobierno planificó su política económica (su política, en fin). Recibiendo un país desendeudado pero sin reservas, que venía ya en un lento deterioro de los términos de intercambio, cuya situación fiscal no era dramática pero tampoco holgada, sus primeras medidas fueron una enorme transferencia de riquezas hacia el empresariado: eliminación de retenciones al agro salvo a la soja (las que fueron reducidas), eliminación de retenciones a la minería y a las exportaciones industriales, reducción de aportes patronales, etcétera; toda una serie de medidas de transferencia de recursos a los sectores más concentrados a cambio de una decisión de ajuste económico que arrancó más o menos gradual.

Para tapar el agujero económico se comenzó a endeudar de manera creciente el país. No queremos explayarnos aquí en tecnicismos. Sólo señalar que el endeudamiento es, desde el punto de vista del acreedor, un derecho sobre las ganancias futuras del que recibe los créditos, el deudor.

El problema es que si el deudor no logra esos ingresos (ganancias) para cubrir sus obligaciones, sobreviene la crisis. El gobierno esperaba (espera) obtener dichos ingresos a partir del ajuste económico (en curso, pero no todavía lo suficientemente profundo) y de inversiones extranjeras, las que han venido de manera generosa en el terreno financiero, pero ni hablar de inversiones reales nunca concretadas, y que seguramente se han vuelto a espantar luego del espectáculo de las últimas jornadas.

El dólar ha pegado un salto estos últimos días a partir de las imágenes del Congreso. Por lo demás, el gobierno anuncia nuevos aumentos, entre ellos del transporte. Y mientras tanto las tasas que impone el Banco Central están por las nubes, alientan la chatura económica, hace las mieles del negocio de las Lebacs, pero son inútiles para aplastar una inflación que seguirá lejos de las metas oficiales.

El déficit fiscal no ceja y el déficit comercial alcanzará este año 10.000 millones de dólares: de los superávit gemelos de Néstor Kirchner hemos pasado a los déficits gemelos de Mauricio Macri…

Así las cosas, mientras los analistas económicos insisten que el país está más expuesto a los vaivenes de la economía mundial, el gobierno macrista ve reducírseles sus márgenes económico de maniobra; otro tanto factor de crisis política porque no parece haber atajos para redoblar un ajuste que se encontrará a partir de ahora con una sólida mayoría social que lo repudia.

Una nueva situación política

La estantería se movió con las últimas jornadas. Y cuando la estantería se mueve ninguno de su elementos queda en el mismo lugar. Eso es un poco lo que ha pasado en el país este mes. Se ha abierto una nueva situación política en la que ninguno de sus componentes ha quedado en el mismo lugar que estaba.

El gobierno arrastra una crisis política y económica en ciernes que habrá que ver cómo maneja. Los gobernadores y el PJ de Pichetto cumplieron grosso modo con su compromiso de acompañar la ley jubilatoria y demás partes del paquete, pero el costo político es inmenso y no está claro que estén dispuestos a correrlo nuevamente por más vocación de fe de la gobernabilidad que tengan.

El kirchnerismo pretende ser una oposición mayormente institucional, pero no se puede saber a ciencia cierta qué nuevas novedades tendrá en el frente judicial; mientras tanto, y aun a pesar de la avivada de la ausencia de Scioli en la sesión de Diputados, su oposición en el Congreso a la ley jubilatoria cumplió el papel objetivo de ensanchar el rechazo a la misma.

La CGT, por su parte, luego de un año para el olvido, mantiene su unidad con alfileres; la política de apoyo vergonzante al oficialismo parece haber llegado a un límite y si bien los líderes sindicales están curtidos en una y mil traiciones (algo que hace a su naturaleza, y no va a cambiar), tienen que ir a algún tipo de reubicación más en la oposición al gobierno sino quieren incendiarse del todo; si pretenden evitar que franjas crecientes de los trabajadores se corran hacia la izquierda.

La misma izquierda quedó catapultada a un lugar de jerarquía que la desafía a profundizar sus vínculos orgánicos con la clase obrera; a sostener una política coherente, cosa que en general no le resulta sencilla.

Un elemento de peso de las últimas jornadas es la demonización de la izquierda. El elemento más objetivo del cual parte dicha demonización tiene que ver con el lugar de privilegio de la misma en las jornadas del 14 y el 18. Berensztein, ex Poliarquía, desarrolla un artículo tendencioso pero agudo cuando identifica varios terrenos (sindical, estudiantil, movimiento de mujeres, etcétera), donde ve a la izquierda desbancando o cuestionando las representaciones tradicionales: “Nuestra historia peronista de setenta años nos nubla la mente. Lo que yo vi el lunes es la más impresionante manifestación de la izquierda radicalizada en la historia argentina’ tuiteó ayer Pablo Gerchunoff”. (Patria tumbera e izquierda radicalizada, 22/12/17)

Ese es el elemento objetivo de la preocupación patronal sobre la izquierda, a la cual se le puede agregar la creciente simpatía electoral de una franja de masas; una simpatía que podría seguir incrementándose en las próximas elecciones si apuntamos a los fenómenos en obra.

A partir de ese elemento real lo que se está tratando de montar es una amalgama para criminalizarla[4]. Ahora resulta ser que Morales Solá, que en ediciones anteriores denunciaba una suerte de “alianza de la violencia entre kirchneristas, massistas y trotskistas”… aparece llamando a un “pacto de pacificación” a esas mismas fuerzas, para aislar y reprimir a la izquierda.

Parte de este mismo operativo es la pretensión de intentar vincularla al narcotráfico; una cosa que de tan tirada de los pelos ya queda ridícula.

Lo real es que parte de la nueva situación política es que la izquierda argentina ha salido de los últimos acontecimientos en una situación de privilegio que le plantea tareas históricas.

Una nueva situación se ha abierto por la irrupción desde debajo de un sector de masas. No vamos a una coyuntura simple. El gobierno seguramente intentará volver a la carga con su curso represivo. Pero la situación política podría dinamizarse extraordinariamente en un 2018 donde se avizoran enormes enfrentamientos de clase.

Perspectivas históricas

En estos términos parece evidente que las tareas que se le abren a la izquierda son cada vez más históricas. Hemos salido prestigiados de las jornadas del 14 y 18. Sobre todo entre la juventud existe una inmensa ola de simpatía. El repudio al gobierno es inmenso y muchos sectores rechazan volver a recorrer la experiencia del kirchnerismo.

Incluso no se trata solamente de la juventud. Un fenómeno significativo está ocurriendo en la puerta de las fábricas cuando llevamos adelante una actividad tradicional de la izquierda que estos tiempos “posmodernos” no han abolido: la venta de periódicos.

Es que más allá del peso inmenso de las redes sociales, del reflejo político masivo que las mismas devuelven, no recordamos que la venta de periódicos físicos en puerta de fábrica sea tan masiva en años; demuestra una enorme avidez entre la clase obrera por los últimos desarrollos, así como también una simpatía creciente con la izquierda.

Dicha simpatía conecta con dos fenómenos conexos: el creciente repudio a un gobierno que se ha desnudado como lo que es, un gobierno archi-empresarial, y el concomitante proceso de crisis de representación política, que expresado en el lugar de vanguardia ocupado por la izquierda en las batallas de Plaza Congreso, ha catapultado a la misma a un lugar de privilegio político con pocos antecedentes.

Los desafíos por delante para la izquierda revolucionaria son inmensos; potencialmente históricos.

Se trata de avanzar en construir nuestro partido con esta corriente de simpatía a favor: extenderlo nacionalmente conquistando nuevas legalidades, incorporando una nueva camada en nuestra juventud, llevando adelante nuestro Encuentro nacional sindical en abril del año que viene avanzando en nuestra inserción entre la clase obrera; en fin: avanzando más rápidamente en crear las condiciones para el salto cualitativo de nuestro partido que cada vez se hace más concreto.

Estos son los desafíos del 2018. Vamos a la lucha de clases a construir un gran partido revolucionario.

Notas

[1] Está claro que lo más probable es lo primero; tiene que ver incluso con la razón de ser de Cambiemos, y con los límites que ya está colocando la economía, algo sobre lo que volveremos más abajo.

[2] Ver el alerta de Carrió que planteó en un reciente reportaje que si el pacto Angelici-Nosiglia no se rompe, se podría retirar de la coalición Cambiemos para el 2019…

[3] Un curso que suponemos la burguesía lo pensará dos veces por la peligrosidad que Macri salga volando por los aires si las cosas le salen mal…

[4] La amalgama en política es una mezcla de elementos reales y falsos para dar lugar a afirmaciones la más de las veces disparatadas. Stalin es un buen ejemplo de amalgamas, del uso que hizo de ellas en las Grandes Purgas de los años 30. Otro ejemplo clásico es la acusación a Lenin y los bolcheviques luego de las jornadas de julio de 1917 cuando se los acusaba de agentes del gobierno alemán… El tema es que cuando las amalgamas se dan vuelta en general terminan fortaleciendo a los que habían sido acusando falsamente.

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Se abre una nueva situación política -Después de las jornadas de Plaza Congreso

Se abre una nueva situación política
Después de las jornadas de Plaza Congreso[1]  

Roberto Sáenz

“La batalla en el Congreso comenzó a las 13.30 y se trasladó a la avenida 9 de julio a las 17. Fueron más de tres horas en que la izquierda trotskista estuvo en la primera línea de combate, con sus banderas rojas como rasgo distintivo. Ocupó así el centro de la escena para resistir a las reformas que impulsa el gobierno y diferenciarse de la CGT”. (Nicolás Balinotti, La Nación, 19/12/17)

Las jornadas en Plaza Congreso contra la ley jubilatoria abrieron una nueva situación política. Es difícil resumir en una sola nota la riqueza de los elementos que se han hecho presentes. Sin embargo, si tenemos que recapitular las cosas en una sola definición podemos decir que, en la situación política, han irrumpido las masas.

Más precisamente, una amplia vanguardia de masas enriquecida por la experiencia de lucha y organización de nuestra clase obrera en las últimas décadas; una vanguardia de masas cuyos “factores organizadores” (incluyendo en esto el peso político de la izquierda), están más maduros que 16 años atrás.

En nuestro reciente Plenario Nacional de Cuadros habíamos insistido en que si Macri seguía adelante con su agenda reaccionaria, y de duro ajuste económico, se encontraría con las relaciones de fuerzas. Eso es exactamente lo que ocurrió con la ley jubilatoria y la escandalosa militarización del Congreso: el gobierno se encontró con las relaciones de fuerzas al intentar forzar las cosas con una brutal represión (lo que en nada menoscaba que lo que se viene es un período más duro, de enfrentamientos más duros[2]).

Cuando retorna la experiencia del Argentinazo   

Las jornadas revelaron algo que se podía intuir, pero sobre lo cual no existía certeza: la experiencia del Argentinazo sigue presente. Existe un hilo de continuidad entre las experiencias de lucha y organización del 2001 con lo vivido estos días; la lenta reabsorción democrático-burguesa de dicho evento producida en la última década, no logró cortar el vínculo con el mismo[3].

Más significativo aún, si se quiere, y más estratégico, es el hecho que se ha expresado una vivificación de dichas experiencias pero en un plano subjetivamente superior; con otra calidad: la incorporación de importantes contingentes de trabajadores sindicalizados; la presencia política significativa de la izquierda revolucionaria, trotskista.

Un “factor organizador” de una calidad incomparable con la participación, repetimos, de las organizaciones de la clase obrera: sindicatos y partidos de la izquierda. De ahí la queja del diario La Nación que, aun distorsionando reaccionariamente las cosas, refleja algo real: que las movilizaciones del 14 y el 18 fueron más organizadas; el factor puramente espontáneo fue menor (aunque, de todas maneras, no dejó de existir, sobre todo en lo que hace a determinados aspectos de la acción).

De todas maneras, apresurémonos a señalar que el contexto objetivo no es el de 16 años atrás: si los factores subjetivos aparecen más adelantados, no ocurre lo propio con los objetivos. La situación económica y social no está tan deteriorada. Tampoco estamos frente a un gobierno débil: Macri tiene en torno suyo a lo más granado de la burguesía y el imperialismo; un elemento que augura choques durísimos y ofensivas reaccionarias que convendría no subestimar.

Sin embargo, la calidad del movimiento de lucha, la maduración de esos factores subjetivos, es un elemento de extrema importancia. Ya no se trata de un país con el 40% de desocupados, sino uno en el cual la clase obrera y el proletariado, están llamados a jugar un rol de primera línea (de profundizarse la crisis). En las recientes movilizaciones a Plaza Congreso, incluso con el rol traidor de la CGT, se apreciaron enormes contingentes de docentes, estatales, bancarios, gremios industriales como la UOM, conductores de La Fraternidad, etcétera[4].

Además, la presencia política y simbólica de la izquierda, ha sido un factor en sí mismo. Si bien todavía, orgánicamente, le falta un largo camino por recorrer, su lugar ganado en la vanguardia de la pelea (destacado por muchos activistas y luchadores obreros), el que se “entremezclara” sin problemas con las columnas sindicales, su representación parlamentaria y figuras políticas, que en los cacerolazos se cantara “unidad de los trabajadores y al que no le gusta, se jode, se jode” (¡una consigna lisa y llanamente de la izquierda!); en fin, un sinnúmero de elementos marcan una ubicación cualitativamente superior al 2001.

El gobierno logró sacar la ley; pero el costo político fue altísimo. Este es un dato fundamental para balancear los acontecimientos de los últimos días. Porque lo que obtuvo fue un triunfo pírrico: un logro en el cual los frutos de la victoria no pueden aprovecharse del todo debido a los costos que se tuvieron para alcanzarla.

Se le abrió también una crisis política: las dudas sobre la orientación general del gobierno van a crecer seguramente próximamente. Sin embargo, lo que se puede augurar en lo inmediato es que el gobierno va intentar curarse en salud reafirmando su curso político; parte de esto es la campaña macartista que ha lanzado sobre la izquierda.

Una nueva situación política ha emergido en los últimos días. Una vanguardia de masas ha entrado en escena. Amplios sectores de los trabajadores se han desplazado a la oposición. Todo esto plantea un crecimiento de la conflictividad, sobre todo en la medida que el gobierno va a reafirmar su orientación: los trabajadores enfrentan un gobierno reaccionario que sabe que si retrocede, todo su plan puede quedar herido de muerte.

Factores organizadores

En el 2001 ingresaron a la pelea amplios sectores de masas. Hoy no estamos en un escenario así. Más bien, lo que se expresó en las batallas de Plaza Congreso, fue un movimiento de vanguardia de masas (como ya hemos señalado). Lo impactante es cómo se recuperaron y volvieron a expresarse -en una calidad social y política superior-, muchas de las experiencias de dicho “ensayo general”[5].

Ambas jornadas, la del jueves 14 y el lunes 18, terminaron en sendas experiencias de lucha en las calles[6]. Ya de por sí, eso solo, recuerda que la lucha de clases es tanto indirecta como directa; combina ambos terrenos. Se trata de la lucha política y político-institucional (la participación en las elecciones, la pelea en los medios, etcétera), así como la pelea directa en las calles (las ocupaciones de fábrica, las huelgas y manifestaciones, etcétera); pelea directa que es, en definitiva, la que decide las cosas.

Eso no quiere decir que sea una pura “acción desnuda”. Siempre manda la política; así como la necesidad de masificar la pelea: hacer ingresar sectores crecientes de los trabajadores. La “guerra”, los enfrentamientos directos, físicos entre las clases, la resistencia frente a la represión, son otras tantas formas de la “continuidad de la política bajo otros medios” (Clausewitz). Y eso vale tanto para lo grande como para lo pequeño.

Las enseñanzas de las jornadas del Congreso muestran como, incluso en el momento del enfrentamiento a la represión, en los aprestos previos, la clave es medir políticamente la situación, tener una correcta lectura política, ser la expresión consciente de un descontento generalizado que va mas allá de los que están presentes; cuidar a los participantes de la jornada.

Hay varios aspectos a destacar. El conjunto de las prácticas puestas en acción, es uno de ellos: huelgas, movilizaciones, enfrentamientos callejeros, cacerolazos, etcétera; muchas de las prácticas ya expresadas en el 2001.

Pero, junto con esto, queremos destacar tres elementos superadores de aquella experiencia. El primero es la “calidad social” de estas jornadas, superior al 2001. Fueron los contingentes de trabajadores sindicalizados, los que se dieron cita masivamente. Incluso más el lunes 18, cuando llegó a haber 200.000 personas en la calle, sino más.

Desde el punto de vista generacional, destaca un segundo componente de importancia: el componente joven expresado en todas las columnas: en las sindicales, en las de la izquierda, en los cacerolazos, en la movilización como un todo. Un componente estratégico de enorme importancia, porque cabe a las generaciones jóvenes el futuro (generaciones jóvenes y militantes que hicieron en estas jornadas su “bautismo de fuego”, por así decirlo).

Un tercer componente es el ya señalado: el lugar del trotskismo en la movilización; su ubicación de vanguardia en la misma, el reconocimiento creciente que está logrando a pesar de las campañas de desprestigio del gobierno y los medios, amén de los sindicatos como la UTA, que encontraron en la “violencia” la justificación para levantar un paro que nunca quisieron realizar.

Sin ser tan masiva la irrupción; sin que los factores objetivos sean tan profundos, la crisis que explotó en estas jornadas reveló una maduración de los factores subjetivos que puede tener un valor estratégico hacia el futuro, este es, quizás, el elemento más significativo que las mismas han dejado.

Demasiado para tan poco

El gobierno logró finalmente imponer su ley. Pero el costo político fue altísimo. En el camino debe haber perdido un 20% de popularidad. Además, quedó demostrado que la Argentina “no es un país normal”; esto en el sentido que la Argentina no ha perdido sus tradiciones de lucha, tradiciones que van más allá del 2001 hacia las conquistas democráticas del 83, a la experiencia del Cordobazo, a la resistencia peronista…

Tan lejos hay que remontarse para comprender que la Argentina es un “país político” por antonomasia; una país donde los trabajadores tienen conquistas de lucha y organización históricas que forman parte de una suerte de “capas geológicas” de tradiciones que es muy difícil pasar por arriba sin más.

El gobierno sacó adelante su ley. Pero fue demasiado costo para tan poco, en definitiva. Es que, en última instancia, esta ley no es más que una “pre-reforma” jubilatoria: una modificación que tira para atrás los ya magros ingresos de jubilados, asignaciones familiares y planes sociales, pero que ha dejado pendiente lo más estructural: el aumento de la edad jubilatoria.

Si este ha sido el costo político de esta primera contrarreforma, no hay que imaginarse lo que será cuando el gobierno quiera pasar a la carga con la laboral (se habla de febrero próximo).

Macri dejó en el camino más: la idea de un país “ejemplar”, al cual pueden venir las inversiones extranjeras a saquear a su antojo, también quedó arruinada (al menos parcialmente). Después de octubre el gobierno se envalentonó. Creyó que el resultado electoral lo era todo. Pero las instituciones y mediaciones que caracterizan al país son cantidad; no se resumen en una mera elección general.

Por lo demás, el gobierno no logró en octubre último una mayoría parlamentaria; no es una mayoría política. Macri pretendió actuar con una legitimidad que no posee, poniendo en riesgo la gobernabilidad[7]. Una cuestión que, seguramente, está ya despertando dudas en sectores de la burguesía que hablan por lo bajo de “los límites que encontró el gobierno” (Eduardo Van Der Kooy, Clarín).

El gobierno sacó adelante su ley. Pero un clima de anormalidad quedó instalado en la retina de la población, una población mayormente identificada con el rechazo a la ley jubilatoria. El antídoto y el recurso encontrado frente a esto, frente a la pérdida de popularidad, es la condena a los “violentos”, la estigmatización de la izquierda.

Pero este nuevo relato compite con los arraigados sentimientos democráticos; con el repudio a la injusticia generada por el ajuste a los viejos; por una escandalosa militarización al Congreso Nacional como no se ha visto en tres décadas y media de democracia burguesa; con un despliegue represivo que entra en contradicción con las conquistas democráticas mínimas que anidan en nuestro país; con un gobierno que ya cuenta en su haber con varios asesinatos políticos (Santiago Maldonado, Rafael Nahuel, etcétera).

El fallido paro de la CGT

Antes de proseguir debemos abordar el rol de la CGT y los K en estas jornadas. Más allá de su carácter de burocracia por parte de la CGT, está la crisis del triunvirato por una orientación que ha llegado al límite: ha crecido tanto el repudio popular a Macri, es tanta la polarización, que su ubicación cuasi oficialista se ha quedado sin ningún margen.

Claro que existen direcciones tradicionales re contra alcahuetas y que no tienen presión por la base de tan burocráticas que son, que sostienen una orientación fiel a Macri.

Pero, de conjunto, seguir por ese rumbo sería casi suicida. Una cosa es cuidar la gobernabilidad (como han hecho siempre y seguirán haciendo en todas sus versiones); otra es incendiarse al lado de un gobierno que amenaza con comenzar un rumbo barranca abajo en materia de popularidad.

Esta misma crisis de ubicación es la que se expresó en su comportamiento en los últimos meses. Un paro general en abril obligado por el escándalo del acto del 7 de marzo y sin ninguna continuidad. Un ensayo de movilización “opositora” el 22 de agosto que fue una vergüenza postergando un paro general que se había anunciado. La firma de un acuerdo con el gobierno alrededor de la ley anti-laboral en medio de divisiones internas. Y, finalmente, el anuncio de un paro general comenzado a las 14 horas del lunes que no pudo contar con el acompañamiento de la UTA…

Todo este manejo de la CGT ha sido de crisis y de desprestigio, lo que no quiere decir que no sufra, simultáneamente, las presiones desde abajo (y desde la izquierda). Lo más grave para ellos es que en este escrache junto a Macri, la izquierda va logrando una creciente simpatía y legitimidad entre los trabajadores, si bien todavía es muy débil orgánicamente y no se puede decir que el grueso de la clase obrera esté girando a la izquierda.

Pero una izquierda que es mayormente aún de vanguardia le está metiendo presión a una burocracia sindical de todos los colores que es de masas, pero que está, repetimos, bajo presión[8].

La burocracia es burocracia y jamás va a llamar a medidas de lucha activas; depende de la gobernabilidad, depende como casta privilegiada que es, del Estado capitalista.

Pero está sometida a presiones y, seguramente, lo que veremos en los próximos meses es algún tipo de realineamiento de sectores hacia la izquierda. Un realineamiento burocrático, repetimos: ver sino el caso de Pablo Moyano, que se hizo presente en el acto del 29/11 y luego desapareció.

Pero una de los artes de la política revolucionaria es aprovechar las contradicciones de los burócratas para impulsar la movilización, la organización independiente y la politización de los compañeros.

Que nuestras banderas se mezclen con la de los sindicatos, incluso los industriales, es algo que jamás deberíamos despreciar.

Ya el rol del kirchnerismo es más sinuoso. Desde el punto de vista parlamentario, es un hecho que se ubicó en la oposición a la ley jubilatoria. Incluso desató una suerte de “escándalo” mayor al esperable quizás en razón de la persecución judicial a la que lo está sometiendo el gobierno.

Este es otro paso idiota de Macri: pretender que una fuerza política burguesa de masas como el kirchnerismo no reaccione cuando es atacada; salir al ataque en todos los frentes cuando se encabeza un gobierno minoritario, agente directo del empresariado, con la vocación de aplicar un ajuste brutal, con la pretensión de engañar a Dios y María santísima…

Los K hicieron oposición y también movilizaron parte de su militancia y los sindicatos dirigidos por ellos. Claro que se retiraron rápidamente cuando comenzaron los enfrentamientos; claro que sostienen un relato que exagera los elementos defensivos, etcétera. Pero en el Congreso se mostró también la potencialidad que tiene para la izquierda la unidad de acción no sólo para movilizar más contundentemente (¡lo que no es un elemento menor!), sino también para verificar la corriente de simpatía que va de la base K hacia la izquierda; el hecho potencialmente histórico de cómo pueden estar rompiéndose los compartimientos estancos sindicales y políticos hacia la izquierda.

Impulsar la unidad de acción en las calles simultáneamente a la organización obrera independiente desbordándolos, y aprovechar el momento para ir ganando en materia de simpatía y orgánicamente sectores que vienen del kirchnerismo, son otras tantas tareas planteadas sobre todo si la lucha entre las clases se radicaliza y polariza en el próximo período.

La importancia estratégica del partido

Hay que saber conciliar la nueva situación política con el escenario de polarización que se viene. Se trata de un escenario de “choques de trenes”. El gobierno tiene la enorme presión de una situación económica que se deteriora aceleradamente: debe imponer el ajuste. Además, tiene un plan general neoliberal y reaccionario que hace a su razón de ser y va a intentar seguir imponiéndolo; de ahí que sería un grave error hacer una lectura facilista de la realidad, perder de vista que conviven tanto una nueva situación política, como un endurecimiento evidente de la ofensiva del gobierno.

Pero, por otra parte, se ha desnudado ante enormes sectores, sectores que más allá de todo saben ahora que se puede enfrentar a Macri. Esta realidad es la que augura un enorme enfrentamiento y manotazos reaccionarios, incluso contra la izquierda, manotazos que hay que tomar con toda seriedad.

Todo esto es lo que destaca la importancia del factor organizador por antonomasia: el partido. Factor que se reveló de enorme valor en las jornadas del Congreso. Se reveló como el todo es más que la suma de las partes. Seamos serios: los partidos de izquierda todavía agrupamos sectores mayoritariamente muy jóvenes; tenemos una composición de trabajadores; pero todavía, como organizaciones, nos falta madurar kilómetros[9].

Y, sin embargo, el hecho de estar organizados como partidos, el tener disciplina en la acción, el ser partidos y no individuos dispersos, o con una organización laxa, suma a la fortaleza que se observó en Plaza Congreso (más allá de toda la inexperiencia que también tenemos); y suma también al respeto que se evidenció en muchos de los manifestantes trabajadores durante la jornada.

No estamos descubriendo la pólvora, sino poniendo en valor la importancia de discusiones que no son nuevas en la izquierda; como en la experiencia fundacional del Nuevo MAS, por ejemplo, la defensa de la forma partido, del partido revolucionario frente a las tendencias liquidacionistas, fue fundamental; una pelea estratégica cuyos frutos estamos comenzando a recoger hoy.

Porque las mil y una discusiones marxistas son nada si no están vinculadas a la construcción de organizaciones militantes; organizaciones cuya tarea principal es hacer pie entre sectores crecientes de los trabajadores y aprender a intervenir en la lucha de clases real, práctica, material. Y eso no se puede hacer sin disciplina en la acción; sin partido, en suma.

De ahí que tengamos el orgullo de la seriedad y firmeza demostradas el 14 y el 18 por toda la militancia de nuestra organización; por el rol de vanguardia política, que junto con otros sectores de la izquierda, cumplimos ese día; un rol que nos tuvo en la primera fila del aguante a la represión; en la primera fila de la manifestación del descontento político y la lucha contra la ley jubilatoria.

Ahora se trata de sacar todas las enseñanzas del caso invitando a sumarse al partido a muchísimos de aquellos sectores que nos ven hoy con más simpatía que ayer.

Notas

[1] Recomendamos a toda la militancia y los lectores interesados leer Las lecciones de Octubre (Trotsky), un texto cuyas enseñanzas son enormemente vigentes para los desafíos que se le abren a la izquierda revolucionaria en nuestro país.

[2] Adelantamos esta definición porque no existe indicio alguno que el gobierno pretenda orientarse hacia un curso más “político”; parte de esto es también la brutal campaña de desprestigio y persecución que ha puesto en marcha sobre la izquierda con la excusa de la “violencia”.

[3] Se trata esta de una cuenta pendiente dejada por el kirchnerismo y que Macri pretende venir a resolver.

[4] Claro que, además, hubo fuertes contingentes de grupos de desocupados y de sectores populares variados.

[5] Lenin y Trotsky hablaban de 1905 como “un ensayo general” de la Revolución de 1917.

[6] En ambos casos, fue una represión brutal sobre contingentes de masas movilizadas pacíficamente la que desató los enfrentamientos.

[7] Macri se queja de la “violencia” pero es el propio gobierno el que mintió en campaña; fue el propio Marcos Peña el que afirmó que los jubilados no debían esperar “ningún ajuste”; es el gobierno el que socavó las bases de su legitimidad al mentir lisa y llanamente en campaña.

[8] Una presión que se multiplica cuando se convoca a acciones de lucha como las movilizaciones masivas o los paros generales.

[9] También es verdad que la madurez relativa de cada organización es diversa.