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Marx, en el mes de su Bicentenario (III – Nota Final)

Por Guillermo Pessoa, SoB, 24/5/18

Cuando se constituyó la Internacional formulamos expresamente el grito de combate: la emancipación de la clase obrera debe ser obra de la clase obrera misma. Por ello no podemos colaborar con personas que dicen que los obreros son demasiado incultos para emanciparse por su cuenta y que deben ser liberados por los filántropos burgueses y pequeñoburgueses.

(K. Marx) 

¿Cómo puedo adoptar un credo que, prefiriendo el barro al pez, exalte al proletariado grosero por encima de la burguesía y la intelectualidad, que con todas sus fallas, son la calidad de vida y seguramente llevan las semillas de todos los logros humanos?

(J.M. Keynes) 

En esta tercera y última nota que recuerda los doscientos años del nacimiento de Karl Marx, tomaremos el eje que nos faltaba (siguiendo a Brecht), aquél de poseerLa inteligencia de saber elegir destinatarios a quienes va dirigida la verdad.  

Nos pareció sugerente contraponer a la posición de Marx la del prestigioso economista del siglo XX, el británico  John Keynes. Para todo aquello que   refiere al Estado de bienestar, intervención del aparato estatal en la economía, regulación del mercado, ese apellido está fuertemente ligado. Hasta en el peronismo (el propio Perón en algún momento y Kicillof no hace mucho) se hace cierta mención a él. Keynes opinaba que el sujeto del cambio (aunque sea parcial en su caso y al servicio de preservar el capitalismo) era la burguesía y no la clase trabajadora (“grosera” como escribe) y en contra implícitamente de lo que postulaba Marx. A lo sumo, esa clase podrá acompañar como furgón de cola al empresariado, pero nunca realizar acciones independientes (toda corriente progresista adscribe religiosamente a esa admonición). En el mundo todo, y en nuestro país con harto evidencia, la misma constituyó un atajo sin salida para impedir que los trabajadores esbozaran un proyecto de poder propio. Una pena que nunca (progres, keynesianos, socialdemócratas, peronistas) intenten un balance real de por qué esto fue así y a qué resultados condujo. 

Volvamos a Marx. En él hay metodológicamente dos o tres aspectos en relación a lo anterior que son claves. Uno, el de ubicar en todo proceso histórico un sujeto social que es quien lleva a cabo las transformaciones y también otro sujeto que intenta mantener la estructura que existe. Lucha de clases, como el autor del Manifiesto advierte. Otra premisa importante es aquella en la que señalaba que la humanidad nunca se plantea tareas que no puede realizar, con el propósito de evitar todo anacronismo y voluntarismo. El socialismo (que es ese el nombre que tiene el proyecto de poder propio de los trabajadores) no podía ser factible en el siglo V por ejemplo, porque ni las condiciones materiales objetivas se hallaban presentes ni tampoco (y es lo que interesa ahora) el sujeto indicado y capaz de llevar a cabo dicha transformación. Y como último elemento, subrayar que esa tarea asignada no es producto de la fantasía de un profeta social sino que se desprende del propio desarrollo y actualidad del capitalismo. Es inmanente a él. Como totalidad concreta que es dicho sistema, está atravesado por contradicciones y la negación del mismo  -para hallar una superación a éste-, debe encontrarse en una fuerza social que pertenezca a dicho “cuerpo orgánico”. Que no sea “externo” al mismo. 

Es interesante señalar que Marx llegará a dicha conclusión luego de ir “tanteando”, estudiando,  el metabolismo social y político. Una vez que arribó a ella, no la abandonó jamás y tuvo (como dice el epígrafe) que desenmascarar a “socialistas” que renegaban de dicho postulado y combatir a todos los “Keynes” de su época, partidarios de la conciliación de clases y en definitiva, de un capitalismo regulado, aunque no se utilizase aún esa expresión. Nunca dudó entonces que la acción de un sujeto es esencial para el desenlace favorable de cualquier proyecto histórico y que el del socialismo no es otro que la clase trabajadora. No existe determinismo mecánico ni sustituismo posible para dicha empresa.  

Primero enfocó a ésta por razones casi intuitivas y hasta emocionales (“la última clase de la sociedad, la más oprimida y sufriente, etc”) hasta que el develamiento de la economía en el marco de determinadas relaciones sociales lo llevó a determinar que esto era así, objetiva y materialmente, por el rol que aquélla ocupaba en la estructura social (1). La clase explotada que el capitalismo crea y que maneja los medios de producción y cambio, tiene la potencialidad de derribar el sistema y construir uno alternativo. Aquí también, como buen observador de la realidad que era, fue puliendo esa definición cuando presenció el rol ultra temeroso y claudicante que la burguesía alemana había cumplido en 1848 en pleno proceso revolucionario y se terminó de afirmar cuando acompañó el accionar de los obreros parisinos en la Comuna de 1871. ¿Pensaba por ello que eran sólo ellos los trabajadores, los encargados de la transformación y revolución socialista? De ninguna manera, pero como demostró en sus trabajos históricos y en el propio programa del partido mundial y aquellos nacionales en los que colaboró; el proletariado hegemoniza, es el “caudillo” como decimos popularmente en América Latina, de dicho proceso dirigiendo a los demás sectores subalternos (el campesinado, la clase media, pequeña burguesía, etc) hacia la toma del poder.  

Ese papel dirigente de la clase obrera lo confirmó hacia 1850 y constituyó desde allí un principio irrenunciable. Lo que  lo llevó (como ya hemos señalado aquí y en la nota anterior) a duros combates partidarios contra aquellos que buscaban suplantarla en ese papel o creían que esto se podría lograr “desde arriba” aun con la propia ayuda del Estado… burgués. Incluso reconociendo la honestidad intelectual y la coherencia entre lo que se proclama y lo que se practica, fue crítico de toda experiencia blanquista (por Auguste Blanqui, revolucionario francés) que, en su “impaciencia” política, intentaba provocar artificialmente insurrecciones con fecha fija, casi como un ultimátum. Claro está que cuando las propias masas salían a la calle (1848, 1871) no dudó en acompañarlas y luego sí, hacer el balance y la verificación de errores y aciertos que esa experiencia había dejado. 

La clase dominante y sus diversos elencos gobernantes suelen a veces apelar hipócritamente a la “gente”, “la ciudadanía” y términos más abstractos aún, para que tomen las “decisiones en sus manos”, lo que constituye un mero saludo a la bandera. Sin ser por supuesto exactamente lo mismo, cuando honestos compañeros de base con los cuales podemos compartir una lucha (como con no tan “honestos” dirigentes) hablan del “campo popular”, “campo” tan difusamente explicitado que en él “entran” diversos sujetos que en términos marxistas son antagónicos (ver Marx en su bicentenario I), cometen un error importante que no sólo retrasa la conciencia de los trabajadores  sino que muchas veces hasta el propio éxito de la lucha. Cuando los socialistas revolucionarios proclamamos a “la clase trabajadora y el pueblo” (entendido este último como aquellos sectores subalternos ya mencionados) como encargados del cambio socialista, somos mucho más concretos y específicos y lo hacemos por las razones materiales, económico- sociales que ya Marx había entrevisto en el siglo XIX. 

¿Que muchas veces ese sujeto no es conciente de dicha potencialidad y de lo que es capaz de hacer y de cambiar? Claro está. Marx estaba muy atento a ese déficit y por eso bregó por la construcción de organizaciones que ayudaran y educaran en esa dirección. Jamás que las reemplazaran en esa tarea porque como supo decir, en una frase categórica: la emancipación de los trabajadores será obra de los trabadores mismos. 

En el temprano 1845, con su amigo y compañero intelectual y político Federico Engels, escriben un trabajo polemizando contra filósofos alemanes de los cuales empezaban a alejarse; allí señalan algo que conserva toda su vigencia hoy y con lo cual nos parece pertinente cerrar estos breves artículos. En La Sagrada Familia se lee: 

Y cuando los escritores socialistas asignan al proletariado este papel histórico universal, no es, ni mucho menos, como algunos pretextan creer, porque consideren a los proletarios como dioses (…) Pero no puede liberarse a sí mismo sin abolir sus propias condiciones de vida sin abolir “todas” las inhumanas condiciones de vida de la sociedad actual, que se resumen y compendian en su situación. No en vano el proletariado pasa por la escuela, dura, pero forjadora del trabajo. No se trata de lo que éste o aquel proletario, o incluso el proletariado en su conjunto, pueda “representarse” de vez en cuando como meta. Se trata de lo que “el proletariado es” y de lo que está obligado históricamente a hacer, con arreglo a ese “ser” suyo. Su meta y su acción histórica se hallan clara e irrevocablemente predeterminadas por su propia situación de vida y por toda la organización de la sociedad burguesa actual. 

(1) El marxista británico Terry Eagleton, en una polémica con los posmodernos expresa brillantemente esta concepción cuando señala: Pero el interés de los socialistas por los trabajadores no es en primer lugar una cuestión de juicio moral. Los  trabajadores no son los agentes potenciales de la democracia socialista porque sufren en demasía. En tanto que la miseria continúe, hay una buena cantidad de candidatos más prometedores como agentes políticos: vagabundos, campesinos pobres, ciudadanos mayores e incluso estudiantes empobrecidos. Los socialistas no tienen nada contra esos grupos (…) pero esos grupos no son aún agentes potenciales del cambio socialista, dado que no están tan establecidos dentro del sistema de producción, tan organizados ni integrados a él como para ser capaces de volverlo más cooperativo. (…) En lo que concierne al socialismo no hay elección posible al respecto. 

Guillermo Pessoa

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A 50 años – Qué fue el Mayo Francés

Por Violeta Roble, SoB

Conocer la historia de nuestra clase es fundamental para poder pensar en perspectiva la actualidad política en la que intervenimos, la historia es una fuente constante de lecciones y aprendizajes para nuestra práctica política concreta. El mayo francés es una de esas gestas fundamentales de las que debemos aprender; se trató de una serie de levantamientos que duró el mes entero de mayo y parte de junio de 1968, comenzó en las universidades y fue ganando el apoyo del resto de la clase hasta que se realiza una huelga general de más de 15 días con toma de fábricas y enfrentamientos en la calle con barricadas.

El 22 de marzo un grupo de estudiantes que levantaban consignas antitimperialistas, en contra de la guerra en Vietnam, en defensa de la organización estudiantil y por una reforma universitaria tomó oficinas de la Universidad de Nanterre. El 13 de mayo arrancó la huelga general en toda Francia que involucra a 10 millones de obreros franceses, en el medio hubo masivas, la policía contaba los detenidos por cientos y los heridos por miles. Pero no solamente importaron las cosas que se hicieron, que fueron muchas, sino que también importaron las cosas que se pensaban y se decían. Es cierto que se echó a un presidente ultra reaccionario, se consiguió un inmediato 10% de aumento de salario, casi un 30% de aumento en los subsidios por desempleo (situación en la que estaban más de medio millón de franceses), y se consolidó el movimiento feminista que conseguiría el aborto en Francia algunos años después. Pero más importante aún es que la gente proponía cambiar todo el sistema de raíz, las paredes gritaban, a través del novedoso graffiti, “la beauté est dans la rue” y al mismo tiempo “sous le pavés, la plage”. Se entendía la importancia de la lucha en la calle y también se planteaba una perspectiva superadora; “debajo de los adoquines está la playa” (por la arena que aparecía cuando se rompía el suelo para sacar piedras que arrojarle a la policía). Cuando lo que está planteado es que la clase obrera alcance su “playa”, un mundo sin explotación del hombre por el hombre, un 10% de aumento salarial es una verdadera miseria.

Ayer

Este año se cumplen 50 años del mayo francés y el año pasado fue el centenario de la Revolución rusa, aniversarios que ponen nuevamente en discusión en el marxismo qué conclusiones sacamos de esos procesos. Por ejemplo, el mayo francés vino a darle la razón a aquellos que decían que el capitalismo del siglo XX por mucho que se hubiera adaptado tenía las mismas contradicciones sociales y económicas inherentes que son el combustible de la posibilidad del cambio revolucionario. Es fundamental comprender que el capitalismo se encontraba en un momento de acumulación, de expansión del imperialismo, de Estado de Bienestar. Muchos autoproclamados marxistas se dejaron convencer por los mitos de la burguesía que sostenían que era imposible una revolución en un país europeo altamente industrializado, Rusia y Europa del Este eran excepcionales, diferentes. Como si el capitalismo fuera capaz de encontrarle la vuelta a sus propias leyes de acumulación de forma tal de garantizar un nivel de explotación “tolerable” que haga imposible una accionar revolucionario en su centro. Nada más alejado de la realidad de Francia de 1968: a partir de que se instaura la huelga general el 13 de mayo comienza a despertarse en toda Francia la clase trabajadora con sus métodos tradicionales. Se organizan comités para tomar escuelas, universidades y fábricas, se llegan a encerrar patrones en oficinas y a encerrarlos soldándoles las puertas, se canta la Internacional mientras se avanza sobre la patronal.

Estos momentos históricos, donde la clase se plantea realmente el problema de la toma del poder, ponen en funcionamiento un nuevo tiempo político, una nueva dinámica, un nuevo ritmo. La militancia revolucionaria muchas veces se pone tareas u objetivos a largo y mediano plazo, porque los tiempos políticos se miden en años, en parte debido a la propia dinámica de la democracia burguesa. Adentrarse a conocer estallidos de la lucha de clase como el mayo francés o la revolución rusa supone el desafío de pensar los tiempos políticos en otra clave, en otro registro de velocidad. En menos de un mes se pasó de una ocupación de oficinas de una universidad a un paro general de 10 millones de trabajadores. En tres días de huelga general se toman 122 plantas fabriles y se coordina entre ellas. Para fines de mayo, el presidente estaba absolutamente acorralado, las patronales empiezan a ofrecer acuerdos que la burocracia intenta hacerle pasar a los trabajadores sublevados: en principio todas las ofertas fueron rechazadas, la clase obrera quería ir por todo. Para el 30 de mayo De Gaulle debe anunciar la anticipación de las elecciones, con lo que empieza el fin del proceso francés.

El problema de las velocidades se vincula con otro problema que aparece al estudiar movimientos insurreccionales: el momento preciso en el que efectivamente se toma el poder, se rompe la legalidad y se da el paso. “Mayo del 68 confirma, a este respecto, la ley de todas las revoluciones, es decir, que cuando unas fuerzas sociales tan amplias entran en acción, cuando lo que está en juego es tan importante, cuando el menor error, la menor iniciativa audaz por parte de uno u otro bando puede modificar radicalmente el sentido de los acontecimientos en el intervalo de unas pocas horas, resulta totalmente ilusorio tratar de “congelar” este equilibrio, sumamente inestable, durante varios años.” Un elemento clásico del estudio de movimientos insurreccionales es la identificación del doble poder, es decir, si la clase logra construir organismos que le sean propios y que disputen con el poder del Estado capitalista. En Rusia hubo soviets, en Francia Comités de Huelga y Acción, verdaderos gérmenes de organismos de doble poder.  “La burguesía se ve obligada a tratar de reconquistar de inmediato lo que las masas le arrebatan en el terreno del poder. Las masas, si no ceden ante el adversario, se ven casi instantáneamente obligadas a ampliar sus conquistas.”[1] Es decir que, si los organismos de doble poder quieren vencer, se ven obligadas a romper con el equilibrio que mantiene la dualidad del poder en lo mediato.

Luego del llamado a elecciones anticipadas, para fines de junio, el gobierno de De Gaulle inicia una avanzada sobre los huelguistas restantes que, debido al desgaste, a las maniobras de la burocracia, a las ofertas de la patronal y a la renuncia del presidente, se habían reducido a la mitad. La burocracia es el agente del gobierno al interior del movimiento sublevado: se encarga de ir fábrica por fábrica desarticulando las ocupaciones, convenciendo a los trabajadores de desocupar, de agarrar la zanahoria que el gobierno saliente ofrecía, infundiendo miedo a la represión si se mantenía la ocupación. El mayo francés fue una escuela para la clase obrera de insurrección, del problema de la toma del poder, y se sacaron muchas conclusiones, siendo una de las más importantes la comprensión de que los PC nacionales eran verdaderos órganos de intervención burocrática estalinista que funcionaban como freno para los asensos políticos. El PC francés, al igual que el resto de los PC nacionales, eran los ejecutores del verdadero significado de la política de “coexistencia pacífica” de Jrushchov. Esta política de la burocratizada URSS sostenía que para evitar una guerra mundial y mayores pérdidas para la clase obrera era necesario que el comunismo y el capitalismo convivan un tiempo. En lo concreto significaba que el PC sería el garante de la gobernabilidad capitalista en occidente. Al menos esa es la conclusión que desde un partido revolucionario debemos sacar, hay otros movimientos que se desencantaron del marxismo en general por la traición del PC y dieron origen a corrientes posibilistas y posmodernas. Qué aprendemos de las experiencias de nuestra clase, qué conclusiones sacamos, orientan nuestra práctica política cotidiana.

Hoy

La importancia de las enseñanzas del mayo francés y, sobretodo, su actualidad se no le escapan a nadie. Daniel Cohn Bendit fue uno de los principales referentes estudiantiles del mayo francés y fundador del movimiento 22 de marzo, agrupación que estuvo a la cabeza de los enfrentamientos de mayo y hoy se lo puede encontrar desempeñando funciones como asesor de Macron, líder internacional de las políticas de ajuste del capitalismo actual. Algunos medios dicen que Cohn Bendit habría sido de los que aconsejaban a Macron no celebrar oficialmente ningún acto por el aniversario del mayo francés. Otros sectores proponían hacer festejos a lo Rusia de Putín quien, por los 100 años de la revolución rusa, hizo una serie de conmemoraciones apropiándose de la fecha y resignificándola para que encaje con sus necesidades políticas. La oposición también vio la oportunidad y Francois Ruffin salió a pegarle diciendo que “Macron celebra mayo del ‘68 todos los días, a los porrazos”. Parece que ganó la mesura y por el momento no se conoce acto alguno oficial por el aniversario de uno de los principales hitos de la historia política del siglo XX. Quizás Macron teme que, así como el mayo francés inspiró en Argentina un año después al Cordobazo, inspire hoy en las masas de obreros y estudiantes que salen a luchar contra sus reformas la fuerza para dar ese salto y deshacer las calles en una lluvia de piedras a su gobierno, hasta llegar a la arena.

[1] Lecciones de mayo del 68, Mandel, Ernest.