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Lula preso: se impuso la conciliación de clases

Por ANTONIO SOLER, SoB Brasil, 10/4/18

Fue traicionado un proceso que podía dar vuelta el juego

El día 4 de abril el Tribunal Supremo Federal le negó a Lula el pedido de habeas corpus. Al día siguiente, 5/4, el Tribunal Regional Federal número 4 dio el aval para que el Juez Federal Sergio Moro -pasando por encima de la posibilidad de presentar otros recursos- decretase la prisión de Lula, que debía entregarse a la Policía Federal (PF) a las 17 horas del día 6/4. El sábado, 7/4, después de 3 días de resistencia,  Lula anunció la decisión de acatar la orden de arresto durante un acto frente al Sindicato de los Metalúrgicos del ABC que reunió a miles de personas, cientos de activistas rodearon el edificio durante horas para que Lula no se entregara a la policía. Pero después de una serie de maniobras de la burocracia, el gran líder de masas consiguió salir por las puertas de atrás del edificio y entregarse a la PF. [1]

Miles estaban dispuestos a resistir

Después de que se decretara la orden de arresto, Lula se dirigió a la Sede del Sindicato de los Metalúrgicos del ABC, su cuna política, y ahí quedó esperando hasta el desenlace dramático.

Inmediatamente, cientos de militantes de movimientos sociales –en forma destacada el MTST-, sindicales y partidarios rodearon al Sindicato. En el lugar, vimos que el protagonismo fue de los activistas del movimiento popular, la juventud y los militantes partidarios de base. No hubo casi ninguna presencia organizada de la otrora poderosa, políticamente hablando, clase obrera de São Bernardo do Campo y de la región. Esto fue así a pesar de que Lula estaba “refugiado” en la Sede del Sindicato de los Metalúrgicos y de tratarse de la posibilidad de poner en prisión al líder de mayor expresión y altísima popularidad.

A pesar de la gran afluencia de la militancia de izquierda que contó con casi todas las organizaciones políticas, sindicales y populares que se sumaron de a miles en torno al Sindicato y en varios actos por el país, no se verificó una presencia de amplias masas en esta acción. Elemento que debe ser tenido en cuentan en el análisis y en la línea táctica que debería ser puesta en acción a partir de ahí. [2]

A partir de ese escenario fueron 3 días de un impasse estratégico pocas veces visto en la historia política reciente de Brasil. Pues, ante la vacilación de la burocracia lulista, la amplia mayoría de los activistas que se concentraron en torno al Sindicato querían resistir de alguna forma a la prisión de Lula. Si se hubiera llevado a cabo esta acción -independientemente de la táctica más concreta-, podría haber tenido consecuencias trascendentales para la situación política en que vivimos.

Después de mucha especulación y de días de tensión ante la posibilidad de confrontación directa con la represión, de detenciones y de la profundización de la crisis política nacional, como se dice en la jerga futbolística desafortunadamente “ganó la lógica”. Es decir, lo más probable, la línea estratégica que siempre prevaleció en el lulismo: la conciliación. Lula y la burocracia decidieron acatar la orden de arresto. La cuestión aquí no es la de la defensa estricta de una determinada línea táctica o de otra, que para definirla tenemos que tener en cuenta factores políticos y las condiciones concretas del terreno.

Existían opciones tácticas  para que Lula no fuese preso y para que el movimiento pudiera fortalecerse en torno a la lucha contra su prisión. El problema que se planteó en ese episodio no fue táctico, sino estratégico. Mejor dicho, de la inquebrantable estrategia lulista de conciliación de clases que representa, disemina e invariablemente pone en práctica ese sector.

De la misma forma que en varias otras situaciones más o menos dramáticas de la lucha de clases desde que surgió como fenómeno político con influencia de masas a finales de los años 1970, el lulismo siempre opta por la conciliación con la clase dominante, por el respeto al “orden” establecido -incluso cuando era dictatorial- y por la no apuesta en el desarrollo hasta el final de las posibilidades de la lucha de los trabajadores. Es decir, estamos ante otra traición de Lula y del lulismo, pues la resistencia a la prisión tenía potencial para transformarse en una poderosa lucha nacional que podría articularse en torno a las principales demandas actuales de los trabajadores y crear un poderoso movimiento de desestabilización de las fuerzas reaccionarias.

La construcción de una alternativa de masas

Por esa razón es que constituye un verdadero absurdo político la posición que determinados sectores han asumido en el sentido de no condenar la prisión de Lula.

Aquí no se trata de la defensa política de este burócrata que traicionó sistemáticamente la lucha, sino de entender que su condena a prisión no es una expresión de la “justicia”, una medida correcta de la justicia burguesa y que en nada afecta los trabajadores, como argumenta el PSTU y algunos de sus satélites políticos. Este argumento y posicionamiento no distingue otros colores más allá del negro y del blanco, pierde toda capacidad de ver las mediaciones básicas de la realidad actual y desarma totalmente para cualquier acción consecuente.

Al dejar de lado tres elementos básicos del análisis marxista -qué hacen, cómo hacen y por qué hacen determinada acción- no ven que el proceso, la condena y ahora la detención de Lula por la vía de la Operación Lava Jato y de la justicia burguesa, además de ser hecha sin las garantías legales mínimas del ya limitado derecho burgués, la hacen con el objetivo de crear mejores condiciones para dar continuidad a las contrarreformas, a la quita de derechos y a la violencia contra la izquierda, mujeres y oprimidos en general. Violencia que afecta con mucha más intensidad a la izquierda socialista; el caso de la ejecución de Marielle es un ejemplo ineludible de esa realidad.

Por otro lado, Lula durante su discurso en el acto antes de entregarse a la PF dejó claro su pretensión de transmitir su legado político a través de un arreglo amplio de la “izquierda”. En lo que, pese a la megalomanía típica de quien se considera “una idea” y que continuará “viviendo en la cabeza y en los corazones de todos” después de muerto, demostró apostar en una actualización del lulismo a través de Manuela d’Ávila (precandidata del PCdoB a presidenta) y, principalmente, de Guillermo Boulos (precandidato a presidente por el PSOL).

La cuestión es que con la prisión de Lula -no se sabe hasta cuándo- y la falta de un nombre para sustituirlo en las elecciones de octubre, el PT está en una situación dramática. No sabemos exactamente cuánto del patrimonio electoral dejado por Lula podemos captar, pero desde nuestro punto de vista la cuestión es mucho más profunda y estratégica que las próximas elecciones, pues con Boulos y un programa anticapitalista podemos construir una alternativa que no sea la continuidad del proceso, del ADN político de Lula -como él pretende- sino comenzar a construir una superación radical de masas a este fenómeno.

Por eso, en la lucha contra la ofensiva reaccionaria en curso no podemos actuar -como hacen algunas corrientes de nuestro partido (PSOL)- sin que nuestra táctica de unidad de acción o frente único cuente con una sistemática y dura diferenciación. Esta ausencia que retrasa en mucho las posibilidades que, contradictoriamente, se abren en ese momento de construir una alternativa de masas al lulismo.

[1] Una circunstancia política inusitada fue abierta en Brasil, o sea, la posibilidad concreta de prisión de un ex Presidente de la República que además cuenta con una altísima popularidad y está al frente de la intención de voto para las próximas elecciones presidenciales.

[2] Esto puede ser atribuido a una serie de factores, objetivos y subjetivos, que han hecho que la clase obrera haya perdido el protagonismo político en la última década. Dentro de lo subjetivo no podemos dejar de destacar el papel que cumplió la ideología diseminada por la burocracia desde los años 1990, que finalizó con la idea central de que es la acción directa de los trabajadores nuestra herramienta de lucha, que los intereses de los patrones y de los trabajadores son inconciliables y de que alianzas políticas con la clase dominante pueden traer conquistas electorales inmediatas pero sólo pueden traer desastres políticos a mediano y largo plazo.

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La prisión de Lula

Por Roberto Sáenz, SoB

“Tener una justicia independiente es fundamental, y eso es lo que tiene hoy Brasil (…) Soñamos con que alguna vez, con las reformas que estamos haciendo a través del plan Justicia 2020, tengamos un sistema judicial más sólido y creíble” (Macri, La Nación, 11/04/18).

Lula da Silva, dirigente máximo del PT de Brasil y ex presidente de dicho país, se encuentra preso desde el pasado sábado 7. Con la intención de voto más alta para las próximas elecciones presidenciales, algo en torno al 35% (lejísimos de cualquier competidor), podría ser nuevamente presidente.

Pero al quedar detenido, y debido a que tiene dos condenas firmes (sin bien apelables), Lula quedaría excluido de la elección. Lo concreto es que la burguesía brasilera no quiere saber nada de que el PT (aun con los enormes favores que le hizo en sus mandatos), retorne al gobierno.

Se trata, así, de una detención política: la proscripción del principal candidato a las elecciones bajo la excusa de haber recibido “coimas” (sobre las cuales no hay pruebas formales), una práctica lamentablemente habitual en todos los gobiernos patronales[1]. La arbitraria prisión de Lula confirma que Brasil entró, bajo Michael Temer, en la dinámica de un “gobierno de excepción” (un gobierno donde se violentan las reglas de juego de la democracia patronal).

Cambiemos festejó –por lo bajo- la detención de Lula: una medida de evidente impacto en nuestro país. Entre otras cosas, porque legitima las tendencias más reaccionarias y le da indirectamente aire a Macri luego de los sofocones del verano. Un refuerzo que se suma a la escandalosa complicidad de la CGT y los k, que plancharon la coyuntura en beneficio de la gobernabilidad.

La batalla por la libertad de Lula, porque el pueblo brasilero sea el que decida si vota a Lula o no, es una pelea democrática elemental; una lucha que debemos llevar adelante sin dejar de lado las diferencias políticas que tenemos con el PT.

“Golpe parlamentario”

La detención de Lula configura un nuevo salto reaccionario en Brasil. Esta ofensiva comenzó dos años atrás con el juicio político y destitución de Dilma Roussef; una destitución llevada adelante con la excusa de una serie de maniobras fiscales denominadas “pedaleadas”.

¿Qué son las pedaleadas? Anotar los gastos fiscales del año en curso durante el próximo; maniobrar para que los números del ejercicio actual, cierren. Todo gobierno burgués hace maniobras de este tipo; son algo común en Brasil.

Sin embargo, formalmente, no dejan de configurar un delito. Tampoco la corrupción, el acaparamiento de bienes públicos de forma privada, es algo específico del PT, aunque esto sea más condenable para un partido que se dice de los “trabajadores” (el “patrimonialismo” viene del fondo de la historia del Brasil[2]).

Lo específico, sí, es que prácticas habituales en cualquier gobierno patronal, hayan sido motivo de juicio político a Roussef (y ahora de la detención de Lula).

Bajo una excusa trivial para los cánones burgueses, el juicio político a Dilma fue una maniobra reaccionaria por intermedio de la cual el PT fue sacado del gobierno (sin que atinara a cualquier resistencia seria): un “golpe parlamentario” (es decir, sin la intervención de las fuerzas armadas).

El procedimiento del juicio político es formalmente legal. Pero en los hechos significó avasallar las formas tradicionales de la democracia patronal: un gobierno electo con más del 50% de los votos, fue reemplazado por otro que nadie votó.

Temer imprimió un rotundo giro a la derecha redoblando la ofensiva sobre los trabajadores (atención que Dilma ya había comenzado el ajuste demandado por los mercados). Se votó un el congelamiento de los gastos estatales por 20 años; también una contrarreforma laboral brutal que es la envidia de las patronales argentinas; y todavía se pretende aumentar la edad jubilatoria a 49 años de aportes…

Simultáneamente, se operó un giro reaccionario en el régimen político. Expresión de esto es la intervención de las fuerzas armadas en Río de Janeiro, el asesinato de la concejala del PSOL, Marielle Franco, y la intervención directa de altos jefes de las FF.AA. en la vida política nacional: “Brasil es hoy una democracia tutelada, en la que los uniformados no gobiernan, pero tienen poder de veto” (Andrés Malamúd, La Nación, 11/04/18).

Ocurrió un desplazamiento hacia la derecha de las correlaciones de clase. La burguesía se unificó alrededor de Temer. Las clases medias altas giraron a la derecha comprando todo el discurso sobre la corrupción. La clase obrera quedo hecha un sándwich entre la ofensiva reaccionaria y el sentimiento justo de que el PT defraudó.

La base social actual del PT son sectores de vanguardia de masas y de las clases medias progresistas; franjas importantes pero que no alcanzan para revertir las cosas. Las amplias masas miran las cosas desde afuera; no se han movilizado contra la detención de Lula.

El PT se dedicó a sabotear los avances en una conciencia de clase reformista conquistados en los años ‘80; para amplios sectores que “repudian la política”, izquierda y derecha “son lo mismo” (son los votantes del extremo derechista Bolsonaro).

La institucionalidad, primero  

La orden de detención de Lula llegó el viernes 6; el PT no la esperaba (cretinismo institucional, le llaman). Ahí comenzó una guerra de nervios con Lula atrincherándose en el sindicato metalúrgico de San Bernardo, un lugar histórico donde 30 años atrás había sido detenido luego de protagonizar una huelga no menos histórica.

Se creó una inmensa expectativa: Lula resistiría la detención. La respuesta popular comenzó lentamente. Pero a medida que pasaban las horas, los desarrollos ibanpolarizándose.

Miles rodearon el sindicato; si bien no eran mayormente trabajadores metalúrgicos, conformaban una multitud que iba creciendo, un sector de la misma dispuesta a jugársela contra la detención de líder. La policía no osaba aproximarse por miedo al desborde.

Conforme pasaban las horas, se multiplicaban las movilizaciones todo el país. Comenzaban los cortes de rutas, la quema de gomas. La tensión aumentaba; el país se detenía expectante.  

Lula no tomó la palabra ese día; lo hizo el sábado luego de un acto religioso en memoria de su fallecida esposa. Sobre el final de un discurso “combativo”, anunció que se “presentaría ante la justicia”. Lula seguía siendo Lula (reformista, conciliador).

Pasadas unas horas, cuando la policía apareció finalmente para cumplir la orden de detención, sectores de la base petista se opusieron. Desde el palco la dirección del PT (Gleisi Hoffman, su secretaria general), arengó para pedir que “dejarán que Lula sea detenido”, afirmando que, si no se cumplía la orden, “sería peor” y despertando expectativas en un enésimo recurso judicial.

Las direcciones del PT y la CUT (Central Única de Trabajadores), no atinaron a desafiar la detención. Calificaron de “histórica” la resistencia (parcialmente pactada con el juez Moro), y punto.

Hay sectores de la izquierda que erróneamente justifican a Lula afirmando que “no había condiciones para un paro general”. Erran en el blanco porque esa no es la clave del asunto. Se podría haber convocado a paros cívicos, al corte de carreteras, a jornadas nacionales de lucha o lo que sea; la disposición a salir a las calles era creciente en amplios sectores.

Pero la clave de todo está en la apuesta del PT a la institucionalidad; jamás romperla. Hacer un poco de “show” para cubrirse, pero siempre bajo la excusa de “respetar a la justicia” (a las instituciones).

En Brasil es una obligación el combate unitario y democrático contra las medidas de excepción; contra las emergentes corrientes de extrema derecha; contra las formaciones “postfascistas”[3]. Un combate que debe hacerse llevando adelante la más amplia unidad de acción, e, incluso, formas de frente único (claro que cuidando siempre la independencia política y libertad de crítica de los revolucionarios). Un combate irrenunciable que grupos como el PSTU se llenan de vergüenza a estar de espaldas al mismo.

Pero, simultáneamente, es muy peligroso olvidarse una enseñanza universal: la crítica a la adaptación pasiva a la institucionalidad por parte de la socialdemocracia. El fetiche de una “legalidad”, que sólo servía para paralizar las fuerzas de la clase obrera, mientras que las fuerzas reaccionarias la rompían a cada paso.

Nada de esto significa promover locuras sin sustento. Pero cuando se pone en juego la arbitraria detención de un líder popular, cuando las cosas comienzan a radicalizarse, cuando se está en presencia de un sector real que está dispuesto a defenderlo físicamente, entregarse sin siquiera esbozar una resistencia, nos parece que es postrarse frente a la institucionalidad (ver las declaraciones de Temer afirmando que “debe respetarse la constitución”, sic).

Lula cometió la enésima capitulación al presentarse. Lo hizo con la expectativa de que rápidamente podría ser liberado. De momento, sigue preso. Y el peligro es desmoralizar a la propia base social.

Mientras defendemos incondicionalmente la libertad de Lula, jamás debemos perder nuestra libertad de crítica. Recordar siempre que el PT es organizador de derrotas; una burocracia que incluso cuando encabeza una lucha por su líder, está preocupada porevitar el desborde de las bases; tendencia que los lleva a acordar siempre con los enemigos de la clase obrera.

Vamos por un 1ª de Mayo unificado

Macri mantuvo un perfil bajo, pero festejó a manos llenas la detención de Lula. De ahí que haya salido a elogiar a la “justicia independiente” de Brasil… una farsa que no es más que un arbitraje al servicio de los poderosos.

La detención de Lula lo fortalece. Las ingenuas veleidades de los k, de que habría “2019”, pueden quedar rápidamente en la nada. Porque la situación en nuestro país, y la región como un todo, no está estabilizada. Puede rebotar hacia la izquierda, como reafirmarse hacia la derecha.

La profesión de fe de los k y la CGT por la gobernabilidad, planchó la coyuntura: dejaron pasar marzo sin hacer olas. El gobierno se recuperó, retomó la iniciativa, largó el debate sobre el aborto, pero, simultáneamente, decretó otro aumento de tarifas y prepara una nueva ofensiva para junio: llevar al Congreso la postergada reforma laboral.

Mientras tanto, la CGT sigue borrada con la excusa de que debe “reorganizarse”. Y a nivel de la vanguardia, por ejemplo, las autoridades del Posadas han anunciado que despedirán a todo el activismo los próximos meses; una verdadera provocación; una lucha enorme que debe comenzar a prepararse desde ahora mismo.

Como frutilla del postre, Servini de Cubría, en una maniobra que parece a pedir de boca de Macri, acaba de decretar la intervención del PJ por parte de Barrionuevo y sus muchachos. Una maniobra para dejar fuera de juego al peronismo.

En el PJ hay dos proyectos en danza: reordenarse en clave “progresista” o poner en pie un “peronismo racional”. En el primer caso, se busca una unidad para disputarle a Macri la próxima elección; en el segundo, dividir el peronismo para que Macri siga hasta 2023 (algo que, evidentemente, es lo que reclama la patronal).

La tregua eterna de las direcciones sindicales y la gobernabilidad k; las duras luchas aisladas como la de los mineros de Río Turbio, el INTI y el Posadas; los zarpazos reaccionarios en Brasil y la necesidad de defender una perspectiva de independencia política de los trabajadores, les plantean a ambos frente de la izquierda levantar el 1º de Mayo un acto unificado.

Desde la Izquierda al Frente mandamos al FIT una carta formal que todavía no ha tenido respuesta. Extraoficialmente, se ha escuchado a alguno de sus integrantes afirmar que “la unidad ya está, es el FIT”.

Pero esto no es más que una bravuconada. Todo el mundo sabe que la izquierda está dividida, que tiene varias figuras, varias expresiones en las luchas obreras y de la juventud, en el movimiento de mujeres.

Pretender que el FIT es la “unidad de la izquierda” es un camino de derrotas. Una autoproclamación de sectas cobardes.

La coyuntura plantea ir a un acto unificado. La militancia del nuevo MAS se va a jugar entero por esta perspectiva, al tiempo que sostiene la lucha en defensa de los conflictos en curso y por el aborto legal.

[1] No hay ninguna duda de que Lula recibió coimas, favores y regalos en sus años de mandato. En la administración del Estados burgués, venga de donde se venga, sea del color que se sea, se sucumbe a estas prácticas. Lo específico aquí es la judicialización de una circunstancia no en función de cualquier criterio de “justicia”, sino del muy político objetivo de proscribir a Lula para la próxima elección. 

[2] El patrimonialismo refiere precisamente a lo que estamos señalando: la apropiación privada de bienes públicos.

[3] Existe todo un debate que requiere “finura” en el análisis que aquí no podemos hacer, pero que plantea no pecar ni por defecto ni por exceso. En todo caso señalemos que Enzo Traverso define genéricamente formaciones como las de Bolsonaro en Brasil como postfascistas en el sentido que siquiera están las condiciones históricas que dieron lugar al verdadero fascismo, lo que no quiere decir que las actuales expresiones de la extrema derecha no sean un peligro; sólo busca ponerles medidas a las cosas.