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A 50 años del auge del movimiento del “Poder Negro”

Por Ale Kur

Esta semana se cumplieron dos importantes aniversarios relacionados con una misma temática: el movimiento de las personas negras contra toda forma de opresión. Recordar estas experiencias en la situación actual no se trata de un mero ejercicio nostálgico. Por el contrario, la pelea del movimiento negro está plenamente a la orden del día en la actualidad. Con el ascenso de monstruos racistas como Donald Trump en EEUU o Bolsonaro en Brasil, la lucha contra la opresión racial se vuelve una cuestión absolutamente prioritaria. El asesinato de un reconocido mestre de Capoeira en Salvador a manos de un fascista pone sobre la mesa la gravedad del problema, y la urgencia de poner en pie la resistencia.

Por otra parte, en EEUU, en los últimos años se vino desarrollando el movimiento Black Lives Matter (“las vidas negras importan”) contra la violencia policial. A esto se le suman las movilizaciones antirracistas del periodo Trump, incluida la importante batalla contra el fascismo ocurrida en Charlottesville en 2017.

Con esta perspectiva en mente, puede ser muy útil recuperar las mejores tradiciones y experiencias del movimiento negro del pasado, que muestran la enorme potencialidad histórica que ese movimiento sigue teniendo en la actualidad.

Los juegos olímpicos del ‘68

Un 16 de octubre, hace 50 años atrás (1968), ocurrió un hecho simbólico de gran impacto internacional, en el marco de los Juegos Olímpicos realizados en México. Dos atletas negros norteamericanos habían obtenido respectivamente el primer y tercer lugar en la competencia de los 200 metros: Tommie Smith y John Carlos. Cuando se subieron al podio a recoger sus medallas, aprovecharon la exposición mediática para transmitirle un mensaje a la audiencia mundial: levantaron el puño en alto, con un guante negro. Era el saludo simbólico del movimiento del “Poder Negro” (Black Power). Por su parte, el atleta australiano blanco Peter Norman, que había obtenido el segundo lugar, se solidarizó también con ellos colocándose en el pecho una placa del Proyecto Olímpico para los Derechos Humanos.

Este valiente gesto colectivo les valió a los tres duros ataques por parte de los medios, de los sectores racistas y de las instituciones deportivas, acabando con sus carreras y generando graves problemas en sus vidas personales. Sin embargo, la fuerza del mensaje fue tal que se convirtió en uno de los grandes íconos de la década del ‘60, quedando grabada en la retina de millones de personas en todo el globo. Ya era imposible esconder bajo la alfombra la lucha del movimiento negro por sus derechos y su dignidad.

La fundación del Partido de las Panteras Negras

El segundo aniversario que queremos recuperar en este artículo fue el 15 de octubre. En este caso, se cumplieron 52 años de otro importante hito del movimiento negro: la fundación en Oakland (costa oeste de los EEUU) del Partido de las Panteras Negras, llevada a cabo en 1966 por Huey P. Newton y Bobby Seale. El objetivo inicial de dicha organización era promover la autodefensa de las personas negras frente a la violencia policial de la que eran objeto cotidianamente. Las Panteras Negras hacían uso de su derecho (legalmente reconocido en California) a portar armas para intimidar a las “fuerzas de seguridad” y defender de esa manera a la población de los guetos.

La organización también se dedicó a realizar asistencia social en esos mismos barrios negros empobrecidos (proveyendo desayuno y educación a los niños, atención médica gratuita, peleando contra las adicciones a las drogas, etc.). Contaba con un periódico (cuya circulación semanal excedía los 100 mil ejemplares) donde se relataban las distintas luchas de la comunidad negra, no solo en los EEUU, sino en todo el mundo (solidarizándose, por ejemplo, con las peleas por la liberación nacional de los pueblos africanos). En su momento de máximo desarrollo, las Panteras Negras contaron con alrededor de 10 mil miembros en todo el país (en 1969).

El “programa de 10 puntos” de la organización incluía demandas como el pleno empleo, el acceso a viviendas decentes, así como a “tierra, pan, educación, vestimenta, justicia y paz”. Por otra parte, reclamaba también el derecho a la autodeterminación del pueblo negro, exigiendo un plebiscito donde este pueda “expresar su voluntad con respecto a su destino nacional”.

Por su enorme influencia en la comunidad negra y en la sociedad en general, la organización rápidamente se convirtió en la principal preocupación del FBI, que los veía como la mayor amenaza a la “seguridad nacional” norteamericana. Esto llevó a los “federales” a desarrollar -bajo el nefasto programa COINTELPRO- una orientación sistemática de represión (incluyendo asesinatos a sangre fría), infiltración, acoso y propaganda sucia contra los Panteras Negras, intentando desbaratar la organización y desacreditarla frente a la sociedad. La intervención del FBI y las campañas de difamación y odio impulsadas por los medios de comunicación consiguieron asestarle un duro golpe al partido. Junto a otros problemas internos, esto provocó que las Panteras Negras ingresaran en una tendencia declinante en los primeros años de la década del ‘70, de la que nunca pudieron recuperarse.

El Poder Negro

Los Panteras Negras formaban parte del movimiento del “Poder Negro” (Black Power), que hizo su irrupción en la segunda mitad de la década de los ‘60 y se prolongó durante los ‘70. Periodo caracterizado por la lucha masiva de la juventud norteamericana contra la guerra de Vietnam, por una creciente radicalización política, por el fuerte crecimiento de organizaciones estudiantiles socialistas. El movimiento negro formaba parte de todas esas experiencias, nutriéndose también de ellas y transformándose al calor de sus nuevas coordenadas. Así, por ejemplo, inclusive el liderazgo relativamente “moderado” de Martin Luther King fue moviéndose cada vez más hacia la izquierda, denunciando abiertamente al imperialismo norteamericano y chocando con sus partidos tradicionales.

La nueva oleada del movimiento negro tenía rasgos específicos que la diferenciaban del periodo anterior -década de los ‘50 y primera mitad de los ‘60-, la era de lucha por los “derechos civiles”. Esa anterior etapa había tenido su epicentro en el Sur del país -región en la que, durante siglos, la esclavitud fue su principal sustento económico-, y su eje era lucha por la derogación de todas las normativas (y costumbres) racistas y de segregación vigentes en esos Estados, exigiendo el reconocimiento legal de la igualdad de los negros y su carácter de ciudadanos de pleno derecho. Esa primera fase culminó con importantes triunfos, ya que en 1964 y 1965 los Estados Unidos convirtieron en leyes federales estas aspiraciones -especialmente, luego de la histórica Marcha sobre Washington que trasladó el conflicto a la capital del país, y en la que Martin Luther King pronunció su famoso discurso “I have a dream” (“yo tengo un sueño”).

Pero el establecimiento de la legislación antirracista sólo consiguió acabar con el aspecto jurídico del problema. Continuó existiendo el problema más profundo y estructural de la comunidad negra: la enorme pobreza que sus miembros padecían en todo el país. En dicha comunidad impactaban de manera muy desproporcionada el desempleo, los bajos salarios, la criminalidad y las adicciones, la falta de acceso a vivienda de calidad, a la salud y educación. En ciudades como Detroit los capitalistas utilizaban masivamente a los trabajadores negros como mano de obra súper-explotada, especialmente en las grandes fábricas automotrices -eje privilegiado de la economía imperialista norteamericana en el periodo. En este marco, el permanente acoso policial contra la población negra de todo el país terminaba dando lugar con frecuencia a enormes disturbios raciales, verdaderas batallas campales de largos días de duración que culminaban con cientos de muertos, heridos y detenidos.

Estas eran las problemáticas que venía a combatir el movimiento del “Poder Negro” iniciado a mediados de los ‘60. Esta nueva oleada se nutría también de un espíritu de lucha cada vez más radicalizado por parte de la comunidad negra. La “resistencia civil no violenta” preconizada por los líderes religiosos del movimiento negro sureño -predominante durante los ‘50- se veía cada vez más cuestionada, y desbordada en los hechos. La juventud negra de las grandes ciudades ya no estaba dispuesta a “poner la otra mejilla”, y sentía que era necesario comenzar a devolver los golpes.

La perspectiva socialista

Por otra parte, la naturaleza de las problemáticas que el movimiento enfrentaba en este nuevo periodo requería soluciones mucho más profundas y radicales que las leyes igualitarias que se habían conquistado con la oleada anterior. En última instancia, la raíz de todos los padecimientos económico-sociales de las personas negras era (y sigue siendo) el sistema capitalista, su lógica de explotación, desigualdad y exclusión: la misma que siglos atrás dio nacimiento al propio sistema esclavista de las plantaciones y al cautiverio de millones de africanos, para el enriquecimiento de la élite blanca.

Un creciente sector del movimiento negro fue tomando conciencia de lo anterior, lo que dio lugar a un fenómeno de enorme interés histórico: la adopción de posiciones socialistas y revolucionarias por parte de muchas corrientes del “Poder Negro”. Así, diversas organizaciones y figuras políticas del movimiento se identificaban con los procesos revolucionarios de Cuba, China, Vietnam, etc. Las Panteras Negras en términos generales eran parte de esa tendencia, con algunos de sus dirigentes (como Fred Hampton) abrazando de manera abierta esa sensibilidad socialista.

Por otra parte, algunas organizaciones adoptaron posiciones explícitamente marxistas y se plantearon la necesidad de construir partidos revolucionarios según el modelo de Lenin. Uno de los casos más destacados e interesantes fue el de la Liga de los Trabajadores Negros Revolucionarios, organización de Detroit fundada en 1969, formada por obreros negros de las grandes fábricas automotrices de la ciudad. En este caso, la perspectiva socialista incluía también una orientación específica para la organización del proletariado como sujeto de la revolución, ligando profundamente los problemas de raza y clase. Esta organización jugó un rol destacado en la realización de importantes huelgas obreras que sacudieron a Detroit a fines de los ’60 y comienzos de los ’70.

Estas experiencias muestran la enorme potencialidad que tiene el movimiento negro, así como los movimientos de todas las minorías oprimidas, para ponerse al frente de la pelea contra el conjunto del sistema y de sus opresiones, planteándose como una alternativa radical frente a todo lo existente, luchando por una salida socialista a todas las miserias del capitalismo.

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De Companys a Puigdemont, dos vidas no paralelas

Por Claudio Testa

El martes pasado, se reunió el Parlament de Catalunya para escuchar la esperada declaración de independencia que había prometido el presidente de la Generalitat Carles Puigdemont Casamajón. Simultáneamente, muy cerca de allí, en el Passeig de Lluís Compays había sido convocada una gran concentración popular pro independencia.

Mediante pantallas gigantes instalada para la ocasión, la multitud concentrada en el Passeig de Companys siguió la sesión del Parlament… y fue derivando de la euforia y la esperanza, a la desilusión… y muchos a la indignación. Quizás también para algunos el termómetro de la bronca subió algunos grados adicionales por el lugar donde habían citado a la concentración independentista. Sonaba como una burla.

Es que el paseo de Lluis Companys (1882-1940) conmemora a la gran figura histórica del nacionalismo catalán. Aunque de ninguna manera fue un socialista revolucionario, Companys –presidente de la Generalitat de Catalunya en dos ocasiones– fue un luchador por los derechos de una nacionalidad oprimida, la nación catalana… Y pagó eso con su vida…

Cuando estaba exiliado en Francia, fue capturado por la Gestapo en agosto de 1940 y entregado luego al gobierno fascista del “Generalísimo” Franco. Después de ser torturado varias semanas, fue fusilado en el castillo de Montjuïc, Barcelona, el 15 de octubre.

Justamente esta semana –en que se esperaba la proclamación de la independencia de Catalunya– se cumplían 77 años del fusilamiento de Companys por los padres del actual régimen monárquico de Madrid…

Pero se equivocaron quienes suponían que Puigdemont y su eterno acompañante –Oriol Junqueras de Esquerra Republicana de Catalunya (ERC)– iban a seguir el ejemplo de lucha de Companys. Una cosa es tener a Companys en los altares para lograr votos. Otra cosa es jugarse el pellejo cuando es necesario… como lo hacía el fusilado líder del separatismo catalán.

Hace unos 2.000 años, un señor llamado Plutarco escribió una serie de best sellers que lo hicieron famoso: las “Vidas Paralelas”. Narraba las biografías de un par de personajes –uno griego, otro romano– de trayectorias similares; por ejemplo, Alejandro Magno y Julio César. Pero hoy eso no va con Puigdemont-Junqueras, por un lado, y Companys por el otro. No son semejantes ni “paralelos”,

Ya es evidente, salvo un giro de 180º, que ni Puigdemont ni Junqueras quieren enfrentarse hasta las últimas consecuencias al dominio de Madrid, como lo hizo el líder torturado y fusilado del nacionalismo catalán. Para ver las diferencias políticas –y no sólo de su conducta temerosa–, conviene recordar algunos hechos.

Lluis Companys i Jover, no sólo elecciones como sus sucesores

La trayectoria política de Companys es compleja y cambiante. Inicialmente, la figura histórica del nacionalismo catalán, no fue, ni “separatista” ni “catalanista” en sentido estricto. Pero sus ideas republicanas y anticlericales chocaban de todos modos contra los “principios” de la monarquía de los Borbones que reinaba en ese momento en España.

Se involucró desde muy joven en actividades políticas. A los 18 años, en la Universidad de Barcelona, fue fundador de la Asociación Escolar Republicana. Habló también en un acto público anticlerical en la Plaza de Toros.

Licenciado en Derecho, se dedicó al periodismo pero también trabajó como abogado laboralista. Esto le permitiría tender fuertes lazos con dos sectores de importancia social y política fundamental: el movimiento obrero catalán y el de los campesinos arrendatarios (rabassaires).

Esto de ninguna manera significaría que Companys se involucraba en la construcción de organizaciones políticas obreras ni socialistas, o por lo menos de independencia de clase. Pero sí que trataba de conquistar una base social donde hacer pie.

Pero esto implicaba también acciones y actividades políticas nada pacíficas que podía llevar tanto a lograr una banca como ir a parar a la cárcel o al cementerio. En ese escenario, Companys participa en 1917 en la fundación del Partido Republicano Catalán (PRC) y logra una banca de concejal en un distrito de Barcelona.

Ese año y los siguientes son también de grandes luchas obreras ferozmente reprimidas. En 1919/1920, Companys fue encarcelado junto con decenas de dirigentes obreros en un castillo de la isla de Menorca… pero poco después asume una banca de diputado debido a la muerte de su titular… lo que obliga al gobierno a liberarlo.

Ese episodio refleja las condiciones de la lucha política de esa época. El titular de esa banca del PRC, Francesc Layret, compañero de estudios de Companys y cofundador de ese partido, había sido muerto por un “pistolero”. Así se llamaba a los asesinos contratados por la gran patronal catalana y/o el gobierno para deshacerse de dirigentes obreros y rabassaires, o de gente “molesta” como los nacionalistas catalanes del PRC, que además hacían de asesores legales. Layret, aunque de familia burguesa, fue muerto al salir de su casa cuando iba a hacer gestiones por los presos.

La década del ‘20 fue un período de extrema reacción, signada por la dictadura del Gral. Primo de Rivera, bajo el paraguas protector de la monarquía del rey borbón Alfonso XIII… bisabuelo del actual borbón Felipe VI, que vuelve a levantar el garrote contra Catalunya. Los años ‘20 fueron un período de deterioro económico, político y social de la España monárquica.

La Segunda República y el levantamiento de 1934

Todo estalló en los años ’30. Primero, en enero de 1930, cayó el dictador Primo de Rivera que huyó a Francia. Luego, en abril de 1931, hizo las valijas su ex patrón Alfonso XIII. Se iniciaba así la Segunda República… y también un período de revolución/contrarrevolución que se desplegaría en la Guerra Civil de 1936/39.

En relación a Companys, el nuevo período significaría la fundación en 1931 de Esquerra Republicana de Catalunya (ERC), el partido que hoy comparte el gobierno de la Generalitat con Junts pel Sí de Puigdemont.

Pero, desde ya, la Esquerra Republicana de Catalunya de 1931 era muy distinta de la actual… así como Companys, aunque no era un socialista revolucionario, difería radicalmente de los políticos pusilánimes posmodernos… que abundan en la actualidad… también en el nacionalismo catalán.

Una de las tantas demostraciones de eso fue paradójicamente una derrota: la proclamación del Estado Catalán independiente, el 6 de octubre de 1934.

En ese momento, el gobierno de Madrid había sido copado por la derecha (el llamado “bienio negro”). Se había lanzado al ataque contra los trabajadores y también contra Catalunya y las concesiones de autonomía logradas.

En vez de sentarse a llorar –al estilo Puigdemont–, Companys, al frente de la Generalitat, desató una insurrección, proclamando el “Estado Catalán de la República Federal española”. Su llamamiento decía, entre otras cosas:

“Catalanes: Las fuerzas monarquizantes y fascistas que de un tiempo a esta parte pretenden traicionar a la República han logrado su objetivo y han asaltado el poder.

[…] Los partidos y los hombres que han hecho públicas manifestaciones contra las menguadas libertades de nuestra tierra, los núcleos políticos que predican constantemente el odio y la guerra a Cataluña, constituyen hoy el soporte de las actuales instituciones.

[..] Todas las fuerzas auténticamente republicanas de España, y los sectores sociales más avanzados, sin distinción ni excepción, se han alzado en armas contra la audaz tentativa fascista.

“[..] En esta hora solemne, en nombre del pueblo y del Parlamento, el Gobierno que presido asume todas las facultades del Poder en Cataluña, proclama el Estado Catalán de la República Federal española, y al establecer y fortalecer la relación con los dirigentes de la protesta general contra el fascismo, les invita a establecer en Cataluña el gobierno provisional de la República, que hallará en nuestro pueblo catalán el más generoso impulso de fraternidad en el común anhelo de edificar una República Federal libre y magnífica.

“[..] Catalanes: La hora es grave y gloriosa. Cada uno en su lugar y Cataluña y la República en el corazón de todos. ¡Viva Cataluña! ¡Viva la República! ¡Viva la libertad!

“Lluís Companys, Presidente de la Generalidad…

“Barcelona, 6 de octubre de 1934”

La insurrección fracasó, entre otros motivos porque la CNT, la poderosa central obrera anarquista se mantuvo al margen. Tampoco se coordinaron las acciones con fuerzas de otras regiones, como Asturias, que enfrentaba con las armas en la mano, las medidas reaccionarias y represivas del gobierno español del “bienio negro”[1]. Companys y otros activistas del nacionalismo catalán fueron presos.

En resumen…

Desde el pasado, este acontecimiento, a pesar de no ser un triunfo, pinta una dirección del nacionalismo catalán, encarnada en Lluis Companys, que tiene poco que ver con los pusilánimes posmodernos que hoy ocupan su lugar.

Desde ya, eso no significa que compartimos el programa de Companys ni menos aun sus políticas, especialmente en la Guerra Civil (1936-39). Companys avaló la política de subordinación a las directivas de Moscú vía el PCE, que llevaron a la desmoralización y la derrota del heroico proletariado de Catalunya y del resto de España.

Tampoco recomendamos hacer llamamientos a la insurrección, si las cosas no están bien preparadas y la situación no ayuda.

Pero Companys es muy respetable, en comparación con personajes que declaran la independencia de Catalunya e inmediatamente la “suspenden”, muertos de miedo… y sin tomar la menor medida para organizar y movilizar a los millones de catalanes que apoyan la independencia y que se jugaron el 1º de octubre.

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1.- El “bienio negro” de la República Española se extendió de 1933 a 1935. En las elecciones de 1933 se impusieron los partidos de derecha, por un “voto castigo” a la izquierda republicana, que había defraudado a los electores al no tomar medidas favorables a los trabajadores y sectores populares.