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Asumió Boris Johnson, un “Donald Trump” británico

El miércoles 24/7 asumió en el Reino Unido un nuevo Primer Ministro, el derechista Boris Johnson. Es también el nuevo líder del Partido Conservador, ambos cargos que dejó vacante Theresa May al presentar su renuncia a comienzos de junio.

Ale Kur

Para explicar sintéticamente quién es Boris Johnson, diremos que se trata de una especie de “Donald Trump” británico. Conservador, nacionalista, racista, xenófobo, neoliberal a rabiar, usuario asiduo de fake news, y apoyado desde EEUU por el Donald Trump original. Es partidario de rebajar impuestos a los ricos y desregular aún más la economía. Fue dos veces alcalde de Londres, y en los últimos años utilizó esa visibilidad para convertirse en uno de los principales defensores de un “Brexit duro”, dirigido centralmente contra los inmigrantes y contra el “proteccionismo comercial” de la Unión Europea (en esto sí se diferencia de Trump: Johnson abraza por completo el libre comercio mundial y se opone a las tarifas aduaneras y regulaciones). Prometió que como Primer Ministro se encargaría de llevar adelante el Brexit, cumpliendo así la tarea que el gobierno de May no quiso o no fue capaz de completar.

Además de su contenido reaccionario, el nuevo gobierno tendrá un carácter profundamente antidemocrático: en la última elección en la que participó la población del Reino Unido (la votación de mayo para elegir parlamentarios de la Unión Europea), el Partido Conservador de Johnson sacó solamente el 9% de los votos y quedó relegado al quinto lugar, tras el desastre del gobierno de May. Pero luego de ese duro golpe, que demolió la legitimidad del Partido Conservador, no fueron convocadas nuevas elecciones generales para renovar el Parlamento: los parlamentarios votados en 2017 siguieron atornillados a sus cargos, por lo que formalmente el Partido Conservador sigue siendo el partido gobernante. Por esa razón al nuevo gobierno lo eligieron solamente los propios miembros de su propio partido, en vez del conjunto de la población: lo votaron poco más de  90.000 personas[1] para gobernar a 66 millones.

Es por este motivo que Jeremy Corbyn, líder del Partido Laborista (hasta el año pasado el segundo partido más votado del Reino Unido, y que se perfilaba como posible recambio para el gobierno) exigió la convocatoria de nuevas elecciones generales.[2] Esto podría ocurrir, entre otras posibilidades, si el nuevo gobierno fuera sometido en el parlamento a un voto de confianza y lo perdiera.

Pero inclusive el propio Partido Laborista se encuentra muy debilitado en los últimos meses: en las elecciones europeas perdió gran cantidad de votos frente a los liberal-demócratas y los ecologistas (partidos opuestos al Brexit), quedando relegado al tercer puesto con menos del 14% de los votos. Por lo cual, toda la representación política británica se encuentra en un estado de fragmentación e indefinición que puede resolverse en direcciones insospechadas: unas nuevas elecciones generales se disputarían en condiciones relativamente paritarias entre cuatro partidos diferentes.

El nudo sin resolver del Brexit

Brexit” es el nombre que recibe la ruptura del Reino Unido con la Unión Europea, aprobada en un referéndum popular en 2016 con el 52% de los votos. Desde ese entonces, el Brexit se trata del problema político central de la situación británica, que se llevó puesto al gobierno de Theresa May, que debilitó fuertemente el bipartidismo tradicional británico y que también puede hacer volar por los aires al nuevo gobierno de Johnson.

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Según acordaron el Reino Unido y la UE, el Brexit tiene como fecha límite el 31 de octubre del año corriente, luego de lo cual automáticamente el Reino Unido quedaría afuera de la UE, sea que haya llegado o no a un acuerdo de cómo continuar sus relaciones con la misma. Boris Johnson sostuvo en discursos que se compromete a cumplir con el plazo del 31/10, y que intentaría buscar “un acuerdo mejor” con la Unión Europea para continuar sus relaciones luego de esa fecha.

En caso de que se llegue a la fecha del 31 de octubre sin un acuerdo con la UE, ocurriría automáticamente un “Brexit duro” con importantes consecuencias. Por un lado, un Brexit duro rompería todos los acuerdos comerciales con la UE, y el Reino Unido sería tratado por ella como un país externo, con las mismas barreras arancelarias que los demás, propinando un duro golpe a sus industrias de exportación y a sus empleados. Este es el principal argumento en contra del “Brexit duro” que esgrimen los sindicatos y el Partido Laborista. También se vería dificultada la libertad de movimiento hacia el continente, cuestión que preocupa especialmente a la juventud, a sectores de las clases medias profesionales, intelectuales y artistas que circulan habitualmente en dicho espacio (sectores que en las elecciones europeas se inclinaron mayormente por el apoyo al partido liberal-demócrata o al ecologista).

Por otro lado, el Brexit duro significaría el regreso de una barrera física entre Irlanda del Norte (parte del Reino Unido) y la República de Irlanda (parte de la Unión Europea), rompiendo los acuerdos de paz alcanzados entre los diferentes sectores de la población luego de décadas de conflicto. En ese escenario, es de esperar que un amplio sector de la población de Irlanda del Norte prefiera ir a una reunificación de las Irlandas (separándose del Reino Unido) antes que volver a la división interna y los conflictos. De esta manera, quedaría amenazada la propia unidad e integridad del Reino Unido.

Este peligro se ve agravado porque tanto Irlanda del Norte como Escocia tienen una mayoría de personas que se oponen claramente al Brexit y lo manifestaron en el referéndum de 2016. En el caso de Escocia, el país ya viene de realizar en 2014 un referéndum de independencia del Reino Unido, que aunque resolvió permanecer allí, lo  hizo ya en ese entonces con un 45% de su población votando retirarse. En la actualidad, está planeado realizarse un nuevo referéndum para volver a decidir sobre la cuestión, sobre la base de la nueva situación creada por la crisis del Brexit. Los dirigentes escoceses plantean acelerar esa consulta popular a la vista del nuevo gobierno de Johnson[3].

Pero, ¿cuánta legitimidad popular sigue teniendo el Brexit hoy en día, a tres años del referéndum? Esta pregunta es muy difícil de responder, ya que existen señales contradictorias al respecto. Por un lado, diferentes medios de comunicación reflejan elementos de arrepentimiento de sectores que habían votado a favor del mismo (en una votación que ya de por sí había resultado muy pareja). Pero al mismo tiempo, el “Partido del Brexit” del derechista Nigel Farage fue el partido más votado por los británicos en las elecciones europeas de mayo, lo que parece indicar un importante núcleo duro de apoyo. Sin embargo, inclusive sumándole los resultados de los Conservadores y otros partidos pro-brexit, todos ellos juntos apenas llegaron a la mitad de los votos: la otra mitad siguió perteneciendo a los partidos anti-brexit o que apoyan un “Brexit moderado”. Es decir, en la práctica existe una especie de “empate técnico” entre las fuerzas que quieren una ruptura con la Unión Europea y las que no la quieren.

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Ese mismo problema es el que viene trabando la cuestión del Brexit desde el resultado del referéndum de 2016. Ninguna propuesta sobre el tema logró hasta ahora obtener una mayoría parlamentaria que le permita ser aprobada. La primera ministra saliente, Theresa May, había llegado a un pre-acuerdo de Brexit con la Unión Europea (que le permitía salir del bloque comunitario manteniendo ciertas relaciones y a partir de determinados plazos transicionales), pero fue rechazado en tres ocasiones diferentes por el parlamento de su propio país. Era impugnado tanto desde los sectores opositores al Brexit como por los que exigían una variante aún más dura del mismo. Fue precisamente este fracaso el que determinó el colapso de su gobierno.

Al momento actual, no hay ningún indicio de que el gobierno de Boris Johnson vaya a tener mejor suerte que la que tuvo May para resolver la cuadratura del círculo. En ese marco, la situación se polariza cada vez más entre dos opciones diametralmente opuestas: una de ellas, propuesta por el Partido Laborista y otras fuerzas, implica realizar un nuevo referéndum popular donde esté planteada la posibilidad de anular el Brexit y continuar formando parte de la Unión Europea como hasta ahora. La otra opción implica no hacer nada y simplemente esperar a que se cumpla la fecha límite del 31/10 para que se produzca en los hechos un Brexit duro.

El gobierno de Boris Johnson tiene todos los condimentos para ser un gobierno de crisis, polarización y choques políticos-sociales. Es necesario que los trabajadores, la juventud, el movimiento de mujeres, los inmigrantes y todos los sectores populares lo derroten con la movilización e impongan en las calles una salida propia.

 

[1] “Farage insta a Johnson a cumplir su promesa de lograr el Brexit el 31 de octubre: ‘Es hacerlo o morir’”, Europa Press, 23/7/19. En https://www.europapress.es/internacional/noticia-farage-insta-johnson-cumplir-promesa-lograr-brexit-31-octubre-hacerlo-morir-20190723151021.html

[2] “Jeremy Corbyn pide elecciones anticipadas”. EuroNews, 23/7/19. En: https://es.euronews.com/2019/07/23/jeremy-corbyn-pide-elecciones-anticipadas

[3] “Nicola Sturgeon may “accelerate” Scottish independence referendum plan after Boris Johnson victory”, The Scotsman, 23/7/19. En https://www.scotsman.com/news/politics/nicola-sturgeon-may-accelerate-scottish-independence-referendum-plan-after-boris-johnson-victory-1-4969607

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A propósito de la crisis del Brexit

Con el crecimiento de la crisis del Brexit, se reabren los debates en la izquierda sobre qué alternativa presentar frente a la Unión Europea neoliberal y la xenofobia reaccionaria imperialista. Reproducimos un artículo de Socialismo o Barbarie inmediatamente posterior al triunfo de la salida de la UE en el referéndum del 2016.

La izquierda inglesa y el Brexit

Enseñanzas de un referéndum que shockeó el mundo

Por José Luis Rojo, SoB n° 386, 30/6/16

“Hasta último momento esperé que permaneciéramos en la Unión Europea aunque fuera por escaso margen. Pero la campaña fue terrible. Ambos bandos esgrimieron argumentos viscerales. Y todo giraba en torno a la inmigración” (Joanna Ciechanowska, directora del Centro Social y Cultural Polaco de Londres, La Nación, 29-06-16).

El domingo pasado se realizó en Inglaterra el referéndum por el Brexit. Éste resultó en un terremoto sobre la situación inglesa, europea y mundial. 52% de los votantes dieron el portazo a la Unión Europea y decidieron sacar a Inglaterra de la misma. La votación produjo un efecto en cadena que dejó en el camino a Cameron, puso en cuestión la unidad nacional de Gran Bretaña, dejó a la UE en grave crisis, impactó en las relaciones de EEUU con Europa, ensombreciendo de paso las ya frágiles tendencias de la economía mundial.

Como si esto fuera poco, el referéndum produjo un dramático giro a la derecha en la situación política inglesa: su indiscutible contenido giró en torno a una campaña archireaccionaria contra la inmigración (argumentos xenófobos sostenidos tanto por las campañas oficiales de la salida como la de la permanencia).

En este contexto, las principales organizaciones de la izquierda inglesa se dividieron entre los partidarios del Leave (SWP y PS) y el Remain (Socialist Resistance, mandelista), no logrando sostener lo que hubiera correspondido: una campaña militante por la abstención o el rechazo en un referéndum donde cualquiera de sus alternativas “positivas” (por sí o por no), eran una trampa.  

Un cataclismo de consecuencias aún inciertas  

Lo primero a señalar son las consecuencias del Brexit en el terreno de las relaciones entre Estados y de la economía europea y mundial. No hay dudas acerca de las consecuencias desorganizadoras de la votación[1]. Es decir: la Unión Europea es un “armado imperialista” que forma parte de un Sistema Mundial de Estados donde EEUU en conjunto con los principales países de la UE y en menor medida Japón, constituyen el pivote donde se ha asentado la estabilidad mundial desde la salida de la Segunda Guerra Mundial (orden reafirmado luego de la caída del Muro de Berlín).

En esta configuración Gran Bretaña siempre ha jugado el papel de “aliado preferencial” de los Estados Unidos (al menos desde la salida de la segunda guerra), aliado que a los efectos del orden mundial y de la estabilidad internacional, es mucho más útil que esté dentro de la Unión Europea que fuera de ella. Que la Unión Europea pierda su segunda economía y primera potencia militar y financiera, no es un tema menor: coloca un interrogante acerca de las condiciones de estabilidad y permanencia de la Unión Europea como tal[2]

Gran Bretaña misma no sabe a ciencia cierta qué lugar ocupará, de ahora en más, respecto de los EEUU y el orden mundial. Es cierto que por su “carácter especial” (su relación transatlántica con los Estados Unidos, lo que resta de su imperio de ultramar, su carácter insular), ocupó siempre un lugar (v.g.) especial en relación a la Europa continental. Pero su portazo a la Unión Europea, a priori, tiende a achicarle los márgenes de maniobra.

Además, como por efecto boomerang, la salida de la UE se ha vuelto contra la propia Gran Bretaña, poniendo en cuestión su unidad nacional. Las autoridades de Escocia han vuelto a la carga afirmando que convocarían a un nuevo referéndum sobre la permanencia del país en el Reino Unido (Escocia quiere permanecer en la Unión Europea). Un caso similar sería el de Irlanda del Norte, que en un reposicionamiento sin antecedentes, amenaza con unificarse con la República de Irlanda (como forma de permanecer en la UE).

Y esto por no hablar de las consecuencias económicas de la votación: la caída en los mercados (la más grave desde la quiebra de Lehman Brothers); el derrumbe de la libra esterlina a mínimos históricos desde 1985; el hecho que la propia City de Londres y los bancos no sepan a qué atenerse de aquí en más (se dice que los grandes ganadores de la separación serían los fondos más especulativos); las perspectivas de la recuperación económica inglesa, una de las más sólidas en Europa los últimos años. Sobre llovido mojado: el Brexit podría transformarse otro tanto factor que sumaría a la creciente preocupación de que la economía mundial se deslice a una nueva recesión.

De todas maneras, sería bueno no adelantarse demasiado en materia de pronósticos. El análisis realizado arriba habla de los peligros potenciales de la decisión. Además, cuando se está en manos de aprendices de brujo de uno y otro lado (desde un James Cameron jugado a la permanencia hasta Boris Johnson y Nigel Farage apostando a la salida), muchas veces las consecuencias terminan yendo más lejos que lo que pretendían estos aprendices.

Porque también es verdad que son unos demagogos; ya están relativizando los efectos de la votación. Además, a todos los efectos prácticos, todavía se trata de una elección, un referéndum, no de un hecho directo de la lucha entre las clases (o un choque material entre Estados). Esto hace a que su resultado esté sujeto a una ardua negociación entre las autoridades inglesas y de la UE, negociación que quién sabe dónde terminará: “Desde que los británicos decidieron abandonar la Unión Europea, el resultado del Brexit desató una conmoción tan profunda que ahora la opinión pública parece enfocarse en una opción extrema: cómo hacer para no aplicarlo” (“Tras el shock, una idea extrema: cómo hacer para abortar el Brexit”, Max Fischer, The New York Times, citado en La Nación, 29-06-16).

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De ahí que parezca algo exagerado Alex Callinicos al definir el Brexit como “Un giro histórico mundial” (International Socialism n°151, 27-06-2016). Esto habrá que verlo todavía. Porque el alcance real de sus consecuencias dependerá de la suma de todas las demás condiciones. El Brexit es un llamado de atención respecto de las tendencias en obra a la disgregación del orden mundial; pero sus consecuencias concretas habrá que ir midiéndolas paso a paso.

La falta de un análisis concreto   

Pero con el análisis “geopolítico” de las consecuencias del referéndum no alcanza para hacerse una composición de lugar. Una cuestión de primer orden es su significado político concreto; el marco político en el cual se procesó esta votación.

Aquí las cosas son mucho más contradictorias. Ocurre que no es igual que la crisis de la archiimperialista Unión Europea se procese por la izquierda (por una alternativa superadora, anticapitalista, internacionalista, de unidad de los pueblos y clases trabajadoras de la región), que por una vía de derecha y extrema derecha xenófoba, nacional-imperialista, como es el caso en la actual coyuntura.

Los fenómenos son concretos. La suma de todas las tendencias económicas, geopolíticas y políticas generales se concretan en las relaciones entre las clases: se hacen específicamente políticas. Una cuestión de la cual no puede hacerse abstracción como ocurre en el caso del SWP: “Es una tragedia que los laboristas no hayan apoyado la opción de salida. Si lo hubieran hecho, habrían transformado el debate en uno mucho más acerca de la democracia, la ruptura con la austeridad y la resistencia al control corporativo que sobre el racismo” (“Después del voto de salida de la UE y la renuncia de Cameron: unirse para desarrollar la revuelta contra el establishment”, Charly Kimber).

El argumento es particularmente erróneo no sólo porque la flor y nata del laborismo blairista era evidente que haría campaña por la permanencia (una campaña racista y xenófoba también de su parte), sino porque, además, esta realidad no podía ser modificada a voluntad creando falsas expectativas en lo que de ninguna manera iría a hacer el laborismo: su curso reaccionario debía tomarse como un hecho objetivo antes de decidir la táctica y no sólo después, como justificación de lo que hubiera podido ocurrir si las cosas hubieran sido diferentes…

Lamentablemente, la forma concreta que asumió el justo malestar contra las políticas autericidas de Cameron y la UE entre porciones mayoritarias de los trabajadores (no así entre la juventud), fue echarles la culpa a los inmigrantes: “Esta ha sido la campaña nacional más reaccionaria en la historia política Británica, resultando en una emergencia abierta de la extrema derecha (…) Ha legitimado el racismo y la xenofobia como nunca antes” (“Brexit vote is a disaster, but de struggle goes on”. Declaración de Socialist Resistance sobre el resultado del referéndum, 24 de junio 2016)[3].

De todas maneras, existe un factor decisivo que olvidaron los compañeros del otro sector de importancia del trotskismo inglés, Socialist Resistance: hicieron campaña por la permanencia conjuntamente con Yanis Varoufaquis (ex ministro de Economía del primer gobierno de Syriza) y con militantes de Syriza en Inglaterra. Uno de los crímenes de su campaña (más allá del voto por la permanencia en la UE), es que soslayó la inmensa responsabilidad que le cupo a Syriza en el giro a la derecha europeo.

En Grecia las cosas eran claras. El triunfo de Syriza expresó un cuestionamiento por la izquierda a la austeridad ordenada por la Unión Europea. De haber procedido Tsipras a rechazar los memorandos de la troika y salirse del euro, hubiera desatado una ola de solidaridad continental y dado una alternativa por la izquierda a los demagogos nacional imperialistas. 

Pero la “aventura” de Tsipras terminó como todo el mundo sabe: una vergonzosa capitulación a las autoridades europeas aplicando los ajustes que prometió rechazar. Y, de paso, desmoralizando a un amplio sector de los trabajadores y la juventud griega pavimentando el camino para un giro a la derecha en Grecia, así como influyendo en el mismo sentido a nivel continental.

Tsipras no tiene empacho en salir a decir que “defiende Europa”; a justificar con el Brexit su curso capitulador. Un verdadero escándalo de parte de un gobierno que se ha arrastrado por el fango del ajuste dictado por las instituciones europeas; que ha dejado libre el camino para que la UE sea cuestionada por demagogos de la derecha y extrema derecha como Boris Johnson y Nigel Farage, además de otros tantos en Europa como Marie Le Pen y demás.

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Es en estas concretas condiciones que se desarrolló el Brexit. No podía sorprender que se procesara por derecha. De ahí que las opciones tácticas no fueran tan sencillas, ni se pudieran desprender mecánicamente del justo rechazo a la Unión Europea.

El error de mezclar las banderas

Para abordar las posiciones que esgrimió el trotskismo inglés hay que partir del contenido de las campañas oficiales del Leave y del Remain, campañas que no podían ser “desbordadas” por las fuerzas mucho más pequeñas de la izquierda revolucionaria.  

El Brexit no fue como en Grecia: no dominaron las motivaciones económicas antiausteridad. Ocurre que, además, el Reino Unido no es un país dependiente como Grecia sino la quinta potencia económica mundial. De ahí que el nacionalismo inglés tenga una naturaleza completamente diferente al griego: es un nacional-imperialismo de gran potencia, opresor, de reafirmación de ese status privilegiado en el orden mundial.  

Lo concreto es que el referéndum como un todo estuvo monopolizado por una reaccionaria campaña antiinmigrante. La multitud de casos de odio xenófobo ocurridos luego de la votación están ahí para atestiguarlo: “Las principales víctimas parecen ser el millón de polacos, que llegaron a partir de 2004, cuando ese país ingresó en la UE. Pero no son los únicos. También los pakistaníes, comunidad muy presente en el Reino Unido, se han vuelto blanco de esa persecución. Un médico relató ayer por televisión cómo un paciente le dijo a su colega radiólogo: ‘¿Usted no debería estar ya en un avión hacia Paquistán? ¡Nosotros votamos para que ustedes se vayan!” (La Nación, 29 de junio del 2016).

Ocurre que las motivaciones de una profunda crisis económica y social pueden expresarse tanto por izquierda como por derecha. Trotsky había insistido contra este tipo de objetivismo: el error de hacer abstracción de las condiciones concretas en medio de las cuales se desarrolla una crisis. Su resultado nunca podría ser del tipo “a más crisis, más giro hacia la izquierda”. Si el entorno es reaccionario, difícilmente encuentre un cauce por la izquierda: de ahí el contenido concreto del referéndum. El SWP cayó en este error objetivista de diluir las circunstancias concretas en las más generales: su apuesta pareció ser del tipo “la pegamos, porque el Brexit ha producido un cataclismo mundial”…

Pero reemplazar la política por la geopolítica es un gravísimo error. Hace abstracción, justamente, de lo que señalamos arriba: las concretas condiciones políticas en las que se procesan las relaciones entre Estados. Callinicos parece esgrimir el erróneo argumento de “cuanto peor mejor”. Pero hacer abstracción de las circunstancias concretas en las cuales se aplican este conjunto de determinaciones es un error completo. Las consecuencias políticas son derechistas y no hay forma de tapar esto con la crisis geopolítica general.

También parece olvidar que el marxismo siempre ha insistido (con Clausewitz) en que la guerra es la continuidad de la política por otros medios; que las relaciones de Estados se deducen, en última instancia, de relaciones de clase; que las relaciones exteriores siempre se han deducido de las interiores.  

En la campaña oportunista de la izquierda del Remain, la argumentación fue mecánicamente la opuesta: las consideraciones principistas respecto del carácter imperialista de la Unión Europea quedaron completamente diluidas. Los compañeros de Socialist Resistance parecen haber tenido más sensibilidad política. Pero perdieron de vista que también la campaña oficial por el Remain agitó los fantasmas demagógicos y reaccionarios antinmigrantes.

Lo sorprendente es que ninguna de las corrientes del trotskismo inglés haya defendidola abstención, el repudio al referéndum. Esto es incomprensible porque había esa posibilidad: expresar mediante la abstención una posición independiente de ambos bandos patronales. Probablemente la abstención (o la anulación del voto) hubieran sido muy bajas; es difícil saberlo. Pero al menos hubiera podido expresarse una posición independiente, no solaparse con ambas campañas imperialistas.

 

[1] Alex Callinicos (dirigente del SWP) hace referencia a esta consecuencia del Brexit para justificar su opción por el Leave. Sin embargo, esta extrapolación mecánica de todas las demás tendencias presentes en la situación inglesa y europea, se reveló como un grave error. Más abajo volveremos sobre esto.

[2] Nótese que un eventual “asedio” desde un país periférico como Grecia era una cosa; ya el “estallido” de la UE en uno de los países centrales de la Unión es algo muy diferente.

[3] Se trata de la declaración del sector mandelista del trotskismo inglés, el que de todas maneras acierta en el blanco respecto del resultado concreto del referéndum, esto más allá que su opción por la campaña de la permanencia la haya dejado pegada con las principales fuerzas del imperialismo que defienden la Unión Europea.