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Terrorismo, Estado Islámico y marxismo

Nuevos métodos y viejos debates

Los brutales y bárbaros ataques del Estado Islámico (EI), de los cuales los cometidos en París son sólo una muestra, han generado la condena y el repudio prácticamente universales. Salvo acaso en el nazismo, la tortura medieval y los peores crímenes del imperialismo, cuesta encontrar antecedentes para el desprecio por la vida de simples civiles y el regodeo en la crueldad, característicos de esta organización. Pero conviene detenerse un minuto a llenar de contenido la palabra que debe ser hoy la más pronunciada en los medios de comunicación de todo el orbe: terrorismo. Desde el marxismo y la tradición socialista revolucionaria, la cuestión del terror, los métodos terroristas y el terrorismo como práctica política siempre han sido objeto de una elaboración específica, que aborda el tema con una seriedad totalmente ausente en los habituales comunicadores ignorantes de los medios de desinformación. Empezar a recordar y reproponer esa elaboración a la luz de los nuevos desarrollos históricos es el objeto de estas notas.

El “terrorismo clásico” de anarquistas y populistas

Desde el surgimiento mismo del movimiento obrero (y del marxismo como corriente en su seno), a partir de la segunda mitad del siglo XIX, se planteó el debate de si era lícito o no recurrir a los métodos terroristas, propiciados por al menos algunas vertientes del anarquismo y, ya en el tercer cuarto del siglo XIX, por los populistas rusos.

Aclaremos de qué se trataba: estas corrientes buscaban llevar a cabo asesinatos políticos, por lo general de figuras públicas importantes como ministros, jefes de policía o incluso jefes de Estado (los populistas rusos tenían como blanco al propio zar), lo que luego se llamó magnicidio. Desde ya, en la mayoría de los casos se trataba de personajes odiados por las masas, de opresores, represores o enemigos del pueblo; con esto contaban los terroristas para ganar la simpatía de amplios sectores y, según los casos, “sumarlos a la lucha” o “contribuir al despertar de los oprimidos”.

Son argumentos típicos que luego serían revisitados por muchas de las corrientes guerrilleras de todo el mundo en los años 60 y 70 del siglo XX. Así, por ejemplo, en América Latina, Tupamaros, el ERP, Montoneros, el M-19 y muchas otras organizaciones secuestraban o asesinaban empresarios, jerarcas militares o altos funcionarios; lo propio hacían (con mayor o menor grado de desprecio por las víctimas civiles) la ETA vasca, el IRA irlandés, la RAF alemana o las Brigadas Rojas italianas, entre muchas otras. Pese a que muchas de esas organizaciones se consideraban o autodenominaban marxistas, la realidad es que el marxismo siempre ha condenado el terrorismo individual o de grupos autoerigidos en “representantes del sentir de las masas”.

Conviene tener presente que cuando en los textos clásicos del marxismo se habla del terrorismo “individual”, la referencia no es ni única ni principalmente a actos cometidos por individuos aislados, sino sobre todo a la acción de grupos separados del movimiento de masas, por lo común de carácter secreto y conspirativo, que actúan de manera independiente y más de allá de todo debate y control en cualquier organismo de masas, llámese sindicato, soviet o lo que fuere.

La esencia del “terrorismo individual” al que combate la postura marxista no es que esté a cargo de individuos, sino que se trata del accionar de grupos a espaldas de las masas y sin rendir cuentas ante ninguna organización colectiva amplia de los trabajadores o de los sectores oprimidos en cuestión (sean capas sociales o etnias, grupos nacionales o religiosos, etc.).

Las razones del rechazo del marxismo a las tácticas terroristas no son simplemente “humanitarias” (aunque esa consideración tiene su importancia), sino políticas.[1]

En primer lugar –y esto es lo fundamental–, el terrorismo representa, como vía de “solución” a los grandes problemas sociales, un callejón sin salida, porque debilita la fuerza y la voluntad de las masas para entrar en acción de manera independiente contra los opresores.

Así lo resumía León Trotsky en un texto escrito hace más de un siglo que conserva total vigencia, donde distingue entre el “terrorismo” que, según la clase dominante, ejerce la clase obrera, y el terrorismo “en sentido estricto” que llevan a cabo corrientes como los anarquistas y los populistas rusos. Citamos in extenso:

Hacer terrorismo mediante una amenaza de huelga, o llevar a cabo una huelga, es algo que sólo pueden hacer los trabajadores de la industria. (…) Sólo los trabajadores pueden llevar a cabo una huelga. Los artesanos arruinados por la fábrica, los campesinos cuyas aguas han sido contaminadas por la fábrica, o el lumpen-proletariado ávido de saqueo, pueden romper las máquinas, prender fuego a la fábrica o asesinar a su propietario. Sólo la clase obrera, consciente y organizada, puede enviar en representación una muchedumbre al parlamento para defender los intereses de los proletarios. Por el contrario, para asesinar a un personaje oficial en la calle no es preciso tener tras sí masas organizadas. La fórmula para fabricar explosivos está al alcance de todo el mundo y uno puede hacerse con un Browning en cualquier parte. En el primer caso se trata de una lucha social cuyos métodos y medios derivan necesariamente de la naturaleza del orden social existente, en el segundo de una reacción puramente mecánica, idéntica en todas partes –tanto en China como en Francia–, muy impactante en sus formas externas (muerte, explosiones, etc.) pero absolutamente inofensiva en lo que respecta al sistema social.

(…) Que un atentado terrorista, incluso ‘afortunado’, provoque confusión entre la clase dirigente, depende de circunstancias políticas concretas. De todas formas, esta confusión siempre dura poco (…). Pero el desorden que un atentado terrorista provoca entre las masas obreras es más profundo. Si basta armarse con un revólver para lograr el objetivo, ¿para qué los efectos de la lucha de clases? Si un dedal de pólvora y un poco de plomo bastan para atravesarle el cuello al enemigo y matarlo, ¿para qué hace falta una organización de clase? Si tiene sentido aterrorizar a los más altos personajes mediante el estampido de las bombas, ¿es necesario un partido?

(…) A nuestro entender, el terror individual es inadmisible precisamente porque devalúa el papel de las masas en su propia consciencia, las hace resignarse a su impotencia y volver la mirada hacia un héroe vengador y liberador que esperan llegará un día y cumplirá su misión. (…) Cuanto más ‘eficaces’ son los actos terroristas y mayor es su impacto, más limitan el interés de las masas por su autoorganización y autoeducación.

Pero la confusión se evapora como el humo, el pánico desaparece, un nuevo ministro ocupa el puesto del asesinado, la vida vuelve a su rutina y la rueda de la explotación capitalista sigue girando como antes; sólo la represión policial se hace más salvaje, segura de sí misma, impúdica. Y, en consecuencia, la desilusión y la apatía reemplazan las esperanzas y la excitación que artificialmente se habían despertado” (L. Trotsky “Por qué los marxistas se oponen al terrorismo individual”, 1911, subrayados nuestros).

Este último punto es importante, y hace al segundo argumento central del marxismo contra el terrorismo: no sólo no ofrece ninguna perspectiva de derribo del sistema, sino que sus efectos prácticos inmediatos son los de legitimar una mayor represión contra el movimiento de masas real y socavar su capacidad de lucha. Algo que quedó de manifiesto con la conformación de un gran frente imperialista para intervenir militarmente en Siria e Iraq, así como la propuesta de Hollande de modificar la Constitución francesa, nada menos, para favorecer medidas represivas en el orden interno. A esto se debe sumar el rebrote aumentado de racismo e islamofobia en Francia y toda Europa. Como dice el periodista Marcelo Falak, “la libertad es, acaso, la víctima aún no contabilizada de las matanzas de París”.

Volviendo a lo anterior, uno de los aspectos centrales del, por así llamarlo, “terrorismo clásico”, es que buscaba “escarmentar” al orden social por la vía de “ajusticiar” a algún alto personaje del sistema. Pero es evidente que de ese rasgo, cuyo peso se fue difuminando de a poco en el accionar de las organizaciones guerrilleras y terroristas como las citadas del siglo XX, no queda casi nada en la práctica terrorista de grupos como Al Qaeda y, sobre todo, el EI.

El terrorismo islamista

Como se desarrolla en otro lugar de este dossier, los movimientos islamistas, incluidos los grupos terroristas como Al Qaeda y EI, surgieron, en primer lugar, sobre el terreno del desastre humano, político y social perpetrado por las potencias imperialistas (EE.UU. y sus aliados) en Medio Oriente.[2] Inclusive podría decirse que el origen del EI se hace más “comprensible” que el de Al Qaeda, cuyo líder Osama bin Laden había dirigido por cuenta y orden de la CIA la resistencia a la ocupación soviética de Afganistán como “combatiente de la libertad”. Asimismo, Osama venía de una de las familias más ricas e influyentes de Arabia Saudita, con fuertes vínculos con la familia del ex presidente George Bush. En cambio, el surgimiento del EI se da sobre el terreno, casi inmediato, del verdadero genocidio que llevaron a cabo los yanquis y luego los gobiernos títeres de EE.UU (y de Irán) en Iraq luego de derrocado Saddam Hussein. Claro que desde su nacimiento el EI se transformó en un aparato totalmente separado de las sufridas masas iraquíes, a lo que se agrega su concepción religiosa completamente retrógrada, cuasi medieval, y métodos bárbaros a los que agregan tecnología (en armas y en estrategias comunicacionales) del siglo XXI.

Es decir: las circunstancias explican su emergencia; pero otra cosa muy distinta es justificar su existencia como organización, su programa, sus objetivos y sus métodos, cuestiones todas que rechazamos de plano. EI no es una organización progresiva, no expresa ninguna aspiración que venga desde abajo a la autodeterminación de pueblo alguno, lo que también lo diferencia de algunos de los “terrorismos clásicos”, que con métodos equivocados, anti-obreros, sin embargo expresaban causas justas.

Al mismo tiempo, conviene detenerse en un aspecto de su accionar. A diferencia del “terrorismo clásico”, estas corrientes no ponen como blanco de sus operaciones militares a ningún figurón o funcionario imperialista. Al Qaeda, por ejemplo, buscó un impacto simbólico golpeando sobre edificios emblemáticos como el Pentágono y las Torres Gemelas de Nueva York, sin importarle, de todas maneras, que en el segundo caso la gran mayoría de los cerca de 3.000 muertos fueran simples trabajadores (muchos de limpieza, trabajando en horas de la mañana para poner el edificio en condiciones).

Ahora bien, el caso de los ataques del EI en París es diferente, porque hasta ese carácter “simbólico” ha desaparecido de la escena: una sala de conciertos de rock, una cafetería o las afueras de un estadio no son exactamente emblemas del imperialismo francés. A primera vista, parecería que el objetivo “militar” era simplemente matar la mayor cantidad de civiles posible en acciones sincronizadas. El único rasgo que puede tener algo de simbolismo es, precisamente, haber atacado París, que si es la capital de un Estado imperialista, es, al mismo tiempo, una ciudad que tiene un carácter universal, una conquista de la humanidad como ciudad.

Así, parecería que las acciones terroristas del EI buscan blancos cada vez más abstractos, indiscriminados y, por lo tanto, más bárbaros: si el terrorismo de los siglos XIX y XX se concentraba en personas odiadas por su función y actividad, Al Qaeda apuntó a edificios simbólicos y el EI, directamente, no pareció mostrar otro objetivo que demostrar que podía cometer atentados en París. No se atacaron políticos u otro tipo de figuras públicas que de algún modo estuvieran comprometidas en la acción imperialista en Medio Oriente, como tampoco lugares que la representen o simbolicen. Los atentados buscaron matar franceses comunes. Y es esta voluntad de daño indiscriminado la que genera el justo repudio, horror e indignación.

En ese sentido, nuestra manera de ver las atrocidades del EI es opuesta a cómo juzgamos la perfectamente legítima resistencia del movimiento de masas árabe a la opresión imperialista y del Estado de Israel. A tal punto las circunstancias y los métodos son distintos que los mismísimos Hezbollah y Hamas (que en otras oportunidades también han recurrido al terrorismo como táctica, que rechazamos) dejaron claro que repudiaban los atentados del EI en París.

Sucede que, aunque no coincidimos para nada con la política, ideología y métodos de Hamas y Hezbollah, estos no son, a diferencia del EI, grupos “terroristas”, como livianamente los califican EE.UU. y la mayoría de los medios, sino organizaciones que son legítimamente representativas del movimiento de masas árabe en general y palestino en particular. Y, aunque sus conducciones sean a nuestro juicio nefastas para los objetivos de la verdadera liberación de Palestina, están en cierto modo obligadas, a su manera, a rendir cuentas de su accionar ante el movimiento de masas del que son parte.

Cosa que no sucede con el EI, que, más allá de su origen, es hoy un aparato separado y ajeno al movimiento de masas, que es lo que distingue a todas las organizaciones verdaderamente terroristas. Por eso puede cometer cualquier barbaridad y llevar adelante acciones no sólo terroristas sino de puro corte medieval ultrarreaccionario, sin tener que responder a ningún cuestionamiento por ninguna vía. Al contrario: no hay crítica ni matiz posible en el seno del EI, so pena de ejecución inmediata con los métodos más horrendos.

De modo que este es el mensaje que, desde el marxismo y el socialismo revolucionario, queremos dejar claro: las masacres, la opresión, la intervención militar y el racismo imperialistas han generado un resentimiento muy profundo en todo Medio Oriente. Pero la respuesta del terrorismo brutal y retrógrado de EI es injustificable: es la peor reacción posible desde el punto de vista de los intereses de las masas árabes y los pueblos oprimidos (kurdos, palestinos y muchas otras minorías étnicas y religiosas), cuyas consecuencias, como se está viendo en estos momentos, se ha vuelto sobre ellos mismos bajo la forma de la legitimación de la acción represiva de Hollande en Francia sobre la población inmigrante y los trabajadores en general, y de sus bárbaros bombardeos en Siria. Sólo su propia organización independiente, sólo su lucha de masas –de la que el mundo árabe y el pueblo palestino han dado múltiples muestras heroicas– puede derrotar al enemigo imperialista y sus aliados, y abrir el camino de decidir su propio destino.

Marcelo Yunes

Notas

(1) Hacemos esta aclaración porque, como decía Trotsky, “digan lo que digan los eunucos y fariseos de la moral, el sentimiento de venganza es perfectamente legítimo (…). La tarea de la socialdemocracia [el marxismo. MY] no estriba en calmar el deseo de venganza insatisfecho del proletariado sino en intensificarlo más y más, profundizarlo y dirigirlo contra las causas reales de toda injusticia y bajeza humanas. Si nos oponemos a los atentados terroristas es sólo porque la venganza individual no nos satisface. La cuenta que tenemos que saldar con el sistema capitalista es demasiado elevada como para presentársela a cualquier funcionario llamado ministro. Aprender a ver todos los crímenes contra la humanidad, todas las indignidades (…), como las excrecencias y expresiones deformadas del sistema social existente para concentrar todas nuestra energías en la lucha contra él” (“Por qué los marxistas se oponen al terrorismo individual”).

(2) Al respecto, es muy atinado el título de la nota citada de M. Falak: “Occidente reprime en casa los demonios que soltó en Medio Oriente” (Ámbito Financiero, 16-11-15). Sólo cabe aclarar que donde dice “Occidente” debe entenderse “las potencias imperialistas occidentales”.

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