La gesta obrera de Barcelona (julio de 1936-mayo de 1937)

Por Ale Kur

La gesta obrera de Barcelona (julio de 1936-mayo de 1937)

La pelea del pueblo catalán por su derecho a autodeterminarse vuelve a poner sobre la mesa su larga tradición histórica revolucionaria. Por esta razón, desde estas páginas queremos recuperar la más importante de todas esas experiencias: la enorme gesta protagonizada por el proletariado barcelonés durante la Guerra Civil Española. Aunque hayan transcurrido ya más de 80 años desde aquellos acontecimientos, sin duda alguna se trata de una huella imborrable, que permanece todavía en el recuerdo de los catalanes y no deja de influir en sus tradiciones y mentalidad política. Esto explica, por ejemplo, que siga siendo la región más combativa de España, con un fuerte protagonismo de las movilizaciones populares, con una sensibilidad progresista muy marcada, con una actitud muy combativa frente al gobierno central español, etc.

En la década del ’30, Barcelona tenía la particularidad de ser la ciudad industrial más importante de España: la región catalana concentraba dos tercios de toda la industria española. Tenía también por lo tanto al proletariado más numeroso, concentrado, organizado y combativo del país. Allí poseía un fuerte arraigo especialmente el anarquismo (referenciado en la CNT – Confederación Nacional del Trabajo- anarcosindicalista) y en menor medida el socialismo (referenciado en la UGT, Unión General de Trabajadores).  En esos años protagonizó varias experiencias revolucionarias previas, incluida la proclamación de una república catalana independiente en 1934.

Los obreros derrotan al golpe franquista en Barcelona

El 18 de julio 1936 comenzó en la España continental el golpe de Estado del general Franco contra la Segunda República. Ante el clima golpista, en Barcelona los sindicatos ya habían comenzado a prepararse para enfrentarlo, organizándose y distribuyendo armas entre los obreros (pese a que los generales republicanos burgueses hacían creer que primaba la “tranquilidad” entre la tropa). Esto se demostró un gran acierto, ya que el 19 (en las primeras horas del día) se sublevó parte de la guarnición de la ciudad, tomando algunos de sus puntos estratégicos. La presión social del proletariado antifascista hizo que gran parte de las fuerzas de seguridad no se plegaran, ya sea permaneciendo “neutrales” o sumándose a la resistencia republicana.

La respuesta de los sindicatos ante el alzamiento fascista fue contundente, llamando a la huelga general y a la resistencia armada de los obreros. Esta comenzó desde muy temprano, levantando barricadas en la ciudad a las que se sumaron los soldados leales a la República. A lo largo de una jornada de fuertes enfrentamientos la situación militar comenzó a inclinarse claramente a favor de los antigolpistas, lo que convenció a los sectores dubitativos de las fuerzas de seguridad de que se alineen con la República y combatan a los sublevados. Para el día siguiente la sublevación ya había sido aplastada en Barcelona, y el triunfo antifascista se extendió también rápidamente al resto de Cataluña. Lo mismo ocurrió también en otras ciudades del país (incluida la capital Madrid), aunque en una gran porción de España los golpistas lograron hacerse con el poder, dando inicio a la guerra Civil.

Por otra parte, el asalto a los cuarteles y la derrota de los sublevados dejó en manos de las milicias obreras los principales arsenales de Barcelona, con decenas de miles de armas. Los obreros en armas eran por lejos la principal fuerza militar en la ciudad y toda Cataluña, superando muy ampliamente en número a las fuerzas de la republica burguesa. Por lo tanto, el gobierno autónomo catalán (la “Generalitat”) y la influencia del gobierno central republicano estaban sostenidos puramente en la política de colaboración que mantuvieron las organizaciones obreras, que pese a su radicalidad se negaban a tomar el poder.

Ante esta situación, el 21 de julio se conformó el Comité Central de las Milicias Antifascistas de Cataluña, avalado por la Generalitat de Lluis Companys[1]. Agrupaba a todos los sectores armados, obreros y militares, que habían enfrentado al golpe, actuando como mando militar de toda la región (y en algunos aspectos como gobierno de hecho, encargado de organizar el abastecimiento para la guerra). Por su peso propio en la defensa de Barcelona, los anarcosindicalistas de la CNT tenían una importancia preponderante en este organismo. También estaban presentes las fuerzas del Frente Popular y del nacionalismo catalán. Este organismo no solo debía defender Cataluña sino organizar la liberación de las provincias ocupadas por los golpistas.  Pese a su breve existencia (fue disuelto el primero de octubre), su naturaleza como organismo de poder popular favoreció el desarrollo de la mayor experiencia revolucionaria de la historia española.

La revolución social en Barcelona

Con el quiebre del intento golpista, se desató en Barcelona y en toda Cataluña (y, aunque en menor medida, en gran parte del resto de la España republicana) una poderosísima revolución social, protagonizada por los obreros, los campesinos, las mujeres y el conjunto de los explotados y oprimidos. En esto tuvo una enorme influencia el peso y la tradición de las organizaciones de la izquierda revolucionaria: la CNT anarcosindicalista (con sus diferentes alas), el POUM dirigido por Andrés Nin (socialista revolucionario y anti-estalinista, cercana por momentos a los postulados de Trotsky), la UGT socialista (con su base más radicalizada) y otros grupos.

Uno de los aspectos más destacados de este proceso fue la colectivización de gran parte de la industria catalana (alrededor del 70% de la misma). Como producto de los combates, muchas fábricas habían quedado abandonadas (por ejemplo, porque sus patrones eran franquistas). Estas fueron inmediatamente ocupadas por los obreros: varias de ellas fueron en lo sucesivo nacionalizadas o “socializadas” por los propios trabajadores, y en otras (donde continuó la propiedad privada) se estableció el control obrero de la producción. En estas empresas colectivizadas los asuntos se resolvían de manera democrática, de abajo hacia arriba, basándose en asambleas de los trabajadores. Las colectivizaciones en Barcelona abarcaron rubros como el transporte, los textiles, la madera, la pesca, el calzado, etc. Se socializaron también cines y teatros, así como la producción cinematográfica (dando lugar a todo un género de obras revolucionarias).

Algo similar ocurrió en el campo. El 24 de julio partió desde Barcelona una columna miliciana encabezada el obrero anarquista Buenaventura Durruti, de la CNT. Su objetivo era liberar Zaragoza, capital de Aragón. La “Columna Durruti”[2] iba promoviendo la revolución social por donde pasaba: los campesinos tomaban las tierras en sus manos –especialmente aquellas que eran incautadas a propietarios franquistas, pero no solamente – y la colectivizaban, formando varios cientos de colectividades rurales. Se conformaría allí el “Consejo Regional de Defensa de Aragón”, organismo de poder popular que en los hechos reemplazaba allí al gobierno republicano. En gran parte de la zona se proclamó el “comunismo libertario” y se experimentaron las concepciones anarquistas sobre la propiedad, el dinero, etc. Estas colectivizaciones rurales también ocurrirían en muchas de las otras zonas de España donde el golpe había sido derrotado.

En su conjunto, las experiencias de colectivización (tanto industriales como rurales), abarcaron a millones de trabajadores en todo el país, marcando a fuego el carácter revolucionario, obrero y socialista, de la enorme resistencia popular contra el fascismo de Franco.

La revolución tuvo también un enrome protagonismo de las mujeres, que se sumaron en grandes cantidades a las milicias populares. Tomaron sus asuntos en sus manos, y así obtuvieron el derecho al aborto en Cataluña, junto a otras conquistas. La revolución social abarcó también muchos otros aspectos: se desarrolló fuertemente la educación popular revolucionaria, basada en las concepciones libertarias. Se promovió el acceso la educación y la salud para todos. En síntesis, fue una experiencia donde comenzó a levantarse (aunque con todos los límites del caso) “un mundo nuevo” (en palabras de Durruti), que tenía al frente a los explotados y oprimidos, a sus intereses, sus aspiraciones y sus concepciones.

La asfixia de la revolución social

Este proceso revolucionario, sin embargo, se vio obstaculizado por la política tanto del gobierno republicano burgués como de la Generalidad catalana y, especialmente, del Partido Comunista estalinista. Todos ellos tenían la concepción de que era necesario “ganar la guerra civil” antes de continuar con la revolución. Eso significaba no molestar a la burguesía con colectivizaciones y milicias obreras: por el contrario, lo necesario era recomponer la estructura del Estado burgués y restaurar la propiedad privada.

Así, estos sectores (con la complicidad de la dirección de la CNT, de la UGT y de los partidos del Frente Popular) poco a poco fueron eliminando las conquistas revolucionarias: se disolvieron las milicias y se integraron al Ejército Republicano comandado por fuerzas burguesas y estalinistas. Las colectivizaciones fueron primero controladas legalmente y luego anuladas. Finalmente, se desató una enorme represión sobre los obreros revolucionarios y sus organizaciones. Este proceso culminó luego de los sucesos de mayo de 1937 [3], permitiendo a los republicanos burgueses reestablecer plenamente su control de la situación. La derrota de la revolución social desmoralizó a millones de obreros y campesinos, minando las bases sociales de la República y favoreciendo en última instancia al triunfo del franquismo en la guerra civil. Sin embargo, la memoria histórica de esta experiencia grandiosa permanece como faro para las nuevas generaciones.

Notas

[1] La creación de este organismo no solo implicaba una ruptura en el normal funcionamiento del Estado burgués (que implica el monopolio de las armas en manos del ejército profesional), sino que significaba también una ruptura del orden centralista de España, donde las fuerzas armadas dependían del gobierno central de Madrid y no de la Generalitat catalana. Es decir, se conquistó al mismo tiempo el derecho del pueblo a estar armado y ser parte central de la defensa, y el derecho a la autodeterminación de la nación catalana en el terreno militar (el más decisivo de todos).

[2] Más adelante, las columnas catalanas tendrían también una gran participación en la heroica defensa de Madrid, en la que Durruti fue asesinado por una bala de dudoso origen (muy posiblemente proveniente del propio bando republicano) en el mes de noviembre.

[3] Al respecto, ver el artículo “A 80 años de las jornadas de mayo de 1937 en Barcelona” Por Carla Tog, SoB Estado Español, 11/5/17

 

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A 50 años del asesinato del Che

Por Guillermo Pessoa, 12/10/17

9 de Octubre de 1967, asesinato del Che

Frente al Parlamento catalán, un adolescente participa de una manifestación mientras lleva una remera con la cara del Che. La imagen podría repetirse (y de hecho, es así) en la plaza Tahir de El Cairo o en la de Mayo de Buenos Aires. Lo que expresa esa vestimenta, es el deseo (y la práctica) para que el mundo cambie. Incluso, para los más formados, ese cambio debe ser en sentido socialista e internacionalista.

Coincidimos, desde ya, en considerar al Che un luchador revolucionario. Quizás por eso mismo, su accionar, sus estrategias políticas necesitan de un balance histórico, teórico y político, que no tendrá el objetivo del anticuario que “diseca” el pasado con un mero fin erudito (en el peor sentido del término); sino que es necesario para preparar más y mejor las luchas por el socialismo que nos plantea el siglo XXI. En esta nota dicho balance, como no podrá ser de otra manera, será sucinto, provisorio y no abordará todas las aristas que el revolucionario rosarino tiene, pero sí las que consideramos esenciales.

Un poco de historia…

En agosto de 1967 o aún antes, la  CIA envía dos agentes para sumarse a la caza de las fuerzas guevaristas que se hallan en Bolivia, con la complicidad y el guiño de las fuerzas armadas de ese país latinoamericano. El 8 de octubre fueron sorprendidos en la Quebrada del Churo.​ El Che ordenó dividir el grupo en dos, enviando a los enfermos delante y quedándose con el resto a enfrentarse a las tropas del gobierno.

Al día siguiente por la mañana el gobierno de Bolivia anunció que Ernesto Guevara había muerto en combate el día anterior. Simultáneamente llegaron el coronel Joaquín Zenteno Anaya y el agente de la CIA Félix Rodríguez. Poco después del mediodía el presidente Barrientos dio la orden de ejecutar al Che. Fue el agente Rodríguez quien recibió la orden de fusilar a Guevara y quien la transmitió a los oficiales bolivianos, así como fue él también quien le comunicó al Che que sería fusilado. La tarde del 9 de octubre de 1967, el cuerpo de Guevara fue llevado en helicóptero a Vallegrande y fue colocado en el lavadero del hospital Nuestro Señor de Malta, donde permaneció en exhibición pública durante ese día y todo el día siguiente, introduciéndosele gran cantidad de formaldehído para evitar la descomposición. Finalmente, el 12 de julio de 1997 los restos fueron llevados a Cuba, donde fueron recibidos por una multitud para ser sepultados en Santa Clara en el Memorial de Ernesto Guevara donde se encuentran actualmente los restos de la mayoría de los guerrilleros que le acompañaron en su expedición.

En estos días el recuerdo de ese vil asesinato (y la imagen del cadáver del Che) recorrió los noticieros televisivos y múltiples redes sociales. Sirva también para no olvidar la larga lista de crímenes y desapariciones sobre luchadores populares que el imperialismo y sus cómplices nativos, desarrollaron a lo largo del siglo XX y en especial en las décadas de los sesenta y setenta.

Una escuela revolucionaria

Recordemos lo obvio: Guevara tuvo un heroísmo y una honestidad revolucionaria realmente admirables. Dirigente principal de la revolución más importante que tuvo nuestro continente en el siglo pasado, vivió una coyuntura en donde la “coexistencia pacífica” predicada por la burocracia de la URSS, lo tuvo como un crítico implacable. Su famoso discurso de 1965, aquel de “hacer uno, dos, tres Vietnam” no sólo iba en contra de aquella estrategia, sino que, asimismo, en un correcto análisis internacionalista, dejaba entender que el aislamiento de Cuba terminaría resultando mortal. Para ello (y aquí otro mérito del argentino) no depositaba ni un gramo de confianza, y así lo hizo saber, en ninguna de las burguesías “nacionales” (locales, en verdad) de los países periféricos, socias menores de los diversos imperialismos existentes. Todo ello entonces, forma parte del acervo teórico y práctico del socialismo revolucionario.

Los problemas comienzan con el cómo y el quién llevarán a cabo esas tareas. Uno de sus errores fue generalizar en forma abstracta y por eso abusiva, la táctica de la “guerra de guerrillas” que había tenido éxito en el país centroamericano y también en China, de la mano de un dirigente que influyó mucho en el Che, como fue Mao Tse Tung 1 Trasladar mecánicamente esa experiencia a otros lugares de América y del continente africano fue realmente un error de táctica y (cuando ésta se generaliza) de estrategia, grave. Para que la crítica no sea anacrónica, digamos que el peso que tenía el maoísmo sobre la vanguardia en aquellos años era más que importante. La experiencia china consistió en una revolución inmensa, anticapitalista, con un fuerte peso del campesinado y una ausencia casi total de la clase trabajadora de la ciudad. En ella, como en el proceso cubano, la necesaria disciplina que requiere todo “partido ejército”, se traslada luego a la sociedad civil y al propio nuevo estado que acaba de surgir. Las instituciones de la clase obrera se anquilosan o directamente no existen (sindicatos, partidos, soviets o consejos). Este aspecto (y no es el único) lo diferencian de la revolución rusa, de la cual se cumplen 100 años también en este mes. Como ilustró en más de una oportunidad nuestra corriente, si en ésta la consigna de poder era Todo el poder a los soviets, en la cubana fue Comandante en Jefe Ordene. Revolución esta última, que sí tiene el mérito inmenso de haber expropiado a la burguesía y logrado la independencia real del imperialismo norteamericano. Conquistas que todo revolucionario tiene la ineludible obligación de defender.

El Che nunca pensó a la clase obrera como EL sujeto de la revolución socialista. Esa omisión en el Altiplano le costó muy caro. No halló la adhesión de sectores campesinos como su programa de “foco guerrillero” pretendía. Por supuesto que no se trata de ignorar o desdeñar el apoyo de éstos, pero siempre bajo la dirección del proletariado de la ciudad. Además Bolivia contaba con una clase obrera pujante y combativa como lo había demostrado en la revolución “expropiada” de 1952. Si esto no sucede, queda en mero vanguardismo y voluntarismo estéril… y trágico.

Esta mengua del Che, también se deja ver en la discusión que llevó a cabo hacia los años 1963/64 cuando era Ministro de Industrias cubano, en cuanto a la productividad del trabajo y el futuro de la economía “socialista”, haciendo alusión a los llamados “socialismos reales”. Si bien tuvo una posición correcta en cuanto a criticar los esbozos de “socialismo de mercado” que las burocracias europeas orientales y algún sector del Kremlin intentaban llevar a cabo, le contrapuso a dicho programa la mera planificación centralizada, que ya tenía problemas graves ante la existencia de la casta burocrática y por la total ausencia de democracia obrera en dicha economía. O sea que, en definitiva, dichos aspectos remiten a un problema político. Lo mismo en cuanto a su postura de “incentivos morales” a los trabajadores, pero siempre “obedeciendo” la línea general y sin una verdadera participación y control de éstos en la citada planificación estatal.

Balance abierto

Adelantamos que el artículo era sólo una aproximación a un balance que requiere de mayor extensión y profundidad. Nos atribuimos (humildemente) como corriente, el intento desde hace años de dar cuenta del mismo y realizar pasos importantes en ese sentido.

Podríamos finalizar pensando en ese adolescente, estudiante, trabajador, del comienzo de la nota, y señalar que la memoria y el recuerdo para los revolucionarios es un deber ineludible, como asimismo lo es, el aprender de sus errores y limitaciones. Sostenemos que no hay sustitucionismo que valga. Sólo habrá socialismo y un mundo mejor, cuando sea la propia clase trabajadora mundial la que se convenza de ello y tome realmente en sus manos los resortes de la economía y la política internacionales. Y ello constituirá la revolución socialista a nivel planetario, proyecto por el cual, en definitiva, el propio Che Guevara dio su vida.

Guillermo Pessoa

1:  Ya Lenin afirmaba que la guerra de guerrillas es una táctica (sólo una entre muchas) que los revolucionarios se ven obligados a emplear. Si bien el tema es complejo, digamos que para que ésta triunfe debe “empalmar” con un movimiento de masas, sino aquel resulta imposible. Recordar el asalto a Moncada de 1953. El Movimiento 26 de Julio comandado por Fidel Castro, si bien recogió “voluntades obreras” en forma individual, no creó un lazo firme con la clase trabajadora cubana que era, sin duda, la más importante de Centroamérica y una de las principales de América Latina toda. Como escribía Roberto Ramírez, siguiendo a un experto historiador de la revolución  cubana (Sam Farber): Contra lo que suele creerse, la gran mayoría de los luchadores del Movimiento 26 de Julio y de los otros movimientos armados no estaban en “la sierra”, sino en el “llano”; es decir, en las ciudades. Y fue también en las ciudades donde se produjeron alrededor del 90 % de las bajas (…) el M26J que en las ciudades organizaba miles de luchadores clandestinos, pero al mismo tiempo era orgánicamente ajeno al movimiento obrero y a la clase trabajadora.  Para un desarrollo de dicha problemática, ver Cuba frente a una encrucijada. Roberto Ramírez. Revista SoB 22 Nov 2008

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