¡No al bombardeo imperialista a Siria!

DECLARACIÓN DE LA CORRIENTE SOCIALISMO O BARBARIE INTERNACIONAL

 Obama busca ahora la aprobación del Congreso yanqui para atacar

¡No al bombardeo imperialista a Siria!

 

“Jay Shapiro, un canoso habitante de Jerusalén, recordó el adagio de que la política exterior norteamericana tenía palabras suaves y un garrote pesado y dijo ‘La política del presidente Obama es todo lo contrario. Grita y no tiene garrote. No nos cuida las espaldas. No cuida ni las espaldas de Estados Unidos’…” (La Nación, miércoles 4 de septiembre del 2013)

El retroceso ante el inminente ataque del gobierno de los EE.UU. a Siria abrió una cierta crisis política en las filas del imperialismo. Todo estaba dispuesto pero la derrota del gobierno de Cameron en la Cámara de los Comunes en Inglaterra, obligó a Obama a dar un paso atrás. Aislado internacionalmente respecto del ataque y sin su aliado tradicional, el gobierno yanqui decidió salir a buscar en su propio Congreso una legitimidad que no logró en el mundo. Pero a no confundirse: esto no quiere decir que el ataque no vaya a proceder. Por el contrario, está cada vez más cerca. Ayer martes 3, en una reunión especial con un grupo de senadores, importantes figuras de la oposición republicana señalaron que “apoyarán a Obama en su pedido al Congreso”.

A continuación presentamos una nueva declaración sobre la crisis abierta por el inminente bombardeo a Siria con un análisis del significado de los eventos respecto del curso actual del imperialismo, así como también del contexto internacional en el cual se está desarrollando la guerra civil en Siria.

Buscando la legitimidad perdida

El paso atrás de Obama cuando se esperaba de manera inminente el ataque a Siria causó honda impresión internacionalmente. Fue una representación gráfica de cómo está el escenario internacional de las grandes potencias, su grado de fragmentación. No hay ninguna duda de que los EEUU son la potencia imperialista de lejos más importante. Sigue siendo, aun, la primera economía mundial, y, además, es, de lejos, la principal potencia militar. Y esto seguirá siendo así por los próximos años.

Sin embargo, el debilitamiento relativo de su lugar en el mundo es un hecho tan testarudo como el que acabamos de señalar. Muchos analistas, de manera impresionista, señalan que los Estados Unidos están “más fuertes que nunca” (esto ocurre, sobre todo, en los que revistan en el filo-chavismo). Pero este análisis no resiste los hechos objetivos.

Mientras que a la salida de la Segunda Guerra Mundial EE.UU. gozaba de prácticamente la mitad del PBI mundial, hoy está reducido a un quinto del producto global y China amenaza con desplazarlo del primer lugar en el ranking en las próximas décadas (lo que no quiere decir que esta última vaya a gozar la primacía de la primera en investigación y desarrollo, ramas de punta y demás, lo que nos remite a otro debate que no podemos hacer aquí[1]).

Al mismo tiempo, desde el punto de vista geopolítico también ha habido profundas modificaciones. La caída de la ex URSS a comienzos de los años 1990 dejó a Estados Unidos como única superpotencia mundial. Sin embargo, el análisis no podía esconder que, sin embargo, se trataba de una superpotencia que venía arrastrando ya un debilitamiento relativo en varios frentes.

Esta situación de debilitamiento en el plano internacional (geopolítico, del sistema mundial de estados) se agravó en la última década con el empantanamiento y la relativa derrota política de sus intervenciones en Afganistán e Irak. Que se nos entienda bien: de ninguna manera sufrió una derrota militar en el terreno: no salió “como rata por tirante” como en 1975 en Vietnam (con esa imagen de la embajada yanqui en Saigón siendo abandonada a último momento en helicóptero mientras los soldados del Vietcong la rodeaban).

Sin embargo, no logró imponer del todo sus planes políticos en dichos países: la inestabilidad los caracteriza; y se transformaron en un pantano militar del que Obama está intentando de salir desde el comienzo de su mandato. El masivo rechazo de la población de los países imperialistas a una intervención en Siria tiene ese trasfondo.

Este debilitamiento económico y geopolítico de los EE.UU. en el concierto internacional, es lo que ha llevado a su pérdida de autoridad. Se podría decir que décadas atrás el gobierno yanqui “tocaba pito” y todo un séquito de países se alineaba detrás del gran amo del “mundo libre”. Hoy no es así. Por el contrario, la operación de “castigo” a Al-Assad por su genocidio sobre la población de su propio país ha cosechado más reparos que apoyos.

De entre los ascendentes países BRIC, Rusia y China se han opuesto desde el vamos, y Brasil está más dedicada a poner el grito en el cielo por las espías de los servicios secretos yanquis a Dilma Roussef que a otra cosa (esto a pesar de que, históricamente, la política exterior brasileña ha estado muy alineado con USA).

Las potencias imperialistas derrotadas en la Segunda Guerra Mundial, Alemania y Japón, siguen estando tan “anuladas” en materia de intervenciones militares como siempre. Pero esto último ha sido habitual en la posguerra. Tampoco es una gran novedad la renuencia de la ONU a las intervenciones militares imperialistas. Se la suele “saltear” por esto.

Además, en su Consejo de Seguridad, Rusia y China, aliadas del gobierno sirio, tienen poder de veto. Y la demagogia del Papa y el Vaticano tampoco son sorpresa (denuncian que se viene “una guerra mundial” y Bergoglio habla por la libre “contra las guerras”).  Claro que, de todos modos, todo esto suma en contra de la legitimidad internacional del ataque.

Pero lo que rebalsó el vaso fue la derrota del primer ministro inglés, Cameron, en la Cámara de los Comunes. Este si fue un tremendo cimbronazo. Cimbronazo que proviene, nada más y nada menos, del principal aliado histórico de los EE.UU.

La explicación de esta derrota legislativa: la población en Inglaterra también está escaldada. Cuando en el 2003 se armó la coalición imperialista para atacar Irak, un enorme frente único de organizaciones populares llamado Stop de War Coalition se montó para rechazar la guerra y llevó a cabo movilizaciones de masas casi sin antecedentes. Aquella invasión no se pudo parar; pero las consecuencias del fracaso político de dicha intervención se pagan ahora; y no sólo en dicho país sino en todo el “mundo imperialista”: las opiniones públicas de dichos países no quieren más guerras de agresión[2].

Es en este contexto de falta de unidad y legitimidad internacional (sólo el gobierno “socialista” de Holland en Francia se mantuvo firme en acompañar la intervención; pero ese apoyo es demasiado débil como factor legitimador), que Obama decide girar sobre sus pasos y buscarla dentro del país: de ahí que apele a su parlamento. Y la cosa no es fácil porque esta falta de legitimidad o rechazo se expresa, como ya hemos señalado, en la opinión pública de los países imperialistas: ¡el 64% de los franceses, el 66% de los norteamericanos, el 50% de los británicos y el 58% de los alemanes rechazan la intervención en Siria!

Al-Assad, el mejor “aliado” de Obama

Aunque parezca increíble, el hecho es que el mejor “aliado” que tiene Obama para lanzar su bombardeo… es el presidente sirio. Es que a pesar de todas las dificultades que se le abrieron después, Obama encontró una coartada perfecta para hacer volver a hacer valer el rol de los EE.UU. como policía del mundo en la masacre perpetrada por el gobierno sirio. Este último produjo el mayor genocidio con gases letales que se haya visto hasta ahora en el siglo XXI y uno de los mayores del último siglo. En una edición anterior de nuestro periódico explicamos cómo pudo ocurrir esto: muchos se interrogan cómo Al-Assad puede atacar a su propia población.

La respuesta es simple: la guerra civil en curso se está llevando adelante de manera creciente sobre líneas “sectario-religiosas” y/o “étnicas” en un país fragmentado por esos clivajes, es decir, dónde los alineamientos a favor del gobierno o de la resistencia se producen prácticamente por regiones, poblaciones y barrios. O sea, territorialmente. Ni corto ni perezoso, Al-Assad disparó misiles con gases mortales hacia localidades opositoras de las cercanías de Damasco, cubriendo luego su crimen con un doble crimen: un intenso ataque de artillería.

Hizo esto a modo de escarmiento: si una determinada población se alinea con el bando enemigo, eso es lo que se va a pasar: ¡será atacada con gases letales durante la madrugada cuando aun se encuentra durmiendo! Es difícil pensar en una imagen más terrorífica.

Pero en la deriva casi “fratricida” del conflicto sirio, los fragmentarios núcleos de la resistencia tienen casi igual responsabilidad. La realidad es que el levantamiento popular contra la dictadura sangrienta de Al-Assad fue un levantamiento progresivo, parte de la “primavera” que se está viviendo en el mundo árabe. Sin embargo, en este caso como también actualmente el de Egipto y anteriormente el de Libia, la militarización del conflicto no fue un paso progresivo, una “radicalización” como la leyeron muchas corrientes del trotskismo internacionalmente marcadas por un ridículo análisis mecánico y “objetivista” de los procesos de la lucha de clases (las cosas siempre “avanzan y avanzan”; ver polémica en esta misma edición).

Su efecto real fue, más bien, quitarle toda proyección independiente y no sectaria al proceso de rebelión popular, y entregarle la dirección a un conjunto de formaciones que defienden intereses ajenos a los de los explotados y oprimidos. En ella operan formaciones laicas (en verdad, sunnitas “moderadas”) pero también islamistas rabiosas, con diferentes afiliaciones. Algunas monopolizadas por Al-Qaeda o grupos salafistas financiados desde Arabia saudita y estados del Golfo, otras por la Hermandad Musulmana con centro en Egipto (ahora de capa caída), otras sostenidas desde Turquía por EEUU y el gobierno turco de Erdogan (que se encuentra reprimiendo su propia rebelión popular), otras de los separatistas armenios… y así de seguido.

Todo esto hizo el juego a la dictadura, porque acabó con el impulso inicial de las protestas populares de demandas democráticas junto con un expreso rechazo a las divisiones sectario-religiosas y/o de nacionalidades.

Por su parte, la dictadura lo aprovechó para hacer un chantaje a las numerosas comunidades minoritarias religiosas o nacionales, y también a los sectores moderados y/o laicos de la mayoría sunnita: “o me apoyan o vienen estos bárbaros islamistas y salafistas”. Al Assad se presenta como “el mal menor”. Este chantaje ha tenido cierto éxito y explica socialmente las dificultades para derrotarlo.

Esto  ha ido  llevando el proceso a un callejón sin salida dónde ningún bando aparece claramente como progresivo y da excusas al imperialismo para intervenir: ¡si hasta es un hecho que la susodicha resistencia pide a gritos el bombardeo de Obama!

De ahí que la transformación de la rebelión popular en guerra civil no haya sido un desarrollo progresivo de la misma. El proceso pide a gritos la irrupción independiente de las masas sirias: la aparición de sectores de la juventud estudiantil y la clase obrera como sujetos independientes, que ofrezcan un tercer actor en la contienda. Esto que, con todas sus limitaciones, ha sucedido en Egipto, aún no ha ocurrido en Siria.

Sin embargo, lamentablemente, esto es muchísimo más fácil decirlo a que ocurra. La guerra civil ha acentuado la fragmentación comunitario-religiosa y cuando ese reflejo identitario es el que domina, los conflictos se sustancian no de una manera aun sea indirecta “clasista”, sino con los rasgos “fraticidas” que estamos señalando.

No a los bombardeos. A Al-Assad hay que echarlo con la movilización de masas del pueblo sirio. 

Sigue siendo lo más probable que Obama logre apoyo para descargar su mortal bombardeo. Todo indica que a pesar de la obligada pausa, y que el debate en el parlamento yanqui va a tener sus alternativas, el compromiso de las principales personalidades políticas, republicanas y demócratas, para autorizar aunque más no sea una “acción limitada”, será un hecho.

Aun así, es evidente que ahora es el momento de reforzar los esfuerzos por parar al imperialismo. Hay que exigir a los gobiernos de cada país dónde militan fuerzas de nuestra corriente, que se declaren públicamente contra el ataque. Desde la izquierda revolucionaria tenemos la obligación de plantear la necesidad de juntar ya mismo un amplio frente único para discutir acciones tendientes a evitar, parar o denunciar el eventual bombardeo yanqui a Siria.

Y también para colocar una salida independiente sobre la mesa, que plantee que no estamos ni con Obama ni con Al Assad (como es el vergonzoso caso del castro-chavismo), sino por una salida de los explotados y oprimidos para la guerra civil siria y las rebeliones populares, hoy empantanadas del mundo árabe en general.


[1] Ver al respecto “El ascenso de los países BRIC, la decadencia relativa de los EE.UU. y los problemas de la acumulación. Perspectivas del capitalismo a comienzos del siglo XXI”. Revista Socialismo o Barbarie, 26, febrero 2012.

[2] Este es otro enorme factor de debilidad del imperialismo: las guerras de agresión no son solamente un subproducto del poderío militar: deben tener legitimidad y apoyo en su propia población. Y la población de estos países no resisten desde la derrota en Vietnam las guerras y sus costos: los muertos. La contradicción es que sin muertos, no hay posibilidad de sustanciar ninguna guerra: de ahí toda esta teorización de los ataques quirúrgicos y demás, que no pueden tapar la situación de debilidad relativa del imperialismo que estamos señalando.

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Egipto, Declaración de la corriente internacional Socialismo o Barbarie, 20/08/2013 ¡Basta de masacres! ¡Fuera los militares! ¡Asamblea Constituyente revolucionaria y democrática!

Por una alternativa de los trabajadores, la juventud y los sectores populares, independiente de todo sector burgués, sea militar o civil, islamista o laico, que arranque por la lucha democrática antigolpista y vaya hasta el final en un camino anticapitalista.


“Por sus rasgos particulares, por el hecho de haberle dado la forma de un golpe a la presión por la renuncia del presidente islámico que venía desde abajo, quizás la mejor manera de definir lo ocurrido, es que se ha tratado de una destitución militar más que de un golpe clásico; una destitución que, por su forma, aparece como realizando un ‘mandato’ que venía desde abajo, pero que es ‘administrado’ por las Fuerzas Armadas… Esta destitución llevada adelante por los militares… no es, entonces, un clásico golpe militar estilo Pinochet, para dar un ejemplo. Pero sus consecuencias pueden ser no menos peligrosas.”
(Declaración de Socialismo o Barbarie, 03/07/2013)

Las masacres que día a día tienen lugar en Egipto y que horrorizan al mundo, han confirmado lamentablemente ese pronóstico. Aunque no aparecía como un “clásico golpe militar estilo Pinochet”, sus resultados podían ser no menos graves. Y, en efecto, la intervención de los militares, que comenzó con el justificativo de ser los “ejecutores del clamor popular” de que se vayan Morsi y sus islamistas, tiene ya consecuencias gravísimas que no se limitan a los miles de muertos, heridos, presos y desaparecidos.

Apropiándose de ese reclamo de la amplia mayoría de los trabajadores y la juventud, y de gran parte de los sectores populares, las fuerzas armadas aprovecharon para volver al gobierno e iniciar una restauración contrarrevolucionaria cuyo símbolo viviente podría ser, en los próximos días, la liberación del ex dictador Mubarak. Ya su pandilla –los llamados “feloul” (“restos”, “sobras” o “remanentes” de la dictadura)– ocupan casi todos los cargos civiles del nuevo gobierno.

Al mismo tiempo, la sanguinaria represión a los islamistas no sólo es una respuesta al reclamo de reinstalación de Morsi. Es una muestra para los trabajadores, los jóvenes y los sectores populares de lo que les espera si siguen con huelgas y protestas.

El paso al frente de los militares aprovecha el “talón de Aquiles” de la rebelión popular que estalló en enero de 2011: la debilidad de las alternativas obreras y populares políticamente independientes de todo sector patronal, civil o militar, laico o islamista. De todos modos, esta peligrosa encrucijada del proceso revolucionario en Egipto no significa que ya esté derrotada, ni mucho menos, la extraordinaria rebelión de masas iniciada en 2011.

El curso político de Egipto tiene importancia mundial. Israel y Arabia Saudita se vuelcan decididamente en apoyo al nuevo régimen. EEUU y la Unión Europea habían jugado un año atrás la carta de Morsi, pero ante sus fracasos le soltaron la mano. Sin embargo, hoy dudan frente a al-Sisi. Quizás temen, como advierte el New York Times, que su salvaje represión convierta a Egipto en una “fábrica de islamistas”… ya no tan “moderados” como Morsi.

De la misma manera, es importante, que los luchadores de todo el mundo nos ubiquemos ante el trascendental proceso de Egipto.

De la caída de Mubarak al derrocamiento de Morsi

Al producirse la caída de Mubarak a principios del 2011, muchos hablaron del triunfo de la “Revolución Egipcia”. Dos años y medio después, el colosal movimiento contra Morsi dio motivo para hablar de la “Segunda Revolución Egipcia”. Pero este tipo de simplificaciones –que Trotsky criticaba como “fatalismo optimista”– no permiten entender cómo el resultado de la “Primera Revolución” fue el gobierno de los archi-reaccionarios Hermanos Musulmanes. Y el resultado de la “Segunda Revolución” es la vuelta de los militares al gobierno, un peligro aun más grave que los retrógrados islamistas.

Es que, como todo gran proceso revolucionario, el de Egipto está plagado de contradicciones y desigualdades que no hay que disimular sino entender. Esto se agrava porque en nuestros días, en la cabeza de las masas trabajadoras y populares, la alternativa del socialismo, de la revolución socialista, no está aún presente para la gran mayoría.

En el caso concreto de Egipto, la rebelión popular del 2011 obtuvo un gran triunfo: la caída de Mubarak. Pero esto simultáneamente tuvo limitaciones y contradicciones: se fue Mubarak pero quedaron intactas las instituciones de la dictadura, en primer lugar, las Fuerzas Armadas. Además, las primeras elecciones “libres” dieron la mayoría a los archi-reaccionarios Hermanos Musulmanes.

Desde 1952, la historia de Egipto ha sido una secuencia de dictaduras militares. Además, la “corporación militar” es en sí misma uno de los principales sectores de la burguesía, que controla alrededor del 25% del PBI. Pero ya desde antes de Mubarak, prudentemente, había una “separación” de las instituciones de gobierno (a las que se dio fachada “civil” mediante farsas electorales), y las instituciones propiamente militares, encabezadas por el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas (CSFA). Esto permitió que los militares y el CSFA, al estallar la rebelión, dieran un prudente paso al costado. O mejor dicho, se situaran como “por encima” del conflicto entre las masas y el dictador. Y, finalmente, lo dejaron caer.

En su momento, esto generó un gran aplauso a los militares de parte de un sector confundido del movimiento de masas. Pero el idilio fue de corta de duración: al poco tiempo las protestas eran también contra ellos. El CSFA fue obligado a acentuar su retirada táctica, convocando a sucesivas elecciones (parlamentarias y finalmente presidenciales).

En el ballotage del 24 de junio de 2012, Morsi, candidato de la Hermandad Musulmana, ganó por el 51% de los votos a Ahmed Shafik, ex primer ministro de Mubarak y en buena medida representante de la “corporación militar”. El gobierno de Morsi, que asume el 30 de junio, funcionó inicialmente bajo un pacto islamista-militar. La Hermandad Musulmana representa un sector burgués importante y en ascenso, diferente al de la corporación militar. El pacto garantizaba los intereses de cada una de las partes.

Sin embargo, era un matrimonio desigual. Aunque la Hermandad asumía el gobierno y los militares daban un paso atrás, el pilar central del régimen, el núcleo del estado egipcio seguían siendo las Fuerzas Armadas. Todavía podían decir, como Luis XIV: “El estado soy yo”.

Lo decisivo es que Morsi fue incapaz de satisfacer (o derrotar) las demandas obreras y populares e imponer la “paz social”. El deterioro vertiginoso del nivel de vida fue acompañado de un tsunami de huelgas y protestas. Al compás de esa situación, el apoyo popular a los Hermanos Musulmanes se fue a pique. A eso se sumaron los intentos de “islamización” de la sociedad, que se expresaron en una Constitución autoritaria, votada en un plebiscito en que la gran mayoría se abstuvo o votó en contra.

Antes de cumplir un año, el gobierno islamista no sólo había perdido la mayor parte de su apoyo inicial: amplios sectores comenzaron a rebelarse y se multiplicaron las protestas. A fines de junio, Egipto estaba en una situación parecida a la de febrero de 2011 que llevó a la caída de Mubarak, pero con movilizaciones social y geográficamente incluso más amplias. Es en ese cuadro que los militares rompen el pacto con la Hermandad Musulmana.

Sin embargo, su actual jefe, el general Abdel al-Sisi, encabeza una jugada muy distinta a la de febrero de 2011. La Fuerzas Armadas no dan un paso atrás ni al costado, sino que se erigen en ejecutores de la voluntad popular, y echan a Morsi. Claro que esto implica, simultáneamente, que reasumen el gobierno aunque con una máscara civil que se les ha ido deteriorando rápidamente.

El principal maquillaje civil de este operativo –el “Premio Nóbel de la Paz”, Mohamed El Baradei– huyó despavorido al comenzar las masacres de islamistas. Los que quedan en el gabinete “civil” son en su casi totalidad “feloul”, ex funcionarios del dictador Mubarak. En este contexto, no sería una sorpresa que sea puesto en libertad los próximos días.

El gran chantaje militar: “nosotros o los islamistas”

Hay que reconocer que inicialmente el gran chantaje militar –“nosotros o los islamistas”– ha tenido éxito… aunque puede ser de duración limitada. Hay un amplio sector de masas, incluso del mismo movimiento obrero, que apoya al nuevo gobierno o por lo menos lo acepta resignadamente como “mal menor”.

Este es un gravísimo peligro, porque los militares no vienen a “salvar la democracia”, las libertades y el laicismo amenazados por la “barbarie islamista”, sino que regresan en plan contrarrevolucionario: acabar, por las buenas o por las malas, con el proceso abierto en 2011, terminar con las huelgas y protestas, y garantizar así que el capitalismo semicolonial egipcio vuelva a funcionar “normalmente”. Y al que se oponga, palo y a la bolsa.

La otra cara de la moneda de este chantaje la suministran los mismos Hermanos Musulmanes. Su debacle en apenas un año de gobierno no tiene precedentes. Una organización inmensa, con centenares de miles de supuestos militantes y decenas de miles de cuadros, quedó desmoralizada, paralizada e incapaz de responder a la ola de protestas populares que precedieron la caída de Morsi. Fue la dimensión colosal de esta legítima reedición –corregida y aumentada– de la rebelión de 2011, la que selló la suerte de los Hermanos en el gobierno.

Pero la rebelión popular no llegó a derrocar a Morsi por sí misma, ni menos a reemplazarlo por un poder propio. Y la intervención de los militares tuvo como uno de sus más nefastos resultados la resurrección de la Hermandad Musulmana. Aunque hoy sigan en minoría, los islamistas, al ser desplazados por los militares, recuperaron el aliento y pudieron volver a movilizarse en algunos de sus enclaves. Superaron relativamente la desmoralización del desastre del gobierno Morsi. Volvieron a ponerse de pie tomando en sus manos la bandera “democrática” de colocarse como víctimas de un golpe militar que pasó por encima de la legitimidad electoral.

Sin embargo, la resurrección de la Hermandad termina, en cierto modo, haciéndoles el juego a los militares, que la utilizan para “justificar” su bárbara represión y les da equivocadamente el apoyo de quienes rechazan a los islamistas. Es que la consigna principal de los islamistas, la reinstalación de Morsi, es inaceptable para la gran mayoría que se movilizó en junio exigiendo que se vaya. Esto es así, más allá de la lamentable realidad que el “brazo ejecutor” de su caída hayan sido los militares.

Además, la Hermandad ha desatado una guerra sectaria, inter-religiosa, impulsando pogroms y quema de iglesias en los miserables barrios de los cristianos coptos. También agreden a la minoría chíita. No es casual que los militares, mientras masacran las concentraciones islamistas, dan “vía libre” a las pandillas de los Hermanos para asesinar, violar y quemar iglesias. Es otro justificativo para apoyar a los militares, por lo menos como “mal menor”.

Todo esto ha golpeado sobre las organizaciones y movimientos políticos, sociales y obreros. Un importante sector apoya de una u otra manera al nuevo gobierno. El movimiento Tamarod (Rebelión) que desató la protesta contra Morsi, se ha fragmentado (nunca fue homogéneo ni centralizado), pero su núcleo original sostiene al gobierno. Y ni hablemos de las “izquierdas” de raíces nasseristas o stalinistas. Un intelectual como Samir Amin habría caracterizado al ejército egipcio como “una fuerza de clase neutral”.

Por otra parte, el Movimiento 6 de Abril (que jugó un papel fundamental en la lucha contra Mubarak) se mantiene, correctamente, opositor. Asimismo, la principal organización trotskista –los Socialistas Revolucionarios– también denuncia y enfrenta la trampa contrarrevolucionaria de al-Sisi, aunque luego de una posición inicial algo confusa respecto de la destitución de Morsi por parte de los militares.

El movimiento obrero: presiones para apoyar a los militares, crisis por las cooptaciones y esbozos de alternativas independientes

Lógicamente, el movimiento obrero, gran opositor a Morsi, también ha sido impactado por estas presiones.

En Egipto se ha desarrollado la mayor experiencia mundial de recomposición del movimiento obrero. Tras el derrocamiento de Mubarak, fue un proceso impresionante, con un millar de nuevos sindicatos independientes, el semi-derrumbe de la vieja central burocrática y estatizada, y ola tras ola de huelgas.

Pero esta extraordinaria recomposición ha sido demasiado “sindicalista”. Desde allí no se generaron alternativas políticas independientes igualmente fuertes. Este flanco débil está siendo aprovechado a fondo por los militares en un hábil operativo de cooptación. Eso tiene peores consecuencias que la represión pura y dura de los islamistas contra los sindicatos independientes.

Lo más grave es que el Ministerio de Trabajo ha sido ocupado por Kamal Abu Eita, presidente de la EFITU (la principal central de sindicatos independientes), y reconocido luchador desde antes de la caída de Mubarak. Como ministro, Abu Eita ha llamado a los trabajadores a suspender las huelgas y producir más. “Los héroes de las huelgas deben convertirse en héroes del trabajo y la producción”, sostiene hoy día.

Asimismo, en los sindicatos independientes, otro punto de crisis ha sido la actitud ante la convocatoria del general al-Sisi a movilizarse para “combatir al terrorismo islamista”. Es decir, apoyar a los militares en la masacre de la Hermandad.

Las dos centrales independientes (la EFITU y la EDLC) y la vieja central burocrática (EFTU) firmaron una declaración conjunta en apoyo al reclamo de al-Sisi. Y el Sindicato Independiente de Maestros llegó a decir que “respondemos al llamado de nuestro gran Ejército para salir a las calles a completar nuestra revolución enfrentando al terrorismo…”

Pero no hay unanimidad, de ninguna manera. Otros dirigentes y organizaciones salieron al cruce de esta deriva desastrosa.

Fatma Ramadán, una destacada dirigente, miembro del Ejecutivo de la EFITU, se opuso públicamente a dar semejante apoyo a los militares y el nuevo gobierno. Y el presidente de la nueva Unión Obrera Independiente de la empresa de agua de El Cairo lo rechazó, llamando a “no repetir la historia de suprimir las libertades en nombre de la ‘lucha contra el terrorismo’”.

Además de una crisis, esto ha llevado al mismo tiempo a un replanteo que puede abrir un nuevo capítulo político en el sindicalismo independiente. Es que tanto en la cooptación de Abu Eita como en relación al apoyo a los militares, pesa no sólo la experiencia con la Hermandad en el gobierno sino también las ilusiones políticas “nasseristas”. Es decir, el sueño utópico de otro nacionalismo militar “progresista”, al estilo del gobierno de Gamal Abdel Nasser (1952/53-1970). El mismo Abu Eita es dirigente de Al Karama, el partido nasserista de izquierda.

Pero ni el general al-Sisi (que también se reclama “nasserista”) ni las Fuerzas Armadas que hoy viven de las subvenciones de EEUU, tienen el menor parecido con Nasser en cuanto a enfrentarse con el imperialismo e Israel, o hacer concesiones a los trabajadores. En lo único que al-Sisi se parece a Nasser es en la persecución a los islamistas.

Por eso, ya comenzaron los choques entre el gobierno y el movimiento obrero. Mientras Abu Eita es ministro, vuelven a ser reprimidas las huelgas… igual que con Morsi. El ejército intervino para romper una “sentada” de los obreros de la Acería de Suez. Hay varios activistas detenidos y amenazados con penas de hasta cinco años de cárcel. ¡Los militares no tienen nada que envidiar a los islamistas!

En la cabeza de los trabajadores y activistas siguen pesando decisivamente los duros enfrentamientos con el gobierno islamista. Pero ya han comenzado a hacer la experiencia con el nuevo gobierno.

Una situación peligrosa que debe remontarse

En síntesis: una situación peligrosa, visto los planes contrarrevolucionarios del nuevo gobierno y el relativo apoyo popular que ha logrado gracias a la repulsa de los islamistas.

Sin embargo, hay que evitar conclusiones apresuradas. Un año atrás, al subir Morsi, infinidad de charlatanes hablaban del “Invierno Islamista” que duraría 20 ó 30 años al menos…

Ahora abundan los análisis impresionistas que dan por hecha una nueva dictadura militar…

Sin embargo, las masas trabajadoras, juveniles y populares de Egipto, que protagonizaron dos inmensas rebeliones, todavía no han sido derrotadas sino engañadas… Son dos cosas muy distintas. Contradictoriamente, el camino está lleno de peligros pero no sólo es inevitable recorrerlo sino que también es necesario para que las masas hagan la imprescindible experiencia.

La única manera de superar masivamente las ilusiones en el islamismo fue el gobierno de Morsi. Lo mismo vale para las ilusiones en al-Sisi y los sueños “nasseristas”.

En ese terreno habrá que luchar por independizarse de cualquier opción patronal –sea laica o islamista, civil o militar–, para poner en pie una alternativa obrera y socialista que parta de tomar en sus manos las banderas democráticas del momento: la lucha implacable contra la represión del gobierno militar, y por una salida revolucionaria a la crisis actual.

Esa salida no puede ser la restitución de Morsi, que fue echado por las masas populares, sino la convocatoria inmediata a una Asamblea Constituyente revolucionaria y democrática que tome en sus manos las riendas del país y pueda dar lugar a una maduración de la experiencia hacia un gobierno de los explotados y oprimidos.

Estado Español