Brasil: Declaración de la corriente internacional Socialismo o Barbarie, 20/06/2013 Un gigante despierta

La rebelión en Brasil desborda al gobierno
reformista-neoliberal del PT

En el momento que escribimos esta declaración, nuevamente las ciudades del Brasil están rebalsando con movilizaciones multitudinarias: más de un millón de personas se encuentran en las calles de las principales ciudades. Semanas atrás explotó Turquía, también con manifestaciones de masas. Ambos han impactado vivamente en los analistas de todo el mundo, que no esperaban semejante explosión de indignación en países estratégicos del capitalismo mundial, y que además eran modelos de “estabilidad”.

Ambas explosiones han venido a renovar de manera impactante el ciclo internacional de rebeliones populares que se vive desde el 2011 sobre el trasfondo de la crisis económica mundial. Durante los últimos meses no había sumado novedades rutilantes. Ahora, las circunstancias parecen haber dado un giro de 180 grados y puesto las cosas en su lugar: nada más y nada menos que con el fenómeno de la rebelión extendiéndose en países que son grandes potencias económicas mundiales. La moraleja es que la dinámica de la lucha de clases tiene sus tiempos históricos. Muchos marxistas han señalado que, en la dialéctica de la historia, las rebeliones y revoluciones parecen llegar siempre a “destiempo”, como para señalar que no tienen una fecha fijada de antemano. Y esto, en general, sorprende a sus propios actores.

Tendencias estabilizadoras

Arrancamos con esta reflexión porque la realidad es que Brasil estaba dando lugar a todo tipo de “elucubraciones” acerca de las razones de su estabilidad, ahora perdida brutalmente. No es que el inmenso país latinoamericano fuera históricamente siempre estable. En la segunda mitad de los años 1970 y durante toda la década de los 1980, Brasil vivió un proceso histórico de surgimiento de una nueva clase obrera, de grandes luchas y de su organización.

En medio de todo eso fue fundada la Central Única de Trabajadores (CUT), alternativa al viejo sindicalismo burocratizado –los “pelegos”– vinculado al viejo nacionalismo burgués del país. Surgió también el Partido de los Trabajadores (PT), que inicialmente expresó un avance progresivo hacia la independencia de clase –si bien bajo estándares reformistas– de amplias sectores de la clase obrera.

Lamentablemente, esos rasgos reformistas que desde el inicio tuvieron ambas experiencias, con mucho peso de la Iglesia Católica en su interior, y la caída del Muro de Berlín con sus consecuencias de desmoralización y falsas conclusiones antisocialistas sacadas del derrumbe burocrático, llevaron a una rápida adaptación de la CUT y el PT a los mecanismos de la democracia burguesa. Fue toda una escuela de “socialdemocratización”, por así decirlo.

Paralelamente a esa experiencia, en Brasil se procesaron en las últimas décadas dos inmensas movilizaciones populares. La primera es la que se conoce como la lucha por las “Direitas Ya”, dónde un amplio movimiento democrático buscó romper la salida pactada de la dictadura militar que venía gobernando el país desde 1964 e imponer la elección por voto popular del presidente. Diez años después, hubo una segunda movilización de masas, el “Fora Collor”. Ésta ocurrió en 1992, cuando Collor de Mello fue echado de la presidencia por la corrupción rampante de un plan privatizador demasiado virulento, que chocó contra los cánones tradicionales del Estado brasileño.

Pero esa movilización democrática triunfante, la del “Fora Collor”– coincidió con un momento general descendente de la lucha de clases a nivel internacional. Además, fue acompaña por la creciente adaptación del PT y la CUT, que colaboraron en “planchar” la lucha de clases en Brasil.

En 1995, ya con un nuevo presidente, Fernando Henrique Cardoso (ex intelectual progresista coautor de la “teoría de la dependencia”), se desata lo que sería el epílogo de todo este proceso: la famosa huelga petrolera que termina en una estruendosa derrota.

Cardozo llevó adelante un plan privatizador algo más mediatizado que el que se proponía Collor, así como un ajuste económico para parar la inflación rampante y estructural, el llamado “Plan Real”. A partir de allí, la lucha de clases se acható terriblemente, casi hasta el día de hoy. En medio de eso, hubo esbozos de peleas, como la lucha contra el ataque a las jubilaciones del sector público, en los inicios del primer gobierno de Lula. Pero nada de eso cambió la situación.

El estallido del Argentinazo en el 2001, tuvo un importante impacto en el país vecino. Aún recordamos como la joven delegación de nuestra corriente en el Foro Social Mundial del Porto Alegre a comienzos del 2002, era recibida por los brasileños manifestando que “tenían orgullo por la Argentina; que en Brasil debería pasar algo igual”.

Al parecer la burguesía escuchó esas opiniones populares y organizó una salida preventiva, posibilitando la llegada al gobierno de Lula y el PT en el 2003. Ese año se alzarían con la presidencia, luego de dos intentos anteriores fallidos y habiendo dado ya sobradas pruebas de adaptación completa al régimen de la democracia de los millonarios, y de transformación del propio PT en el partido de una capa social de nuevos ricos y altos funcionarios.

La llegada del PT al gobierno fortaleció las tendencias estabilizadoras. Es que el PT tenía la dirección o por lo menos el control indirecto de los principales organismos de masas del país. En primer lugar, la CUT, pero también del MST (Movimento dos Trabalhadores Rurais Sem Terra) y las organizaciones estudiantiles.

Brasil potencia

Junto con los elementos políticos que explican la estabilidad hasta hoy –o, mejor dicho, detrás de ellos– han estado diversos elementos y factores económico-sociales.

En primer rasgo, muy general pero de importancia, es que a diferencia de la Hispanoamérica, Brasil se mantuvo, después de la independencia de Portugal, como un inmenso territorio unificado. Andando el tiempo, vivió un primer proceso de industrialización en torno a los años 1930 y luego, a diferencia de otros países de la región, la dictadura militar de 1964 fue industrializadora (aunque en íntima vinculación con el imperialismo yanqui).

Todo eso dio lugar a la creación de un inmenso mercado, fortaleciendo la base económica del país aunque con tremendas desigualdades sociales. La distribución del ingreso en Brasil es una de las desiguales del mundo.

Así y todo, los años 1990 estuvieron marcados por una recaída económica y un proceso inflacionario casi descontrolado. El gobierno de Cardozo vino a “domesticar” eso, aplicando un ajuste económico similar a los del FMI, pero siempre más mediado por la potencialidad económica del país y las características de su Estado.

El gobierno de Lula (2003-2010) tuvo la suerte de empalmar con el ciclo ascendente del precio de las materias primas que aún se está viviendo. El país ha sufrido, de todos modos, modificaciones estructurales, con un achicamiento relativo de su enorme aparato industrial, y una “primarización” de su economía con un giro hacia la agroexportación y el agronegocio.

Estas bases económicas colocaron al Brasil como uno de los grandes exportadores mundiales de materias primas, y se acompañaron de planes sociales “redistributivos” del PT para paliar la miseria extrema, así como créditos a la vivienda y automotores, que dieron una sensación de un nivel de vida ascendente en la última década.

Con un PBI superando el billón de dólares, Brasil entró por derecho propio entre el grupo de los países BRIC (Brasil, Rusia, India y China). El PT pudo cambiar su ideología inicial de “inclusión de la clase obrera” por una de hacer de Brasil una “potencia económica y política mundial”.

¿Todo por 20 centavos?

Pero, cuando nadie se lo esperaba, el país estalló. Las razones de fondo parecen ser dos. Una primera es político–democrática, por así decirlo.

La brutal represión a los jóvenes participantes de las primeras movilizaciones contra el aumento del pasaje de ómnibus, fueron llevadas adelante bajo la supuesta legitimidad de un régimen político con rasgos reaccionarios crecientes. Con el pretexto de “la Copa del mundo” (el mundial de fútbol del año próximo), se viene avanzando en la limitación y represión de los derechos de huelga y manifestación. Lo usual es que cualquier protesta, incluso pacífica, es salvajemente reprimida por las “policías militares”, cuerpos militarizados pertenecientes a cada Estado de Brasil.

En ocasiones anteriores, tanto los medios burgueses como sectores amplios de las clases medias justificaban hechos represivos como los reiterados ataques de la policía militar a los estudiantes de la Universidad de São Paulo (USP) o, en ese mismo Estado, el salvaje desalojo de un asentamiento popular.

Esta vez no fue así. El vaso se rebalsó ante las imágenes de la llamada “policía más represiva del mundo” repartiendo palos, gases y balas a diestra y siniestra a jóvenes que reclamaban contra ese aumento del transporte. La indignación estalló en multitudinarias movilizaciones de cientos de miles, sino millones, en todo el país con picos en Río de Janeiro, San Pablo y Belo Horizonte.

Junto con la represión, este inmenso estallido tuvo otra motivación que a primera vista parece insignificante. Unos céntimos de aumento del transporte público en São Paulo y otras ciudades, aunque en Brasil es uno de los más caros del mundo en relación a los ingresos.

Como en Turquía, que explotó contra un proyecto del gobierno de destruir un parque cercano a la plaza Taksim, es evidente que el motivo del estallido tiene raíces más profundas que la reivindicación inmediata que lo desencadenó. Los movilizados en Brasil lo dicen con todas las letras cuando rechazan el argumento gubernamental de que todo sería “por 20 centavos”. No es así: existe un trasfondo material mucho más amplio que explica la explosión.

Lo primero, es el drama del transporte público. São Paulo, Rio, Belo Horizonte, etc. son megalópolis. ¿Qué quiere decir esto? Significa que se trata de ciudades con tal cantidad de población que se tornan inmanejables. Sus servicios de transporte, públicos en general, de agua, gas, etcétera, viven colapsados porque no hay presupuesto que alcance para abastecer como corresponde la demanda.

Recorrer cualquier trayecto en São Paulo es un suplicio dónde se avanza a pasos de tortuga, para llegar a la fábrica, a la oficina, a la universidad. Además, está también colapsado, como otras partes del mundo, el sistema del autotransporte individual, el automóvil, que en desmedro del transporte público eficiente es absolutamente improductivo. Y, para colmo, es causa de una brutal polución. Tan es así, que los burgueses en Brasil van de compras a los hipermercado en helicóptero. Mientras tanto, el ferrocarril, el medio de transporte más eficiente, ha sido dejado de lado como en otras partes del mundo.

Al colapso del transporte público, se le agrega que es fuente de inmensos negocios privados, de capitalistas que cobran tarifas siderales. Esta es la fuente de movimientos como por un “pase libre” en el transporte público, contra las tarifas abusivas.

Pero ahora todos señalan que ya no se trata sólo de la pelea sobre los aumentos. La realidad es que para descomprimir las cosas, la mayoría de las prefecturas –gobiernos de las ciudades– han anulado los aumentos que originaron la protesta. Pero las movilizaciones continúan.

¿A qué se debe esto? Sencillamente, a que las razones del descontento son mucho más profundas que la cuestión del transporte. Se ha visto, por ejemplo, el repudio a los gastos faraónicos en obras para el mundial de fútbol del 2014 y las Olimpíadas del 2016. Estos derroches contrastan con los ajustes económicos crecientes que está imponiendo el gobierno de Dilma Rousseff en materia de salud y educación.

Pero además, hay algo aún más de fondo. A Brasil parece haber llegado, finalmente, la crisis mundial. O mejor dicho: parece estar comenzando a llegar. El país no está en recesión todavía, y la tasa de desempleo oficial es la más baja de la serie histórica (aunque hay que considerar que regiones enteras se encuentran fuera de la estadística). Pero se vive ya un estancamiento económico. Esto parece haber generado un profundo cambio en la percepción de las marcha de la economía por parte de la mayoría.

Dolores de parto

¿Cuáles son, a primera vista, las características sociales y políticas de los sectores que han salido a la calle?

Los rasgos sociales y generacionales hablan de una inmensa rebelión juvenil. Se ve a una nueva generación que por primera vez sale a las calles, un poco al estilo de las movilizaciones de los indignados en los países del primer mundo.

Sin embargo, conforme las movilizaciones se han profundizado y extendido a todo el país, el componente social se ha “masificado” y amplios sectores populares y de trabajadores comienzan a hacerse presentes. Es verdad que no se han decretado “huelgas generales”, y que los trabajadores –por el momento– no están participando como clase organizada en las movilizaciones. La gran mayoría de los sindicatos son controlados por la burocracia petista y sus aliados, y esto hace más difícil una confluencia movilizadora entre los que ocupan las calles y los lugares de trabajo. Sin embargo, indiscutiblemente la simpatía de la clase obrera, a pesar de su filiación mayoritaria en el PTm está con los que llenan en las calles.

Otro elemento importante es el componente estrictamente político de la movilización. El PT y sus acólitos en la región, como el chavismo y el kirchnerismo, han salido a decir que se trataría de una movilización “por derecha, tipo los escuálidos de Venezuela y los caceroleros de Argentina”.

Esto es una mentirosa provocación: se trata de inmensas movilizaciones de masas progresivas que, por el contrario, están cuestionando por la izquierda al gobierno procapitalista, social-liberal y proimperialista del PT. Una movilización que está desbordando un gobierno que ha frustrado las expectativas transformadoras que había despertado en su momento la figura de Lula. El gobierno petista se encuentra ahora frente al “espejo” de una inmensa movilización de masas que lo desnuda como lo que es realmente: ¡un gobierno neoliberal al servicio de los intereses del Brasil capitalista!

Lo anterior no niega que, tratándose de la emergencia de una nueva generación, de un recomienzo de la experiencia histórica de la lucha, no haya entre los sectores movilizados todo tipo de limitaciones y “telarañas mentales”. Esto ha sucedido siempre al inicio de cualquier movimiento de masas. Seguramente, con el desarrollo de la experiencia, esas limitaciones de la conciencia se irán decantando. Esto requerirá, también de manera imprescindible, de la actuación correcta de las corrientes socialistas revolucionarias.

La corriente Socialismo o Barbarie Internacional, por intermedio de nuestros compañeros y compañeras del grupo Práxis en el Brasil, trataremos de actuar en ese sentido, intentando aportar al desarrollo de una experiencia que ya marca un giro histórico en la lucha de clases del mayor país de la región. Por su propio peso, esta movilización vuelve a mostrar la vitalidad del ciclo de rebeliones populares abierto regional e internacionalmente.

En cualquier caso, la puesta en pie de una alternativa desde la clase obrera y la izquierda revolucionaria frente al PT y demás grupos y direcciones reformistas, así como la entrada a escena de la clase obrera en la lucha, requerirá de una dura pelea que recién está en sus inicios pero que tendrá seguramente dimensiones históricas. El gigante brasilero se pone de pié. La clase obrera más grande de América Latina está despertando. ¡Que los poderosos, los explotadores, los opresores, los capitalistas de Brasil y del mundo, tiemblen!

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Turquía: Declaración de la corriente internacional Socialismo o Barbarie, 04/06/2013

Turquía

Una nueva rebelión popular estalla en el país que
es puerta de paso entre Oriente y Occidente

“La clase obrera, las fuerzas de la izquierda, la juventud de Turquía están saliendo de un período de extrema pasividad política. Si no fuese por la incesante lucha librada por el pueblo kurdo, Turquía habría sido un desierto en términos de luchas de masas durante los últimos 15 años por lo menos, interrumpido excepcionalmente por la lucha de los trabajadores de Tekel (compañía de tabaco y bebidas alcohólicas privatizada) en el invierno de 2009-2010, vendida por la burocracia. Resulta aventurado decir que el movimiento ya está en un punto de no retorno. Pero el espíritu es definitivamente uno de auto confianza recuperada por parte de las masas. Lo más importante es ver cómo reaccionará la clase obrera organizada”
(Sungur Savran, DIP, 31-05-2013)

El día de hoy, 4 de junio, se cumplen ya cinco días de masivas movilizaciones callejeras en Turquía, que adquirieron fuertes rasgos de rebelión popular. Barricadas por doquier, fuertes cargas policiales, al menos dos muertos confirmados, miles de heridos y otros tantos de detenidos, son los hechos que configuran un escenario de fuerte crisis política en un país que hasta ahora venía siendo un modelo de estabilidad en una región convulsionada.

La reciente convocatoria a una huelga general de 48 hs. por parte de los sindicatos del sector público (KESK) y de una de las confederaciones generales (DISK) plantean la posibilidad de que la rebelión pegue un salto cualitativo, en el caso de confirmarse el ingreso a escena de sectores de la clase obrera.

La consigna levantada por decenas de miles de personas ya es directamente la renuncia del primer ministro Erdogan, islamista y neoliberal, del “Partido de la Justicia y el Desarrollo” (AKP por sus siglas en turco).

Un sabor de Tahrir en Taksim

Una semana atrás había comenzado un acampe en el parque Gezi cercano a la plaza Taksim, situados en la parte europea de Estambul. Este acampe, llevado a cabo por un pequeño núcleo de activistas juveniles, tenía como objetivo impedir que se llevaran adelante los planes del gobierno de derribar el parque para construir un shopping. La policía respondió al acampe con un violento desalojo el viernes 31, que despertó la indignación popular.

A las pocas horas, miles de turcos de manifestaban contra la brutalidad policial. Estas manifestaciones también fueron reprimidas, llevando a una generalización de la protesta y de los combates callejeros.

Al día de hoy, cientos de miles de personas se vienen movilizando en 70 ciudades y pueblos, incluidos la capital (Ankara), y la tercera ciudad de Europa, Estambul.

Las escenas recuerdan directamente a la plaza Tahrir en Egipto y a todo el ciclo de rebeliones populares en el Medio Oriente, además del movimiento de indignados en España y, en especial, en Grecia. El “mundo mediterráneo” como un todo parece convulsionado, mostrando los fuertes vínculos culturales, políticos y económicos subyacentes. Ellos han dado fundamento material a un “efecto imitación” que parece extenderse, sin prisa pero sin pausa, por toda la región.

Es evidente que el motivo de fondo de estas manifestaciones es mucho más profundo que la defensa de los árboles de la plaza Taksim. Lo que hay detrás es un profundo descontento con el gobierno de Erdogan, quien llegó al poder hace más de 10 años (en 2002) y desde entonces llevó adelante una profunda transformación del país.

Su política económica fue de privatizaciones, flexibilización laboral y apertura a las inversiones extranjeras, lo que permitió un enorme crecimiento económico pero basado en una profunda desigualdad social. Turquía pasó a ser la primera potencia económica de la región, con un PBI que está entre los primeros veinte del mundo, duplicando inclusive al egipcio.

Esto se llevó adelante mediante duros golpes a la clase obrera turca, e implicó una profunda transformación en los espacios urbanos en beneficio de los ricos, con obras faraónicas desarrolladas en función del beneficio capitalista y no de las necesidades populares. El proyecto de Plaza Taksim, por lo tanto, es sólo un símbolo de lo que ya venía ocurriendo hace rato, y por eso no es casual que la rebelión haya empezado por ahí. 

Esto se combina con problemas político-culturales profundos. Turquía es hoy una democracia burguesa con una histórica tradición laica, rasgos únicos en su género en los países de Medio Oriente.

El gobierno de Erdogan intentó comenzar a revertir esto, mediante la introducción de preceptos religiosos para controlar la vida civil: la forma “moderada” de imponer la sharía, ley islámica. Esto se traduce en ataques a las mujeres y sus derechos (como el derecho al aborto), en la restricción de la venta y consumo de alcohol, en la proliferación de mezquitas (que ya superan por mucho a la cantidad de escuelas existentes), etc.

En el aspecto político, Erdogan ejerce un gobierno que, si bien está basado formalmente en una democracia de tipo occidental, presenta rasgos crecientemente represivos y autoritarios. Miles de activistas están presos bajo las leyes “antiterroristas”, en especial los de la minoría étnica kurda que pelean históricamente por su derecho a la autodeterminación nacional. Lo más común es que las manifestaciones terminen en violentas represiones policiales, como ocurrió en la del último primero de mayo en ocasión del Día Internacional de los Trabajadores. También Turquía es primera en el mundo en la detención de periodistas.

A esto se le suma la intervención turca en la guerra civil siria. Aquí su rol es apoyar política y económicamente a los grupos islamistas del país (centralmente los Hermanos Musulmanes), con el objetivo de imponerlos como dirección político-militar del bando rebelde, cooptando su rebelión popular e intentando liquidar sus aspectos progresivos.

En esta tarea, realiza un gran servicio al imperialismo yanqui y en especial a las monarquías del Golfo, que quieren instrumentalizar la rebelión contra sus enemigos en la región. Esta intervención trajo serios problemas a Turquía, poniéndola al borde de la guerra con Siria y reproduciendo sus conflictos en su propio interior. De ahí que la población movilizada exige también que Turquía no se meta en el conflicto sirio.

La enorme importancia de Turquía como potencia regional

Turquía es un país que está situado en su mayor parte en Asia, pero que tiene una porción también en Europa, cruzando el estrecho del Bósforo. Allí es donde se encuentra Estambul, la ciudad más poblada del país y la tercera más grande de toda Europa. Por lo tanto, por su geografía, por su historia y sus rasgos culturales, Turquía es una puerta entre Europa y Medio Oriente.

Tuvo una enorme importancia histórica como núcleo del Imperio Otomano, que gobernó la mayor parte del mundo islámico durante 400 años (hasta su derrota en la Primera Guerra Mundial).

Actualmente, es parte de la OTAN, siendo por lo tanto un eslabón de la estrategia político-militar imperialista en Medio Oriente. Forma parte de una unión aduanera con la Unión Europea, y desde 2005 intenta incorporarse a la Unión Europea, hasta ahora sin lograrlo. Forma parte del G-20, el grupo de las principales potencias y países emergentes del mundo.

Su población es de más de 70 millones de personas, y su PBI está también entre los primeros 20 del mundo. Los últimos años, su economía viene creciendo a un 8 por ciento anual, con un importante crecimiento industrial, especialmente en el sector de exportaciones. Posee, por lo tanto, una poderosa clase obrera, aunque políticamente está en un estado de debilidad por las privatizaciones y las derrotas.

Turquía es tomada por el imperialismo como un “modelo exitoso” en el terreno económico y en el político. Intenta utilizar su ejemplo para cooptar y reabsorber el ciclo de rebeliones populares en Medio Oriente (la “primavera árabe”). El gobierno turco es uno de los principales inspiradores de los Hermanos Musulmanes en Egipto, en Túnez y en otros países.

Todo esto explica la enorme importancia política que tiene la rebelión popular en Turquía. En caso de extenderse y profundizarse, significaría poner en cuestión a un actor muy importante del operativo reaccionario de estabilización política llevado a cabo por el imperialismo y sus socios en Medio Oriente.

Más aún, pone en cuestión la estrategia imperialista de control militar de la región, dada la pertenencia y el rol de Turquía en la OTAN.

Por último, en el caso de que clase obrera, en especial los trabajadores industriales, ingresaran en la escena, significaría un terremoto político de proporciones gigantescas, que pondría seguramente al ciclo regional y mundial de las rebeliones populares en un nuevo nivel.

Los indignados de Turquía

“He vivido en Estambul por 40 años. Nunca vi días como los últimos
dos en mi ciudad. Nunca pensé que viviría tiempos como estos.”

(Cengiz Çandar, conocido periodista turco,
Al-Monitor, 02/06/2013).

El sector social que participa en las movilizaciones es muy similar al del resto de la Primavera Árabe y de los indignados en Europa. Están motorizadas por la juventud, en especial los sectores laicos y progresistas. Atrás de ellos se ven arrastradas capas medias universitarias y profesionales, sectores de la clase obrera más estructural, y de los sectores empobrecidos en general.

Entre los manifestantes se encuentran izquierdistas, sectores políticamente “liberales” que pelean contra el copamiento religioso, mujeres y minorías sexuales que luchan por sus derechos, trabajadores que exigen el derecho a sindicalizarse y a negociar sus condiciones de trabajo, minorías étnicas o religiosas (kurdos, alevíes, etc.), grupos ecologistas, etc.

 Por otro lado, el régimen conserva su fuerte base social en los sectores más conservadoramente religiosos, que son predominantes en la población rural y en sectores urbanos empobrecidos

 Por otro lado, el régimen tiene su fuerte base social en los sectores más conservadoramente religiosos, que son predominantes en la población rural y en los sectores urbanos empobrecidos que como en Egipto y otros países dependen de las organizaciones de caridad islámicas. Y, por supuesto, también tiene el sostén de aquellos sectores de todas las clases sociales que vieron mejorar su situación económica en los últimos años.

En las elecciones de 2011, Erdogan resultó ganador con el 50 por ciento de los votos, y conserva todavía una importante base de apoyo, aunque no está claro cómo se verá afectada por estos acontecimientos.

La rebelión popular en Turquía puede servir de nexo entre los procesos de rebelión de Medio Oriente y los de Europa.

De los primeros, parece mantener sus aspectos de lucha contra el autoritarismo político y la imposición religiosa (rasgo similar al de las peleas actuales en Egipto). De los segundos, toma una denuncia fuerte a las políticas económicas neoliberales, y una influencia política-ideológica relativamente mayor de las tendencias izquierdistas (comunistas, anarquistas, autonomistas, ecologistas, etc.). Y de ambos toma sus rasgos universales, como la centralidad de la juventud, el fuerte uso de las redes sociales, los métodos de la “ocupación”, etc.

El ciclo de rebeliones populares ataca de nuevo

Los hechos en Turquía despertaron inmediatamente una enorme empatía y solidaridad internacional, que conecta también a los movimientos “occupy”, los indignados, Puerta del Sol, la Plaza Tahrir y los griegos que resisten la “austeridad” de la Troika. Una nueva forma de internacionalismo parece estar comenzando a abrirse lugar con la acumulación de estas experiencias en el plano mundial. Esto ratifica la continuidad de lo que desde nuestra corriente internacional hemos llamado un “ciclo internacional de rebeliones populares”.

El desenvolvimiento de las actuales luchas depende en fuerte medida de la intervención de la clase obrera, con la huelga general y su movilización masiva. Fue con estos métodos que se logró tirar abajo a Mubarak en Egipto, y ya está siendo planteado por decenas de miles de turcos. Dos centrales sindicales se plegaron a la convocatoria de huelga de dos días (martes 4 y miércoles 5), aunque no está claro todavía cuál es el nivel de adhesión y participación de las bases.

En cualquier caso, si las movilizaciones están enfrentando un gobierno electo con fuertes rasgos autoritarios pero no una dictadura lisa y llana (como en la generalidad del mundo árabe y el Medio Oriente); y si continúan abiertas la dinámica de movilización y la dura respuesta de Erdogan, esto podría llevar o no a la caída de su gobierno. Pero lo que ya parece seguro, caiga o no Erdogan en lo inmediato, es que la rebelión popular turca llegó para quedarse. Y no en cualquier país, sino en el más importante nexo entre Occidente y Oriente.

Por de pronto, la tarea de las corrientes revolucionarias es poner a la orden del día las tareas de la solidaridad internacional, bajo las banderas de una salida al servicio de las necesidades y aspiraciones de los explotados y oprimidos de Turquía y de la región.

Estado Español