41 muertas por violencia de género. Hacemos responsables al gobierno de Rajoy y a los Gobiernos autonómicos de las muertes por violencia de género. Basta de femicidios.

A finales del año pasado y principios de este, con apenas una semana de diferencia, denunciábamos[1] que dos mujeres más morían asesinadas en el mismo municipio, Vilanova i la Geltrú (Barcelona). Con sus muertes se engrosaban las estadísticas de las muertas por violencia de género en 2013 en el Estado español; en esos momentos superaban ya las 50. En lo que va de 2014 son más de 40, así que vamos, como mínimo, por el mismo camino. Las Rojas, que en aquel entonces participamos junto a familiares, amigos y vecinos de una manifestación en repudio a la violencia hacia las mujeres escribíamos:

“(…) a Núria y a Judit las mataron. Las obligaron de la manera más brutal a dejar atrás una vida todavía por vivir, hijos, familia, amigos, vecinos, sueños, proyectos… La Núria y Judit murieron porque una vez más un hombre así lo decidió y este Estado capitalista y patriarcal y sus instituciones lo permitió. Estamos tristes y enfurecidas. Tristes porque la ausencia y el vacío duelen, porque les robaron la vida a estas dos mujeres que tenían un pasado, que vivían un presente y que debían ser las dueñas de su futuro.

Enfurecidas porque cada año unas 50 mujeres mueren en el Estado español molidas a golpes, degolladas, quemadas, apuñaladas, descuartizadas, tiroteadas… Estas mujeres no son un dato o una estadística más, son las víctimas de este sistema capitalista y patriarcal que se asienta en la opresión de las mujeres y ejerce su violencia sobre nosotros en estas nuestras sociedades “avanzadas” y “desarrolladas” del siglo XXI: la violencia de la desigualdad, de la marcha atrás en el derecho al aborto, la violencia de las redes de trata y de la explotación sexual de mujeres y niños con su cadena de complicidades que alcanza desde el Gobierno a la Iglesia, pasando por sus instituciones de extorsión y represión, como la Policía y la Justicia.

Las mataron para ser mujeres y ser mujer significa cargar con la posibilidad de morir a manos de un hombre que se cree tu amo, con la posibilidad de ser violada, con la posibilidad de ser asediada, tocada, con la casi certeza de que tu trabajo sea peor considerado y a veces peor pagado que el del hombre que trabaja a tu lado, con la posibilidad de ser absorbida por una red de trata y explotada sexualmente, con la posibilidad de morir para realizarte un aborto clandestino porque otros legislan sobre nuestros cuerpos y deciden por nosotras cuándo y cómo ser madres. Porque este es el rol que tiene asignado para nosotras y quiere conservar el capitalismo: la mujer, aunque trabajadora (y por eso a menudo doblemente oprimida), sigue siendo quién sostiene la casa, quien realiza los trabajos reproductivos, que además de tener y cuidar de los hijos, implican los trabajos de cuidar, alimentar y asear también al marido y a los ancianos y enfermos de la familia. Históricamente consideradas inferiores, sin inteligencia y sin deseos ni deseo, este sigue siendo el lugar desde donde las mujeres mejor servimos al sistema.

La supervivencia del ideal de familia patriarcal, biparental, monógama y heterosexual es quizás el más esencial y profundo de los legados que la Iglesia le ha dado a la sociedad de explotación, y así, la dictadura sobre la mujer ejercida en la familia continúa hasta hoy. A pesar de la propaganda engañosa basada en la situación de una minoría privilegiada que pretende difundir la idea de que las mujeres se han liberado, la mujer sigue siendo hoy una esclava doméstica que cumple su rol reproductivo: su cuerpo está expropiado por el Estado, su sexualidad y su maternidad no tienen nada que ver con su deseo, sino que están puestas en función de las necesidades económicas del capitalismo patriarcal. En situaciones de crisis como la que hoy sufrimos, todo esto se evidencia y acentúa cada vez más.

Por eso la violencia de género es un aspecto más de la opresión estructural a la mujer que responde menos a una simple cuestión cultural, ideológica o de costumbres, y más a la necesidad del sistema capitalista para sostenerse y perpetuarse.(…)”

La víctima número 41 causó rabia y estupor. Y es que es un escándalo. Las 41 mujeres asesinadas (por ser mujeres) son un claro y triste reflejo de la realidad de la violencia a la que diariamente estamos sometidas las mujeres en todo el territorio del Estado. Las 41 muertes tienen responsables: el gobierno Central del PP y los distintos gobiernos autonómicos que permiten que esto suceda. Y esto ocurre porque el Estado es patriarcal y sus instituciones, como la Justicia y la Policía, las que supuestamente deben garantizar la “protección” a las mujeres, también lo son.

Cientos de ejemplos nos horrorizan y lo confirman todos los días. Todos sabemos que la mayoría de las mujeres que sufren maltrato no denuncian los hechos, ya sea por temor a recibir represalia de su maltratador o ya sea porque descreen del sistema de protección que se les pueda brindar. Y cuando la denuncia se hace efectiva, la mayoría de los casos se archiva y el resto termina en absolución o condenas leves que no implican prisión efectiva. Entre las 41 víctimas, una de ellas había presentado más de treinta denuncias, otra tenía vigente una “orden de alejamiento” y otra fue asesinada junto a su hija y su madre a manos de su ex pareja que estaba preso pero que estaba con permiso de salida. Todo esto nos habla de jueces y fiscales que no encarcelan maltratadores cuando son denunciados y les dan permiso para salir cuando están presos. Si una mujer fue violada hay que averiguar si fue con o sin consentimiento, porque tal vez quiso; si una mujer desaparece, quizá quiso irse de su casa; si una mujer aparece muerta, quizá se suicidó o algún loco suelto o desconocido la mató porque sí. Este es el accionar “normal” del Gobierno y su justicia: dudar de las mujeres. Aunque las estadísticas nos digan que cada año mueren 50 mujeres por violencia de género, para la justica esa realidad no significa nada.

Y todo esto pasa porque la justicia es patriarcal, no negligente. La Justicia reproduce la situación de opresión que vivimos cotidianamente las mujeres y avala los peores flagelos que podemos sufrir como la violencia y los femicidios. La justicia actúa en conjunto con las políticas de los Gobiernos central y autonómicos, que lejos de combatir la violencia, favorecen las condiciones para que ésta se profundice, y mienten cuando nos dicen que hacen algo con las leyes de violencia o con los programas de protección, o con el 016, mientras nuestras condiciones de vida empeoran, y seguirán empeorando mientras no accedamos a trabajo genuino y viviendas dignas  para salir de la dependencia económica de los hombres y mientras más se agudice la brutal política de austeridad y recortes que vienen aplicando los gobiernos, que precisamente empeora la situación de las mujeres.

No tenemos ninguna confianza en el Gobierno central ni en los autonómicos. No pensamos que el problema de la violencia y los femicidios se resuelva con más proyectos y programas de protección o con más asistentes sociales que atiendan el 016. Pueden redactarse los mejores proyectos y diseñarse los más prometedores programas y aun así los maltratadores entrarán y saldrán de las cárceles impunemente. Y es que cualquier medida a favor de nuestros derechos, para que realmente se cumpla, debe imponerse con la lucha y la movilización de las mujeres en las calles, y es ahí donde hay que poner todas nuestras fuerzas.

Organicémonos contra la violencia de género. Basta de femicidios.

Ante la continua violencia que se ejerce sobre las mujeres, desde Las Rojas creemos que el movimiento de mujeres tiene que movilizarse. Las organizaciones de mujeres tenemos que tomar en nuestras manos y llevar adelante una implacable lucha contra la violencia de género sumando iniciativas y poniendo el cuerpo, porque la única forma de acabar con la violencia hacia las mujeres y los femicidios es poniendo en pie un gran movimiento de mujeres que salga a las calles a enfrentarse a la justicia y a los gobiernos patriarcales.

Que estos femicidios no queden impunes y caigan en el olvido como simples datos estadísticos será consecuencia de la lucha, porque la pelea contra los femicidios y la violencia es lo que da vida y fortalece al movimiento de mujeres, sacándolo a las calles; es cuando la lucha contra el patriarcado se hace carne.

Ante la violencia machista y patriarcal que los gobiernos ignoran, encubren y tratan de manera insuficiente, Las Rojas planteamos que la salida pasa por la organización independiente de las mujeres luchando en las calles con una denuncia sistemática contra la violencia, sus culpables y las instituciones que los encubren, siempre al lado de la lucha por la organización de la clase obrera.

Por eso Las Rojas trabajamos para construir un movimiento de mujeres que luche en las calles por sus reivindicaciones y que se comprometa con las luchas de las y los trabajadores contra el capitalismo. Para empezar a construir un mundo donde haya emancipación de las mujeres y se acabe con la explotación.

¡Ni una muerta más, basta de femicidios y violencia hacia las mujeres!

Que el Estado garantice la protección y la independencia económica de las mujeres maltratadas con trabajo estable y vivienda.

Abajo la Ley anti aborto de “Fachardón”. Aborto libre, legal, seguro y gratuito

Desmantelamiento de las redes de trata para la explotación sexual

Separación de la Iglesia y del Estado

Por un Movimiento de mujeres que luche en las calles por sus derechos

[1] Véase “Si tocan a una tocan a todas” en https://sobesp.wordpress.com/2014/01/30/si-toquen-a-una-ens-toquen-a-totes/

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Celebramos la recuperación de la identidad del nieto 111 de las Abuelas de Plaza de Mayo, Argentina.

por Ana Vázquez, MAS Argentina

 Después de 35 años de haber sido robado a su madre, Laura, detenida-desaparecida en los campos de concentración de la dictadura, a apenas cinco horas de su nacimiento, Ignacio Hurban recuperó su identidad biológica; es nieto de Estela Carlotto, histórica dirigente y fundadora de Abuelas de Plaza de Mayo.

Es el nieto número 111 encontrado por Abuelas de Plaza de Mayo sobre un total de 500 bebés que fueron apropiados por los militares y sus cómplices.

Como en las otras oportunidades, su recuperación es resultado de una lucha que ha trascendido varias décadas y atravesado generaciones.

En un día tan memorable, la titular de Abuelas de Plaza de Mayo, emocionada, expresó una parte auténtica de esta gesta, al decir que se logró “a costa de sangre, de lucha y de resistencia”. Coincidimos en esto con ella. Lo que no acordamos es que esta nueva recuperación de un nieto sustraído sea “un triunfo de los argentinos”. Porque esa sangre que se derramó no fue de “todos los argentinos”, menos esa lucha y esa resistencia. Fue sangre de una heroica vanguardia, al principio constituida esencialmente por los familiares, como fue Azucena Villaflor, presidenta de Madres de Plaza de Mayo asesinada por la dictadura poco tiempo después de constituirse este organismo. Más adelante se extendió a la juventud y a los trabajadores que tiraron abajo muros que parecían infranqueables hasta conseguir pasos adelante importantísimos como que los jefes de las Fuerzas Armadas del Proceso fueran presos, que Videla se pudriera en la cárcel; que, como hoy en el caso del nieto de la presidenta de Abuelas, chicos arrebatados en las maternidades clandestinas pudieran reencontrarse con su familia, con su verdadera identidad.

Hoy desde todo el espectro político la saludan y la felicitan. Muchos de éstos o sus partidos colaboraron con la dictadura o trataron de “salvar” a los militares en su estrepitosa caída en 1982, tratando de dictar una ley de amnistía para que no fueran presos. Proyectos militares, patronales y de las cúpulas eclesiásticas fracasaron y unos centenares fueron juzgados.

Como socialistas revolucionarios que somos parte de “los argentinos” que participamos de esta lucha inclaudicable, saludamos este triunfo porque es un triunfo de la clase obrera, de su vanguardia independiente y de la juventud, que derribarán nuevos muros que se interpongan en la lucha contra la explotación y la opresión.

 

Estado Español