Macri nos lleva de vuelta al FMI – Una crisis que recién empieza

por Roberto Sáenz

“(…) la respuesta del Fondo se pareció al alivio de volver a respirar después de ser arrasado por una ola gigante. Pero no había nada que festejar. Los efectos secundarios y los costos resultarían inevitables. Si lo del ajuste salvaje era un suicidio político, recurrir al FMI no sería incruento, dada la historia todavía viva en la memoria colectiva” (Claudio Jacquelin, 09/05/17).

La corrida del dólar ha desatado la crisis más grave del gobierno de Macri. Luego de dos años y medio implementando un plan de liberación de la economía, de intentar ataques reaccionarios, la devaluación del peso abrió una crisis de conjunto: económica y política a la vez.

En el fondo, los eventos de estos días no son más que el efecto retardado de las jornadas de diciembre, cuando frente al “reformismo permanente” que pretendía Macri, los trabajadores movilizados a la Plaza Congreso le volvieron a recordar que esta Argentina sigue siendo, en cierta medida, la de diciembre del 2001; un país que no tiene sus relaciones de fuerzas saldadas.

El gobierno de Cambiemos quedó así entre la espada y la pared: entre un ajuste que no ha podido ir hasta el final –de ahí el mentado “gradualismo”- y un movimiento de masas que, a pesar de los planchazos de la CGT y los k, encuentra la manera de reaccionar cuando siente que está en juego algo esencial.

Así fue en el terreno democrático cuando el fracaso del 2 por 1 a los genocidas. Pero sobre todo en las jornadas de diciembre pasado, que, si no lograron parar el descuento jubilatorio, postergaron el tratamiento de la contrarreforma laboral.

El gobierno ha optado por volver al FMI. Sostiene que “vamos con nuestro plan”; “que el fondo no nos va a imponer nada” … Pero eso no se lo creen ni ellos: la vuelta al Fondo significa un nuevo encadenamiento del país a los organismos internacionales, a la deuda externa. Si el fondo “presta” algo es creándose siempre las condiciones para volver a cobrar; de ahí las condicionalidades.

Por más humo que quieran vender Macri, Marcos Peña y Dujovne, se viene un enorme ajuste económico. El mismo ya está en curso con una de las tasas más altas del mundo (40%). Al mismo tiempo, el dólar no frena su escalada: hoy superó los $23.

Es que a los mercados no les agrada la insistencia del gobierno en el supuesto “gradualismo”: quieren que Macri se decida por el ajuste brutal.

La combinación de tasas altas y dólar alto lleva la economía al peor de los mundos: recesión más inflación.

Pero no hay que aceptar la naturalización del ajuste que pretende el macrismo. Tampoco la estrategia de la oposición de reducir todo al debate parlamentario. Hay que imponerle a la CGT la convocatoria a un paro general activo, pero no para después del veto presidencial, sino antes; un paro general que derrote el ajuste tarifario.

Tiene que ser la población trabajadora la que opine sobre la salida para el país. No puede ser que todo se decida entre las cuatro paredes de Casa Rosada; que el Congreso sirva solamente para “discutir”.

No se puede esperar al 2019. Al ajuste hay que derrotarlo en las calles imponiendo un plan económico al servicio de los trabajadores. La población tiene derecho a decidir.

El plan económico fracasó  

El plan económico se encuentra en una grave crisis. Los fundamentos de esta crisis son tanto de coyuntura como estructurales.

Coyunturalmente, el detonante vino por el lado externo: al endurecerse las condiciones de financiamiento, un país expuesto a la deuda como la Argentina, no podía dejar de sufrir. El temor frente a las insuficientes condiciones de repago, un déficit comercial histórico, una no menos histórica fuga de divisas, son algunos de los elementos que dieron lugar a la corrida.

El país no genera divisas genuinas: ahí está todo el misterio de la corrida[1]. Para colmo, el gobierno desfinanció al Estado sin generar un flujo de ingresos de igual magnitud.

Ajusto, sí. Pero la cuenta de haberle quitado retenciones al agro y la industria, a la minería, haber reducido las cargas patronales, haberle pagado a los fondos buitres y toda una serie de medidas en favor de los capitalistas, no alcanzó a ser cubierta mediante el actual nivel de exacción a los trabajadores y sectores populares: “(…) lo que cuenta para el Fondo y los mercados es la capacidad de repago de la deuda soberana, medida en términos de ingresos genuinos de divisas por exportaciones e inversión directa. Que a su vez se relaciona con el tipo de cambio real y la competitividad de la economía” (Néstor Scibona, La Nación, 9/05/18).

Parte de estas exacciones, claro está, son la reducción de jubilaciones que logró imponer en diciembre; también los aumentos tarifarios brutales. Pero el gobierno no ha podido llevar adelante el ajuste todo lo que hubiera querido. Un dato a no perder de vista es la acometida que se viene por leyes laborales; seguramente será una de las “condicionalidades” que plantee el Fondo.

El desacople entre las medidas favorables a los capitalistas y un ajuste que todavía no es todo lo profundo que se quisiera, es el que ha dado lugar a la multiplicación del endeudamiento; un endeudamiento que en solo dos años aumentó por 60 mil, 70 mil u 80 mil millones de dólares (siquiera se sabe exactamente por cuanto); una enormidad.

El país no está generando divisas genuinas; solo llegan “capitales golondrina” que son los primeros que huyen ante el menor temblor[2]. El déficit comercial es brutal: ¡una aberración en este terreno es que se están importando 500.000 autos de gama media y alta por año! Los precios agrícolas se mantienen relativamente altos, pero lejos de la década pasada. Y si a esto se le agrega los efectos de la sequía, aquí también los números vienen mal.

A esto hay que sumarle aberraciones como el déficit turístico, que el año pasado alcanzó la escandalosa cifra de 10.000 millones de dólares, lo que sumado a otro tanto del déficit comercial y a la fuga lisa y llana de divisas, explican ese chorro descomunal que la economía macrista necesita para funcionar: ¡30.000 o 40.000 millones de dólares al año[3]!

Cuando las condiciones internacionales se pusieron más duras, ocurrió el reventón. Es como el libro de García Márquez, “Crónica de una muerte anunciada”: todo el mundo sabía que la Argentina era frágil a los vaivenes económicos internacionales.

Junto a las cuestiones de coyuntura hay otras más estructurales. Un tema es que, dado el grado de desarrollo relativo de la Argentina, es muy difícil que funcione sin algún tipo de proteccionismo.

La Argentina es un país con una clase trabajadora y una clase media con un alto nivel cultural relativo. La tasa de sindicalización ronda el 40%, una de las más altas del mundo. Por añadidura, el nivel de industrialización del país es importante para un país dependiente como la Argentina (un país en el que son difíciles las economías de escala[4]).

Sin embargo, y aquí está la principal contradicción, la productividad económica del país es baja respecto de su grado de industrialización[5]. Si se sacara toda protección, estos capitales no podrían competir. Pero desindustrializar el país puede entrañar graves riesgos para la estabilidad social (amen de los capitalistas sacrificados). La economía argentina necesita protecciones que, si no están, si se liberalizara todo, se terminaría desatando una crisis más dramática que la que estamos viviendo (por así decirlo)[6].

Otro elemento estructural son las relaciones de fuerzas. El índice de empleo de los trabajadores está en relación directa con mejores relaciones de fuerzas; inversamente, a más desocupación, peores relaciones. El desempleo es un factor disciplinador.

Cuando el ejército industrial de reserva es grande (así llamaba Marx a los desempleados), el resto de los trabajadores aceptan lo que venga: condiciones de esclavitud, salarios a la baja, etcétera.

Pero cuando el desempleo es bajo, la resistencia de los trabajadores se incrementa. Claro que aumentar el desempleo le puede traer muchos beneficios económicos a los capitalistas; pero entraña también peligros si se pasan de la raya: esa es la lección que dejó el 2001.

No se puede esperar al 2019

La crisis abierta no es solo económica: es política, global. Cuestiona la gobernabilidad del país; la posibilidad de reelección de Macri; infunde el temor del “retorno del populismo”.

La corrida que estamos viviendo es hija de las jornadas de diciembre. Fueron ellas las que enterraron el “reformismo permanente”; el atisbo del gobierno de girar a una política de shock.

Si el gobierno es “gradualista” no es por vocación sino por necesidad: asume que el costo político-social de ir a un ajuste más brutal no lo podría resistir.

De ahí la encrucijada del oficialismo: la economía necesitaría una política de shock; el gradualismo está en crisis y no se sabe a ciencia cierta qué exigirá el FMI.

Pero por otro lado la gestión del país, los límites políticos-sociales de los cuales habla Macri, la gobernabilidad, exigen tener ciertos cuidados; no vaya a ser que el país explote nuevamente como en diciembre: “El mercado hace un año no miraba los fundamentos y sólo le importaba la gobernabilidad. Hoy, con un mundo donde el financiamiento se encareció un poco en general, y un poco más para la Argentina, el mercado está pendiente de ambas agendas: la de la gobernabilidad y la de la sustentabilidad.

“El problema es que ambas agendas son contradictorias; ‘hacer lo que hay que hacer’ tiene costos, pero no hacerlo también. Y a diferencia de la elección presidencial del 2015, cuando las tres agendas implicaban un cambio pro mercados [Macri, Scioli y Massa], en 2019 la agenda de la oposición va a ir contra el ajuste. Todos esperamos que el gradualismo sustentable no sea un oxímoron [se dice así de una palabra que entraña una contradicción en sí misma], pero la dependencia del financiamiento externo lo puede complicar” (Marina Dal Poggetto, La Nación, 6/05/18).

El gobierno ha quedado entre dos fuegos. Por un lado, los sectores fundamentalistas le exigen un shock; por el otro, la población trabajadora repudia el retorno al Fondo[7].

La Argentina no parece lista para un giro a la derecha; no se ven condiciones para un gobierno de excepción, para gobernar por decreto. Macri tiene que gestionar el país en condiciones de normalidad democrático-burguesa, siendo minoría en ambas cámaras.

Un elemento disciplinador podría ser un trauma social: la deriva a una hiperinflación o una hiperdesocupación. Pero cualquier escenario de este tipo entraña graves riesgos. Recordemos que una de estas crisis se saldó por derecha; pero en la otra el tiro salió por la culata…

Estamos en medio de una crisis que no ha terminado. La oposición patronal, los k y la CGT, se cuidan muy bien de no hacer olas. El paro general que anuncia la CGT para después del veto presidencial, podría tener mucho de hecho consumado; pero la realidad es siempre más rica: un desliz y puede haber desborde.

El gobierno se apresta a aplicar el plan del FMI y vetar la reducción de las tarifas. Hay que hacer asambleas para imponer un paro general activo ya. Hay que levantar un programa para que la crisis la paguen los capitalistas: abajo el tarifazo; estatización bajo control de trabajadores y usuarios de las empresas de servicios; no al techo salarial: reapertura de las paritarias con aumentos al 25% indexados; no a los despidos: estatización bajo control obrera de las empresas que despidas masivamente o suspendan; no al pago de la deuda externa: nacionalización de la banca y el comercio exterior. Se trata de un plan alternativo para que paguen los empresarios.

El gobierno de Macri es una estafa: vendió globos de colores, prometió pobreza cero y lo único que ha hecho es enriquecer a los capitalistas y hundir al país. No puede ser que ahora se vuelva al FMI sin que nadie lo haya decidido. El pueblo tiene derecho a opinar; las decisiones no puede tomarlas el “círculo rojo”. No se puede esperar al 2019.

Notas

[1] Las divisas genuinas son las que ingresan por superávit comercial o inversión directa de capitales en la producción.

[2] El grueso de los capitales que volaron estos días (por un monto en torno a los 5000 millones de dólares), es de grandes inversores financieros extranjeros.

[3] Esto sin olvidarnos que también hay que financiar el déficit fiscal, un financiamiento que Macri eligió hacerlo contra la creación de nueva deuda.

[4] Esto no se ha resuelto con el Mercosur porque desde hace tiempo nuestro intercambio comercial con el gigante latinoamericano es deficitario.

[5] Trotsky señalaba que la potencia económica de un país podía medirse según su productividad relativa en comparación con el promedio mundial (productividad quiere decir cantidad y calidad de mercancías producidas por hora de trabajo).

[6] Veamos el aberrante caso de las naftas: un país sin autoabastecimiento que tiene sus precios de los combustibles dolarizados: una bomba de tiempo a punto de explotar; de ahí que el gobierno haya pactado con las empresas del sector postergar los aumentos de mayo y junio a julio.

[7] Entre determinados sectores se expresaron manifestaciones de temor frente a la crisis; una reacción algo lógica porque todo el mundo quiere vivir lo mejor posible; en todo caso habrá que ver para qué lado decanta este tipo de reacciones.

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