A 50 años del asesinato de Martin Luther King

Por Ale Kur, 12/4/18

El 4 de abril se cumplieron 50 años del asesinato de Martin Luther King, emblemático dirigente del movimiento por los derechos civiles en Estados Unidos. Se trata de una de las figuras políticas más importantes del siglo XX en EEUU, con un reconocimiento a escala internacional. En esta nota queremos retomar algunos aspectos de su biografía política, con el doble objetivo de recuperar los aspectos más conocidos de su militancia, y de echar luz sobre otros muy importantes, pero mucho menos conocidos y difundidos. Especialmente, aquellos que mostraban al dirigente no solo como un antirracista, sino también como un cuestionador de la estructura profundamente desigual del capitalismo norteamericano, así como del militarismo imperialista yanqui.

Luther King, nacido en 1929, era desde mediados de los ’50 un pastor afroamericano de una iglesia bautista de Montgomery (Alabama), en el sur de EEUU. Los estados del sur de Norteamérica habían albergado -desde la época colonial- grandes plantaciones trabajadas por enormes contingentes de esclavos negros. Luego de la Guerra Civil, culminada en 1865, la esclavitud había sido formalmente abolida, pero continuaron vigente una serie de normativas (conocidas como “leyes de Jim Crow”) que garantizaban la persistencia de un sistema de segregación racial. En los estados del sur, a mediados del siglo XX, seguían siendo endémicos el racismo institucional y la discriminación, la violencia policial y la pobreza de las comunidades negras, afectando a millones de personas.

En ese marco, Luther King desplegaba desde el púlpito una prédica antirracista y por la igualdad. Pero su salto a la gran vida pública ocurrió en 1955, cuando la afroamericana Rosa Parks encendió la chispa del movimiento por los derechos civiles al negarse a cederle el asiento a un blanco (tal como era obligatorio en las leyes de su estado). Martin Luther King se puso al frente de esa resistencia, organizando el famoso boicot a los autobuses: durante 382 días, 40 mil negros de la ciudad se negaron a utilizar los medios de transporte que imponían la segregación racial. Este culminó en un importante triunfo cuando en 1956 la Corte Suprema de EEUU declaró ilegal la segregación tanto en los autobuses como en otros lugares públicos.

Luther King fundó y asumió entonces -en 1957- el liderazgo de la Southern Christian Leadership Conference (SCLC), organización que nucleaba a líderes religiosos de las comunidades negras involucrados en el movimiento antirracista. Esta corriente levantaba las ideas de la “desobediencia civil no violenta”: defendía las protestas callejeras y los métodos de acción directa, en tanto y en cuanto no implicaran enfrentamientos físicos contra la policía u otros sectores. Si bien esta posición “no violenta” tenía fuertes aspectos de ingenuidad política y de moralismo liberal y religioso, no debe confundirse con legalismo o apego a las instituciones: Luther King tenía plena conciencia de que ningún cambio vendría sin la lucha en las calles, sin el desborde de las leyes racistas y del “statu quo” de la segregación. En ese sentido, era mucho más combativo que gran parte de los sectores liberales que hacen una falsa reivindicación de su figura.

Desde entonces, Luther King y su organización lideraron una importante serie de protestas en varias ciudades del sur de EEUU (especialmente a comienzos de los ’60), que atrajeron la atención y la simpatía de muy amplios sectores de la sociedad norteamericana.

Pero el verdadero salto cualitativo del movimiento ocurrió en agosto de 1963, cuando la SCLC organizó (junto a otros sectores del movimiento antirracista, movimientos estudiantiles y algunos importantes sindicatos) una gran movilización en Washington, capital de EEUU, bajo el nombre de “Marcha sobre Washington por el Trabajo y la Libertad”. Allí se movilizaron cerca de 300 mil personas, en su gran mayoría negras (y una gran parte proveniente de los estados del sur) con el objetivo de visibilizar su lucha y exigirle al poder político el cumplimiento de sus demandas. En esta marcha Luther King pronunció su histórico discurso conocido por la frase “I have a dream” (“tengo un sueño”). La movilización consagró definitivamente el carácter nacional del movimiento por los derechos civiles, instalándolo como uno de los principales asuntos de la agenda política de país.

La pelea por los derechos civiles, y la marcha sobre Washington en particular, provocaron tal impacto que el “establishment” norteamericano debió ceder en muchas de sus reivindicaciones. Entre 1964 y 1965 se aprobaron leyes que abolieron definitivamente las reglamentaciones racistas y segregacionistas que todavía estuvieran vigentes en el país. En este período Luther King recibió también el Premio Nobel de la paz, que refleja la gran simpatía que despertaba en sectores masivos, por un lado, y el interés de la clase dominante por mantenerlo dentro de los carriles institucionales, por otro.

Ya en estos años comenzaba a desarrollarse en el movimiento negro un ala más radicalizada, dentro de la cual destacaba el dirigente Malcolm X (que sería asesinado en 1965), y luego el partido de los Panteras Negras. Estos sectores criticaban la “moderación” de los métodos de Luther King, a la vez que planteaban una crítica más integral y profunda al capitalismo y su explotación económica de la población negra, como parte integral de la clase obrera. Esta ala defendía los motines raciales (como los importantísimos “disturbios de Watts” de 1965) y los enfrentamientos sistemáticos con la policía. Por estas razones, una parte de la clase dominante norteamericana prefería apuntalar a Luther King, con el objetivo de evitar los desbordes de estos sectores radicalizados.

1965: Luther King gira a la izquierda

Sin embargo, el idilio entre Luther King y el Partido Demócrata en el poder (bajo el presidente Lyndon B. Johnson) no duraría mucho. La intervención de Estados Unidos en la guerra de Vietnam en 1965 despertó fuertes críticas por parte del dirigente negro. Estas críticas precipitaron la ruptura por ambas partes: los medios de comunicación y la burguesía comenzaron rápidamente a demonizarlo. El FBI lo seguía muy de cerca, sospechoso de simpatizar con el comunismo.

Comenzó así un cierto giro a la izquierda por parte de Luther King. Esto debe entenderse en términos relativos: siempre conservó su concepción fuertemente religiosa, moralista y de rechazo a las transformaciones violentas. Sin embargo, profundizó sus críticas a la sociedad norteamericana no sólo en cuanto a los aspectos de la desigualdad jurídica entre razas, sino en su elemento más estructural: la desigualdad socioeconómica provocada por una injusta distribución de la riqueza. Así, la crítica a la pobreza fue ocupando el centro de su discurso y agenda política. Privadamente llegó a admitir que la salida para los problemas de los sectores oprimidos en EEUU era la conquista de un socialismo democrático. Al mismo tiempo, endureció su crítica al militarismo imperialista y apoyó las luchas de los pueblos del Tercer Mundo.

Así es como en 1967 se decidió a lanzar una nueva iniciativa: la “campaña del pueblo pobre” (Poor People’s Campaign), que consideró como “la segunda fase de la lucha de los derechos civiles”. Aquí el objetivo era erradicar la pobreza a través de conquistas de derechos económicos y sociales para los sectores más humildes. Por ello el sujeto ya no eran únicamente los negros, sino también los pobres blancos y de otras comunidades étnicas. Luther King se proponía organizar al movimiento a lo largo y ancho del país para realizar una nueva gran marcha nacional sobre Washington, dando lugar a una nueva fase de la desobediencia civil. Quería obligar al poder político a sancionar una «declaración de derechos económicos y sociales» para los pobres, incluyendo la demanda del pleno empleo, la construcción de viviendas y la garantía de un ingreso básico.

Este nuevo proyecto fue concebido en el marco de una creciente radicalización del movimiento negro, con cada vez mayores y más violentos motines raciales, y en el marco de un ciclo nacional e internacional de luchas (especialmente contra la guerra de Vietnam) y de giro a la izquierda de amplios sectores de la juventud. En este nuevo escenario, la prédica pacifista de Luther King era cuestionada cada vez más ampliamente, y eran muy comunes los desbordes en las movilizaciones antirracistas, así como el crecimiento de las organizaciones armadas referenciadas con la idea de “Poder Negro”.  De esta manera, el giro político de Luther King acompañó la presión de su base social -a diferencia de otros dirigentes de su mismo movimiento, que se mantuvieron en posiciones conservadoras y se opusieron desde la derecha a la “campaña del pueblo pobre”.

Ya lanzada la campaña, Luther King se trasladó en marzo de 1968 a la ciudad de Memphis, para apoyar la huelga de los trabajadores negros de la recolección de residuos. Fue allí donde fue asesinado el 4 de abril, a manos de un supuesto “supremacista blanco”. La realidad es que su perfil político cada vez más contestatario (apoyado en una enorme capacidad de movilización y simpatía social) era un grave problema para la clase dominante, incluido el Partido Demócrata del presidente Johnson. Es imposible disociar su asesinato de las posturas más a la izquierda que había adoptado en los últimos años, y de su intento de organizar políticamente a los pobres de todo el país.

Los gobernantes norteamericanos y todo el “establishment” liberal (en EEUU y el mundo) intentan ocultar todos estos aspectos de la historia, queriendo mostrar una figura totalmente inofensiva de Luther King, adaptada al imperialismo yanqui y que sirva como ejemplo de “buenos modales” para tranquilizar a las nuevas generaciones. Si bien el dirigente negro distó mucho de ser un revolucionario socialista (y menos aún marxista), de ningún modo fue la figura edulcorada que el discurso dominante intenta instalar. Por el contrario, fue durante toda una década una gran piedra en el zapato de la burguesía estadounidense, que tuvieron que sacarse de encima por la vía de su ejecución. El asesinato de Luther King es uno de los tantos crímenes históricos del imperialismo americano, que los socialistas debemos recordar y repudiar. Del mismo modo, es necesario recordar y rescatar del olvido su historia más radicalizada, al igual que la de todo el movimiento negro.

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