¿Es Donald Trump un “populista”?

A dos meses de Trump en la presidencia

Esta semana se cumplieron dos meses de Donald Trump en la Casa Blanca. Es un tiempo breve, pero ya suficiente para aclarar algunos malentendidos.

Por ejemplo, antes y después de las elecciones viene siendo repetido como una letanía calificar a Trump de “populista”, sobre todo por el periodismo analfabeto… que abunda en los medios.

La calificación de “populista” se hace a veces como alabanza: Trump se preocuparía por el bienestar de los trabajadores y los pobres… por supuesto si no son de razas inferiores como los latinos, los negros o los pueblos originarios…

Pero la mayoría de las veces, el (presunto) “populismo” de Trump es condenado a la hoguera por los inquisidores neoliberales… que además están susceptibles por el desastre económico-social en que ha ido desembocando la tan alabada globalización.

Este es el caso de Mario Vargas Llosa. Y es todo un caso clínico. Inicialmente, hace décadas, fue un gran escritor latinoamericano, “progre”, con obras inmensas como “La ciudad y los perros” o “La guerra del fin del mundo”. Pero hoy residente en España –convertido en “Marqués de Vargas Llosa” por el rey Juan Carlos, con el tratamiento de “Ilustrísimo Señor”– el ex escritor y ex peruano denuncia ferozmente al “nuevo enemigo”. Es decir, “la amenaza del populismo, que ataca por igual a países desarrollados y atrasados”. [Vargas Llosa, “El nuevo enemigo”, El País, 05/03/2017]

Citamos este llamamiento de Vargas Llosa, porque lleva al extremo el intento disparatado de meter en una misma bolsa con la etiqueta  “populista” a todo lo que no sea neoliberalismo puro y duro. Por ejemplo, a Donald Trump, Marine Le Pen y al xenófobo holandés Geert Wilders, junto con Rafael Correa de Ecuador, Evo Morales de Bolivia, también al difunto Chávez, etc., etc.

Pero este disparate no es un invento del Ilustrísimo Señor Marqués de Vargas Llosa, sino otra de las interesadas confusiones políticas sembradas mundialmente. Conviene aclarar esto a la luz de los primeros dos meses de Trump.

En su artículo-llamamiento, Vargas Llosa define al “populismo” como una “epidemia viral –en el sentido más tóxico de la palabra– que ataca por igual a países desarrollados y atrasados” (sic!).

¿Pero cuál es su esencia? “La política irresponsable y demagógica de unos gobernantes que no vacilan en sacrificar el futuro de una sociedad por un presente efímero. Por ejemplo, estatizando empresas y congelando los precios y aumentando los salarios”, contesta el Señor Marqués de Vargas Llosa.

¡Qué horror! ¡No es tolerable que monstruos semejantes, que pretenden aumentar salarios y congelar precios, lleguen incluso al gobierno de países serios como EEUU! ¡El mundo libre y neoliberal está en peligro!

El verdadero Trump: ni estatizaciones, ni baja de precios, ni aumentos de salarios

Citamos los desatinos de Vargas Llosa no sólo porque son cómicos. Es que, ya hablando en serio, reflejan una ideología mundial, además del interesado disparate de “criminalizar” como “populista” hasta a cualquiera que pida un aumento de salario.

Por supuesto, el nacional-populismo latinoamericano –que incluye históricamente desde Cárdenas o Perón hasta los gobiernos “progresistas” iniciados en la década pasada– ha sido algo muy distinto de esas caricaturas. También, los nacional-populismos de los pueblos afro-asiáticos, como los históricos de Nehru en la India o Nasser en Egipto. Y desde ya no tienen nada en común con Trump ni Marine Le Pen.

Pero, volviendo a la realidad, lo importante es que de ninguna manera Trump esboza un rumbo de “aprietes” para “poner en caja” al gran capital corporativo y financiero. Ni menos aún obligarlo a dar concesiones a la clase trabajadora. Para decirlo en el lenguaje del Marqués de Vargas Llosa, no hay a la vista ni estatizaciones, ni baja de precios, ni aumentos de salarios. Hasta ahora, esas abominaciones “populistas” son rechazadas por Trump.

En la historia de EEUU, hubo gobiernos, como los de Franklin Roosevelt (1933-45) y relativamente algunos de sus sucesores, que gestionaron cierto “estatismo”, control de las finanzas y concesiones “populistas” a la clase trabajadora. Pero fueron medidasineludibles en medio de la mayor crisis económica internacional y, luego, la Segunda Guerra Mundial y el enfrentamiento con la Unión Soviética. Gracias a ellas, EEUU dominó gran parte del planeta.

Ni por asomo hay indicios de que Trump esté en esa sintonía. Lo que comenzó a hacer Trump, es parecido al idilio inicial de Macri con la burocracia sindical de Argentina. A los besos y abrazos se reunió con los burócratas de la UAW (United Automobile Workers) y de la central AFL-CIO, que tradicionalmente se alineaban con los demócratas, Clinton, Obama & Co. También participaron los directivos de las corporaciones del automóvil. Todos se juramentaron en apoyar a Trump y no hicieron un solo reclamo, ni de salario, ni por supuesto de estatizaciones. Ni menos Trump habló de estatizar a nadie y/o hacerle bajar precios.

Medidas antipopulistas… y antipopulares

Más graves aún son las novedades en las primeras medidas tomadas por el gobierno Trump. Es un rosario interminable de ataques a los sectores más pobres e indefensos, y de beneficios a los más ricos. Para abreviarla comentaremos sólo dos entre centenares, El fin del Obamacare, el sistema de salud para los más pobres, y las escandalosas quitas de impuestos a los más ricos.

Entre los países “ricos”, EEUU es el que tiene el sistema de salud más costoso y desastroso. Canadá, por ejemplo, al norte de la frontera yanqui, tiene un sistema de cobertura de salud estatal 4 ó 5 veces más barato que en EEUU y muchísimo mejor.

La clave de este desastre es que la salud del pueblo estadounidense es el gran negocio de los vampiros de las corporaciones de seguros y las farmacéuticas. El Obamacare fue un débil y limitado intento de solucionar esta situación, que fue combatido por las corporaciones y el Partido Republicano como un tentativa “comunista”.

Al llegar al trono, una de las primeras medidas de Trump fue decretar la liquidación del Obamacare. De acuerdo a un detallado análisis publicado en The Guardian, [“Republican healthcare plan: 24 million people could lose coverage, CBO reports”, 2017/mar/13], 24 millones de estadounidenses van a perder cualquier cobertura de salud.

Esta medida directamente genocida se trata de endulzar con las promesas de que habrá otros mecanismos asistenciales… Pero eso hasta ahora no pasa de charlatanería.

Simultáneamente a que los más pobres no tendrán cobertura médica, los más ricos pagarán menos impuestos. Trump ha presentado una especie o esbozo de “plan económico” [Ver: “Donald Trump’s Economic Plan”, The Balance, 2017/March/09].

Parte fundamental de este plan es la propuesta de “simplificar los impuestos”. En pocas palabras, reducir la “corporate tax rate” (tasa de impuesto corporativo) del 38% al 15%… con el verso de que así la bondadosas corporaciones volverían a traer su dinero a EEUU. Este verso ya se usó repetidas veces, por ejemplo en tiempos de Bush, sin resultados apreciables…

Por un lado, que los más pobres revienten sin asistencia médica. Por el otro, auxilio a las pobres corporaciones que tanto sufrieron bajo el comunista Obama… Ese es el “populismo” de Trump.

Pero esto no viene solo. Simultáneamente, los proyectos de presupuesto federal eliminan, además del Obamacare, otras 62 agencias y/o programas asistenciales. [USA Today, March 16, 2017, “The 62 agencies and programs Trump wants to eliminate”]. Son de muy diverso tipo, educativos, asistenciales, de vivienda, de energía limpia a bajo costo, etc. Trump no quiere derrochar dólares en esas tonterías.

En cambio, su proyecto de presupuesto da un giro radical en otro sentido: un aumento fenomenal de los gastos militares.

Un gabinete de CEOs, magos de las finanzas y genocidas

El gabinete de Trump se corresponde con eso. Tampoco hay un gramo de populismo a ese nivel. Es un gabinete de ejecutivos de corporaciones, magos de las finanzas y militares.

La BBC lo definió con exactitud: “El gabinete de Trump es una mezcla de ricos empresarios, exjefes militares y conservadores extremos.” (BBC, 17/12/2016)

“Donald Trump –comentan en otro artículo– hizo campaña cortejando a los obreros blancos estadounidenses por supuestos abusos por parte de las élites económicas del país. Pero como presidente electo, Trump está rodeado de multimillonarios en su gabinete, en una proporción mayor que cualquiera de sus antecesores… Trump estima su propia riqueza en cerca de US$ 10.000 millones. Si a eso se suman los bienes de las personas que el magnate nombra en puestos clave de su gobierno, se llega a una cúpula gubernamental cuya fortuna personal sumada supera el Producto Interno Bruto de muchos países.” (BBC, 01/12/2016)

El cargo principal, que en el sistema estadounidense es el más importante después de Trump, es el de Secretario de Estado. Lo ocupa nada menos que Rex Tillerson, ex director ejecutivo de Exxon Mobil Corporation, la sexta corporación del mundo.

La siguiente, es la Secretaría del Tesoro. Allí está Steven Mnuchin, ex ejecutivo de Goldman Sachs, la firma más poderosa de Wall Street, que además tiene vara alta en el Banco Central Europeo.

Como Secretaria de Educación no ha sido nombrada una maestra o profesora destacada, sino Betsy DeVos, cuya fortuna familiar se calcula en 5.100 millones… a lo que hay que añadir los ahorritos de su marido Dick, que sumarían otro tanto. Betsy viene a promover la privatización total de la educación. Cerrarían todas las escuelas públicas, y a las familias pobres se les darían vouchers para que matriculen a sus hijos en escuelas privadas.

Y así continúa la lista… Los que no son billonarios, como Tillerson Mnuchin o Betsy, son ex militares que se destacaron en los genocidios de Afganistán, Irak, y otras guerras menores.

La formación del gabinete Trump ha sido, sin embargo, conflictiva. Varios candidatos cayeron en la pelea.

Esto tiene que ver con dos fenómenos entrelazados, la división, por arriba, de la burguesía estadounidense, y la resistencia y repudio, por abajo, de amplios sectores juveniles, populares y del movimiento de mujeres al gobierno de Trump y sus planes.

Pero, tanto en un aspecto como en otro, la pelea no gira en el sí o no a un supuesto “populismo”. Los sectores populares que se enfrentan a Trump, lo hacen contra sus medidas archi-reaccionarias. La burguesía opositora, por su parte, difiere de Trump en alternativas diferentes frente a la crisis de la globalización neoliberal y las perspectivas de reordenamientos geopolíticos, especialmente en relación a Europa, Medio Oriente, Rusia y China.

Esto último está conectado con otro aspecto fundamental para una potencia imperialista, que es la política exterior de Trump. Lo abordaremos en un próximo artículo.

Claudio Testa

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Trump lanza una nueva oleada de ataques contra la clase trabajadora

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, es un conocido derechista que desde su campaña electoral viene dejando en claro que se opone por el vértice a los intereses de los trabajadores, de las mujeres, de la juventud, de los inmigrantes, etc. Los primeros meses de su presidencia confirmaron todas estas cuestiones, como venimos señalando desde este periódico.

Sin embargo, en estas últimas semanas viene preparando un ataque todavía más profundo contra los sectores populares. Esta nueva ofensiva tiene dos componentes: el presupuesto 2018, y la reforma al sistema de cobertura médica (conocido hasta ahora como “Obamacare” por ser una obra del ex presidente). Explicaremos por separados estos dos aspectos.

El presupuesto 2018

El presidente Trump presentó ante la sociedad su propuesta de presupuesto para el año 2018, que deberá ser discutida y aprobada en el año corriente. Una definición de conjunto es que se trata de un ataque brutal, una provocación en toda la línea contra los intereses de los de abajo, que empieza a configurar un proyecto nacional-imperialista de carácter neoliberal.

Explicaremos lo anterior. En primer lugar, el presupuesto recorta prácticamente todas las áreas del gasto público, excepto las siguientes: la del gasto militar, y la que abarca la seguridad nacional y la lucha contra la inmigración. En esos rubros, el presupuesto prevé un aumento del 10% y del 7% respectivamente.

Los funcionarios de Trump defendieron estos aumentos con la siguiente lógica: “Estados Unidos debe recuperar su lugar en el mundo, y para hacerlo necesita ‘poder duro’ y no ‘poder blando’”. “Poder Duro” refiere a la capacidad de imponerse militarmente frente al resto del mundo, mientras que “poder blando” significa construir hegemonía por otros medios, tales como las ayudas económicas a otros países, etc.[1]. Estados Unidos quiere volver a mostrarse como gran potencia mundial a través del garrote. Como parte de esto, Trump señaló la intención de aumentar y modernizar el arsenal nuclear de EEUU, lo que entraña una enorme gravedad para el mundo entero. El aumento del gasto militar señala, en definitiva, un nuevo giro autoritario, militarista y reaccionario de EEUU en el mundo.

El segundo aspecto del presupuesto 2018 es la brutalidad de los recortes, con un claro contenido neoliberal. Son golpeadas áreas como la salud y la educación, los planes de asistencia social, la ayuda exterior, etc.: cada una de ellas recibe recortes de entre el 10 y hasta el 30% del presupuesto. Pero entre ellas hay además un área que recibe los mayores golpes de todas: la de la lucha contra el cambio climático (que pierde por lo menos el 30% de su presupuesto). El proyecto de Trump desfinancia prácticamente todos los programas de protección ambiental, de desarrollo de energías sustentables, etc.

Se destaca, por ejemplo, el caso de la agencia llamada “ARPA-E” (‘Advanced Research Projects Agency-Energy’, Agencia de Proyectos de Investigación Avanzados – Energía), que prácticamente debería cerrar por falta de financiamiento. Esta agencia se encarga de promover y subsidiar proyectos de investigación en nuevas formas de energía que puedan superar la dependencia en los combustibles fósiles (altamente contaminantes y causantes principales del cambio climático). El subsidio de la investigación y desarrollo es fundamental para toda perspectiva de avance en este terreno, ya que hasta que no sean descubiertas formas muy económicas de energía limpia, toda inversión realizada al respecto es a pérdida durante largos periodos. Ningún capitalista quiere perder dinero, por lo cual ni siquiera es cierto que el “sector privado” se vaya a hacer cargo de financiar estos proyectos para su propio beneficio. En definitiva, la eliminación de los subsidios estatales solo significa el estancamiento científico-técnico, y la perpetuación de las actuales fuentes de energía contaminantes.

Esto va en sintonía con otras definiciones de Trump, que anunció un paquete de medidas para reactivar la industria del carbón. Se trata de la vía más rápida posible para estimular el calentamiento del planeta: es una política criminal, que va a contramano de las más elementales necesidades de supervivencia de la especie humana.

Pero regresando a los recortes en su conjunto, además de la defensa férrea del negocio de los combustibles fósiles y del objetivo de relanzar a EEUU como gran potencia militarista, existe una tercera gran racionalidad. Se trata del intento de reducir globalmente el gasto público con el objetivo de poder bajar los impuestos a los sectores más adinerados. Los funcionarios de Trump justifican esta meta con una lógica plenamente neoliberal: “si hay menos impuestos, los empresarios invierten más, reactivando la economía”. Esta lógica es opuesta por el vértice a la del keynesianismo, el “New Deal” y cualquier orientación que estimule el consumo popular como método de reactivación económica. Así, mientras Trump aparece como “proteccionista” frente al exterior (apariencia que, por otro lado, todavía no tiene ninguna medida concreta que la justifique), hacia adentro es un firme partidario del “libre mercado”.

El “Trumpcare”

El día jueves 23/3 se discutirá en la Cámara de los Representantes de EEUU el proyecto de Trump para revocar el “Obamacare” (sistema de cobertura de salud implementado por Obama en el año 2010) y reemplazarlo por un sistema propio.

El “Obamacare” es un sistema mediante el cual se hizo obligatoria para toda la población la contratación de seguros de salud, al mismo tiempo que el Estado federal subsidia un importante porcentaje del costo del mismo para amplísimos sectores. Por otro lado, extiende también el seguro de salud gratuito -o de bajo costo- “Medicaid” (gestionado por cada Estado, y con parte del financiamiento del Estado federal) para los sectores de menores recursos.

El “Obamacare” en su conjunto no es exactamente un sistema de cobertura estatal, ya que las prestaciones médicas siguen siendo en gran medida privadas (y por lo tanto, un enorme negocio capitalista), tampoco es gratuito en la mayoría de los casos (y por eso mismo no es tampoco universal). Sin embargo, más de 20 millones de personas pudieron acceder por primera vez a una cobertura sanitaria a través del “Obamacare”, lo cual le otorga un peso central en la realidad de los sectores explotados y oprimidos.

El financiamiento insuficiente del mismo, el carácter privado de gran parte de las prestadoras, los altos costos de contratación y otros problemas marcaron sus límites y erosionaron su base de apoyo. Así y todo, se trata de una de las pocas medidas “redistribucionistas” tomadas por Obama, su principal caballito de batalla y uno de sus mayores éxitos. También es una de las mayores medidas de asistencia social que existen en EEUU, un país que pese a sus altos ingresos, llegó a tener muy poco en común con los “Estados de Bienestar” europeos de la posguerra, y fue perdiendo lo poco que tenía como producto de la ofensiva neoliberal. El “Obamacare” fue a contramano de esta tendencia histórica: fue un subproducto de la crisis económica de 2008 y de un clima político girado a la izquierda, donde amplios sectores cuestionaron que el Estado implementara “salvatajes” a los grandes bancos y empresas mientras millones se sumían en el desempleo y la pobreza. En ese sentido, el “Obamacare” con todos sus límites fue una concesión a la clase trabajadora norteamericana.

Es precisamente eso lo que Trump quiere derribar. El rechazo al “Obamacare” fue uno de sus principales ejes de agitación en la campaña electoral. Lo que le critica al mismo es precisamente lo que más tiene de progresivo: el hecho de que se sustente (por lo menos en parte) en los impuestos a los ricos, para facilitarle el acceso a la salud a los pobres.

La reforma presentada por Trump realiza serias modificaciones al sistema de financiamiento, que en la práctica van a significar la reducción o eliminación de gran parte de los subsidios a los usuarios (sumado a la revocación de la obligatoriedad de contratar un seguro). Eso lleva necesariamente a que millones de personas pierdan el acceso al mismo, volviendo en gran parte a la situación que existía antes de 2010, donde solo una pequeña minoría privilegiada tenía acceso a seguros de salud. Le otorgaría también mayor peso a los Estados en detrimento del Estado Federal, lo cual significa que en las regiones más atrasadas del país regirían normas y presupuestos mucho más desfavorables. Disminuiría las regulaciones a las prestadoras privadas, desprotegiendo al usuario frente a su voracidad capitalista. Entre otras “maravillas”, anularía el financiamiento de programas de Planificación Familiar que facilitan el acceso a anticonceptivos y a la realización de abortos.

Es decir, la reforma de Trump se trata de un ataque en toda la línea, que impondría un retroceso muy claro en las condiciones de acceso a la salud de los explotados y oprimidos de EEUU.

Sin embargo, no está claro todavía que Trump pueda conseguir en la Cámara de los Representantes la cantidad de votos necesaria para aprobar esta monstruosidad. Los medios de comunicación difundieron que existen hasta 26 representantes republicanos (es decir, del propio partido de Trump) que se oponen a la misma. Una parte de ellos, con críticas por derecha (ya que no elimina del todo el sistema de subsidios). Pero otra parte, reflejando la composición social de la propia base republicana, dentro de la cual hay también millones de trabajadores, que ganaron acceso al sistema de salud por primera vez gracias al Obamacare. Aprobar la reforma Trump podría significar quitarles esa conquista, y lleva al peligro de perder eventualmente sus votos.

No está claro, por lo tanto, lo que va a ocurrir en la sesión del Parlamento. En caso de ser rechazada la propuesta, sería un duro golpe político para Trump, que lo mostraría debilitado e incapaz de imponer su agenda. En caso de aprobarse, puede provocar un enorme rechazo, fogoneando las protestas masivas que ya empezaron a ocurrir desde su llegada al gobierno, e inclusive erosionando su propia base social.

Los ataques de Trump deben ser frenados con la movilización multitudinaria de los trabajadores, las mujeres, la juventud, los inmigrantes y todos los sectores oprimidos. El monstruo reaccionario debe ser derrotado para que pueda existir un futuro digno.

[1] Esta estrategia para recuperar el lugar de EEUU en el mundo no es compartida por el establishment militar norteamericano (que es, en definitiva, el experto en el tema y su garante de última instancia). Una importante cantidad de generales retirados señalaron su descontento con el cambio de “poder suave” por “poder duro”: la experiencia de décadas de dominación mundial les demostró que la construcción de hegemonía requiere mucho más de ganar apoyo entre las poblaciones oprimidas que de (únicamente) la capacidad de imposición directa. Un ejemplo clarísimo es el fracaso de la guerra de Irak, que todavía es una gran herida abierta para Estados Unidos y su casta militar.

Ale Kur

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