Lo que dejan las elecciones del 26J

El PP ha salido ganador en esta segunda ronda de las elecciones generales el pasado 26J. Obtuvo 137 escaños (14 más que los conseguidos en diciembre) con 7.906.185 votos que representan un 33,03 %, recuperando votos que había perdido con Ciudadanos. Le sigue el PSOE con 85 escaños, 5.424.709 votos, un 22,66%; un resultado que le permite continuar –aun en extremis- como segunda fuerza política y resistir el tan anunciado sorpasso por izquierda de UP. Sin embargo, logra esto a costa de obtener el tercer peor resultado consecutivo de su historia perdiendo 5 escaños respecto a las elecciones pasadas y quedando a más distancia del PP (además del triunfo de los populares en Andalucía, sobre todo en Sevilla, y Extremadura). En tercer lugar se ubica Unidos Podemos (Alianza electoral Podemos + IU) con 5.049.734 votos, un 21,1%. No logró el ansiado sorpasso quedándose con 71 diputados, sólo dos más que antes. Pero sobre todo hay que tener en cuenta que, de conjunto, la coalición obtuvo casi 1.200.000 votos menos que en las elecciones pasadas (cuando se presentaron por separado). En cuarto lugar, se revela evidente el hundimiento sufrido por Ciudadanos con la pérdida de ocho diputados (quedándose con 32).

Con estos resultados, la incertidumbre sobre la formación del nuevo gobierno se mantiene, porque todos los partidos han quedado lejos de alcanzar la mayoría absoluta necesaria estipulada en 176 escaños. De todas maneras, esto no quita que todo el mundo vea al PP como triunfador de la contienda y que el empresariado y los medios ya hayan salido a presionar para que las demás formaciones (sobre todo el PSOE) faciliten de alguna manera un nuevo mandato de Rajoy.

 Así las cosas, a diferencia del 20D, ahora el escenario es mucho más propicio para la derecha expresando un retroceso en las expectativas populares. La situación ha cambiado en relación a las pasadas elecciones del 20D cuando el desplome del PP, el hundimiento del bipartidismo, el desinfle de Ciudadanos y el ascenso de Podemos fueron datos objetivos.

De ahí que el dato inmediato a retener es que Rajoy y el PP han salido fortalecidos. Objetivamente Rajoy, que hasta no hace mucho podría haber sido desbancado del gobierno, ha ganado sus terceras elecciones incluso mejorado sus resultados de diciembre. Beneficiado por una coyuntura europea a la derecha, por los resultados del Brexit y apelando al discurso de la “responsabilidad y estabilidad”, el PP ha logrado llegar y movilizar a las urnas a más sectores conservadores y reaccionarios temerosos tanto de la inestabilidad externa, como de un probable gobierno “extremista de los comunistas de Podemos”…

Queda claro entonces, como primer balance, que se experimentó un “giro conservador” y una “recuperación conservadora” respecto al 20D. Susana Díaz ya ha dado el guiño a un probable gobierno en minoría del PP propiciado la abstención del PSOE con la excusa de “evitar unas terceras elecciones” y de que el lugar que le corresponde al PSOE es el de oposición.

Un segundo elemento a tener en cuenta es los principales partidos del bipartidismo resisten: el PP y tampoco el PSOE no se han derrumbado (aunque el segundo ha salido muy debilitado) y las otras dos formaciones emergentes se consolidan como nuevas fuerzas y parte del sistema de partidos, pero sin lograr desbancar del todo a los primeros. Se evidencia un claro retroceso en cuanto a la crisis del régimen abierta a partir del 2011. Esto se expresa en el hecho de que el PSOE sigue ubicándose como la segunda fuerza política a pesar de sus malos resultados y en que el famoso sorpasso logró evitarse. Esto se debe, probablemente, al capital histórico y prestigio acumulado que posee el PSOE por haber sido el “partido del progreso” en los años ´80 y a la desilusión que venía operando en amplios sectores simpatizantes de Podemos ante la derechización y adaptación de Pablo Iglesias (muchos analistas insisten que el PSOE logró movilizar en esta elección a parte de su histórica base social trabajadora que tenía “abandonada” por así decirlo).

Un tercer elemento de balance es que la alianza electoral entre Podemos e IU (acuerdo cerrado no sin reticencias de ambos lados) y la ilusión que despertó entre amplios sectores, no ha logrado traducirse en votos ni en un avance de la izquierda en general. Es decir: en un avance de las tendencias rupturistas y de “cambio” que se expresaron en los resultados del 20D, que más bien hoy se han frenado o “congelado”. Y esto tiene que ver con un elemento clave: la estrategia puramente electoral de Podemos que en última instancia se resume en la negación a apostar e impulsar el desarrollo de la lucha social.

De ahí que a Podemos le correspondan graves responsabilidades por el giro conservador expresado en esta elección. No alcanza con la excusa de la coyuntura europea. Es que Podemos, desde sus orígenes y cada vez más, ha ido girando hacia la derecha (¡y volverá a hacerlo ahora a partir de este resultado electoral!), desestimando toda participación sistemática en las luchas sociales, apostando sólo a la intervención mediática y electoral, a la figura carismática de Pablo Iglesias, incluso evitando desarrollar raíces orgánicas por abajo, entre los trabajadores, la juventud, los barrios populares. 

Esta no apuesta al desarrollo de las luchas sociales, esta no construcción orgánica, esta apuesta puramente mediática y electoral de una fuerza que logro adquirir amplia influencia de masas, es evidente que ha tenido su efecto en el giro conservador de la coyuntura, debilitando al mismo tiempo las características mismas de Podemos como organización (hasta puede parecer a veces que Pablo Iglesia y Podemos aparecen como “caprichosos” en sus dichos pero poco convincentes de las fuerzas reales que tienen para llevar adelante sus palabras). 

Es evidente, entonces, el golpe y la desilusión que los resultados han provocado en los sectores que apostaban al “cambio”. En pocos meses la situación ha cambiado. Y si incluso pocos días antes de la elección el “cambio”, “la posibilidad de destronar al PP” y el sorpasso eran temas recurrentes y una ilusión latente, el resultado electoral ha dejado las cosas en un lugar distinto: el PP puede continuar cuatro años más y los sectores que apostaban por el cambio han quedado golpeados. La dirección de Podemos ha reconocido que se esperaban “mejores resultados” y que ahora habrá que “seguir trabajando de cara al futuro”. Las palabras de Echenique fueron más que elocuentes apenas conocidos los resultados: dijo “nadie se explica cómo es que las encuestas y sondeos hayan fallado tanto, nosotros tampoco”…

Pero el hecho cierto es que las elecciones siempre actúan de esa manera, se caracterizan por ese tipo de pronósticos, de impresionismos donde parece estarse a punto de “conquistarse el mundo” y luego no se alcanza “nada”; ocurre que para conquistar el mundo de manera transformadora, revolucionaria, hace falta apelar a las fuerzas sociales que están en la base de la sociedad: los explotados y oprimidos, algo que está explícitamente fuera de la agenda de Podemos y su estrategia reformista.   

Se está frente al fracaso de una estrategia absolutamente subsumida en ganar votos y gobernar con el PSOE (aunque sea la casta) y con los medianos empresarios, y opuesta a impulsar y desarrollar las luchas. Una estrategia que se acota y se acaba en el terreno electoral y de las instituciones. Por eso su derechización y adaptación cada vez más descarada a las reglas del juego parlamentario de la democracia burguesa: porque lo que importa es ganar las elecciones a cómo de. Y a esto se ha dedicado Podemos en estos meses: a hacer campaña con una orientación puramente electoralista, sólo destinada a juntar votos sin importar si se ganan a costa de abandonar todas las demandas estructurales y los elementos programáticos rupturistas que su programa original contenía.

Lo que por otra parte no quiere decir que no se pudiera hacer una campaña electoral transformadora, revolucionaria. No es verdad que este es el único tipo de campaña que se pueda hacer, que haya que adaptarse a sus reglas de juego. Una campaña electoral revolucionaria podía y debía hacerse (¡y hubiera sido extraordinario que se realizara!) con Podemos impulsando las luchas sociales, tomando en sus manos las reivindicaciones más sentidas. De ahí también el triste papel de Anticapitalistas, sección oficial de la IV mandelista, totalmente adaptada a la dinámica de la dirección de Podemos, a su curso político y electoral totalmente acondicionado a los requerimientos del régimen parlamentario.

En síntesis: le cabe a Podemos la inmensa responsabilidad de frustrar la expectativa popular porque su estrategia ha demostrado sus límites y ha cumplido un papel de reabsorción y canalización  electoral de la indignación y la rabia que en el 2011 estalló.

Desde Socialismo o Barbarie España afirmamos que el cambio no viene ni vendrá fundamentalmente de las urnas, y ahora que ganó el PP seguramente avanzará en recortes y ataques a los trabajadores. Por eso de lo que se trata es no de sacar una conclusión escéptica, sino las verdaderas enseñanzas del caso para las luchas y desafíos que están por delante.

Organizarse y luchar como lo hacen las fuerzas de la izquierda revolucionaria en la Argentina, o los compañeros de IZAR en Andalucía (que obtuvieron una humilde pero digna elección a sus candidaturas), para apostar al desarrollo independiente de las luchas y en oportunidad de elecciones, a una política electoral revolucionaria, clasista e independiente que impulse la lucha social y pelee por la conciencia socialista, que pelee por una estrategia revolucionaria contraria a la jugada puramente electoral e institucional a la que viene apostando Podemos. Por esto mismo habrá que redoblar los esfuerzos y encontrarnos en las calles desde ya mismo para no caer en el escepticismo o la desmoralización.