Por la construcción de un Movimiento de mujeres de lucha en las calles

Mary Rog

El impacto del caso de una chica violada el pasado 12 de mayo  por treinta hombres en Brasil, despertó la indignación en las redes sociales y medios de comunicación. Un repudiable caso a pocos días de la suspensión de la presidenta Dilma Rousseff, hizo eco del horror todavía permanente que viven las mujeres en ese país. Sin embargo esta realidad no está tan lejana de la que viven las mujeres en todo el mundo. Al poco tiempo un escandaloso fallo de la justicia patriarcal en Estados Unidos le daba seis meses de prisión a un atleta violador para no afectar su “brillante carrera” y días después una masacre homófoba en un bar gay de Florida dejaba decenas de muertos y heridos.

Todo esto, inundó las redes sociales en muy pocos días, logrando colocar nuevamente sobre la mesa el problema de la violencia  estructural de género que se reproduce como una plaga en todos los ámbitos a lo largo del mundo.

La escala de violencia hacia la mujer, en el estado Español,  asciende ya a  43 femicidios en lo que va del 2016 según cifras de la organización geofemicidios. Mujeres degolladas por sus parejas o exparejas, mujeres agredidas en la calle mientras reparten volantes por un par de euros la hora, mujeres abusadas, mujeres explotadas sexualmente, mujeres descartadas como sacos de basura en los bordes de las rutas, y un largo etcétera que no parecería tender a extinguirse.

Por el contrario, vemos cada vez más como se abren paso visiones tradicionalistas y retrógradas sobre el rol femenino fortaleciendo la objetualización e instrumentalización del cuerpo de las mujeres para la satisfacción de un placer exclusivo y para la reproductividad sistemática. Un elemento de esto ya se manifestó en el 2012 con la “protección del derecho reproductivo” de las mujeres, impulsada por la reforma del antiguo ministro de justicia Alberto Ruiz-Gallardón.

Desde las grandes estructuras, los gobiernos, las legislaciones, regulaciones del trabajo, leyes, códigos civiles, jurisdicciones e instituciones en general,  se aplica todo tipo de opresión hacia la mujer. Es por esto que la impunidad reina cuando se trata de juzgar los casos de violencia de género. Se deja en libertad o con penas mínimas a los violadores, se otorgan prórrogas judiciales, sobreseimientos a femicidas, incumplimiento de las órdenes de alejamiento, caso omiso a las denuncias; permitiendo con todo esto la existencia de un marco enorme de impunidad y complicidad. No muy lejos en Toledo, Susana Guerrero es un caso ejemplar de la violencia estructural que golpea a las mujeres. Susana fue abusada durante muchos años por su ex pareja y padre de su hija y cada vez se ve más presionada por la “justicia” a entregar la custodia de la niña. Y,  por si el escándalo no alcanzara, también a indemnizar monetariamente al violento por incumplimiento de régimen de visitas.

Sumando a este panorama sobre la situación de las mujeres en el estado español, son muchísimas las mujeres que incrementan las cifras del paro, subempleo precariedad en trabajos como el servicio doméstico, de cuidados, trabajo por horas, etc. en su mayoría rubros poco o mal regulados. Las más jóvenes no tienen acceso a un aborto seguro si no es con el permiso de sus padres y son bastardeadas por la justicia para efectivizar su acceso, contando con cero garantías por parte del estado.

El conjunto de todas estas instituciones responden a esta lógica patriarcal y cuentan con todos los mecanismos para ejercer acciones concretas de opresión sobre las mujeres. Su rol es mantener a la mujer supeditada a las reglas del capitalismo en donde ésta no es más que un objeto de manipulación comercial (en ocasiones de su misma compra o venta), un envase o una fábrica de seres humanos. Es así pues que no nos sorprenden las últimas declaraciones del presidente turco en el que refiere que las mujeres que no son madres son seres incompletos, “medias personas”, imponiendo desde arriba y abiertamente una política que no permite a las mujeres decidir sobre el hecho de reproducirse o no.

Precisamente, en esta cruzada en contra de las mujeres y sus derechos, el Estado burgués no está completamente solo, sino que se apoya permanentemente en la institución de la Iglesia, la que por cierto, en el estado español cuenta con más del 1 por ciento del PIB para subvenciones directas y exenciones tributarias, redondeando los once mil millones de euros anuales. Estamos diciendo que con una tasa de paro cercana al 20 por ciento en donde la mayoría de desocupadas son mujeres y que oscilan entre éste y el subempleo del servicio doméstico. El estado, en medio de una coyuntura económica bastante crítica,  no ha hecho sino optar por el aumento de la financiación a la iglesia católica dejando de lado la posibilidad de ampliar con dichos fondos los programas de protección hacia las mujeres, construcción de refugios para víctimas de violencia familiar, la creación de empleos dignos o programas de formación profesional laica y científica para garantizar su inserción laboral, la garantía de que muchas se reincorporen tras la excedencia por maternidad, etc.

Es decir, sólo la iglesia no sufre ni ha sufrido las consecuencias de una crisis que pesa cada vez  más sobre las mujeres, los jóvenes y los trabajadores.

Pero no es sólo esto, sino que el estado apoyado en la educación religiosa no promueve ni educa sobre la lucha específica que tiene como sujeto a la mujer ni considera que existan asuntos que  la atañen exclusivamente. Es más, en el sistema capitalista como tal,  se nos reprime estéticamente con violencia publicitaria y se nos asigna ese lugar objetual y de vulnerabilidad que abre la puerta a todo tipo de violencias. Para el estado como para el sistema capitalista y para la iglesia las mujeres estamos destinadas a producir desde nuestros cuerpos la materialidad de la vida y reproducir desde nuestras casas esa dinámica que nos atornilla a la maternidad como actividad exclusiva en concordancia plena con el lugar que la iglesia nos otorga en el seno de la familia. Asimismo, una de las formas de sostener a la familia “normal”, que mantiene a la mitad de la humanidad en la esclavitud para beneficio del capitalismo patriarcal, es santificar la unión obligatoria entre un hombre y una mujer.

Las Rojas sostenemos que el movimiento de mujeres debe levantar el reclamo de terminar con toda opresión sobre las mujeres y las minorías sexuales y creemos que las personas LGTBI  son nuestros aliados en esta pelea contra el capitalismo patriarcal.

Consideramos que es necesaria la liberación de las relaciones personales de toda compulsión económica, es la base material para combatir la opresión, la violencia y la explotación sexual. Apuntamos más bien a su inclusión plena al trabajo productivo en el sentido de romper el aislamiento y  formar parte plena de la clase trabajadora en la construcción de un movimiento de mujeres que se plante en las calles por sus derechos.

En este sentido, el sistema ha sido muy hábil para reciclar demandas y convertirlas en esterilidades a su servicio, así la diversidad es un aspecto que se ha convertido en uno de esos rompecabezas de 1000 piezas. La diversidad se multiplica al infinito. Y así nunca nada nos une. No tenemos nada en común, no tenemos lucha en común. Sin embargo, existe sin duda una tendencia generalizada a resistir a la naturalización de esta violencia específica, Las Rojas pretendemos llevarla a cabo de manera consciente, organizada y eficaz, exigiendo justicia para cada víctima, acompañando a las familias, denunciando públicamente a los responsables que desde la justicia, el parlamento o el gobierno amparan estos abusos y garantizan la impunidad

Por esto mismo es urgente e imprescindible la construcción y fortalecimiento de un movimiento de mujeres independiente de todo sector burgués. Porque no podemos confiar en el estado, ni en sus instituciones patriarcales, sino sólo en la construcción desde abajo en los lugares de estudio y de trabajo, en la organización para la comprensión de los mandatos tradicionales, de las relaciones laborales y sociales y de la lucha permanente que nuestra emancipación implica.  

Llamamos retomar la tradición de Stonewall de la lucha callejera y de enfrentamiento con el Estado y sus instituciones, porque están al servicio de la opresión. La única manera de enfrentar la opresión que sufrimos es en primer lugar siendo independientes de todo gobierno o institución que quiera comprarnos. Y para construir un verdadero movimiento  de mujeres que luche contra la opresión debemos unir nuestra lucha a la del movimiento LGTBI, contra la familia patriarcal capitalista, acompañándonos de la fuerza de los trabajadores en ese terreno estratégico  e histórico que son y han sido las calles.

28 de junio todos a las calles 20:30 Plaza Universitat- Pregón del orgullo

por un movimiento de mujeres que se plante a quien gobierne

basta de femicidios y homolesbotransfobia

Organizate con Las Rojas!