¿Qué perspectivas para la movilización contra la reforma laboral?

Luego de tres meses de lucha

Luego de tres meses de movilizaciones, huelgas y bloqueos contra la reforma del Código del Trabajo impulsada por el gobierno “socialista” de Hollande, venimos de vivir la manifestación más grande desde el comienzo del conflicto. A pesar del cansancio, del clima “veraniego” que comienza a vivirse, de la Eurocopa, cientos de miles se dieron cita para expresar su rechazo al retroceso en términos de derechos laborales que esta ley implicaría.

Es una buena ocasión para señalar los elementos centrales de la situación y las tendencias que se dibujan en el horizonte. Veamos de cerca entonces dónde estamos parados.

Una movilización importante pero un reflujo de las huelgas

Volvamos primero a la movilización del día de ayer, 14 de Junio. Se trata, sin dudas, de la movilización más importante que hemos conocido desde que el 9 de Marzo tomamos las calles contra la reforma laboral. Decenas de micros llegaron a París desde todo el país, donde se realizaron sin embargo movilizaciones en ciudades importantes (Marsella, Toulouse, etc.). En París, las columnas eran interminables: entre las cifras irrisorias de la policía (80.000 manifestantes) y la exageración de los sindicatos (1 millón), quizás lo más correcto sea decir que entre 250.000 y 300.000 personas se movilizaron en la capital.

Había un clima combativo, con columnas importantes de sectores en lucha como los portuarios o como los ferroviarios, quienes decidieron realizar una columna “inter-estaciones” en la cabeza de la manifestación, en vez de ir divididos en las columnas de los diferentes sindicatos. La movilización fue duramente reprimida: a la mezcla habitual de gases lacrimógenos, balas de goma y “granadas de goma” (es decir, granadas que lanzan una veintena de proyectiles de goma), se sumó por primera vez un carro hidrante contra los manifestantes, que nos “acompañó” hasta el final de la movilización, cuando la policía decidió dividir a la manifestación en dos, poniendo cinco o seis cordones de gendarmes.

La movilización, como tal, fue un éxito: cientos de miles de movilizaron, mostrando claramente su voluntad de pelear contra la reforma laboral, logrando superar la represión, que no impidió que la manifestación avanzara y llegara a destino a pesar de la brutalidad desencadenada por el gobierno. De conjunto, más allá de las mentiras del gobierno y de los medios en torno a las cifras y de su voluntad de centrar todo en los “elementos violentos”, quedó claro que cientos de miles repudian esta reforma aunque el gobierno hable de una “minoría”.

Sin embargo, no se puede dejar de señalar que, de manera contradictoria con el éxito y el estado de ánimo de la manifestación de ayer, el movimiento en su conjunto parece estancarse desde hace tiempo y está empezando a retroceder.  Las refinerías, que mantuvieron en vilo al país en torno a una posible crisis de desabastecimiento de combustible (gracias también al efecto de bloqueos de depósitos) terminaron la huelga, así como portuarios de las compañías que alimentan las refinerías de bruto. Los basureros de París, aunque mantengan bloqueado el principal incinerador de la región de Ivry-sur-Seine, han levantado los bloqueos de los garajes municipales, permitiendo así que el 60% del personal, que no hace huelga, retome el trabajo e impida que París se hunda bajo pilas de basura. Entre los ferroviarios, la CGT, principal sindicato del sector, comienza a llamar en las asambleas a retomar el trabajo, y las cifras de huelguistas bajan mientras el tráfico mejora…

Por el momento, no parece haber elementos que indiquen que esa tendencia vaya a cambiar: lo que sucede es que comienzan a sentirse los efectos de huelgas largas (tres semanas en las refinerías, más de diez días en ferroviarios, a los que hay que sumarle además una decena de jornadas de huelga aisladas en los últimos meses) y el hecho de que en ningún momento se ha logrado verdaderamente bloquear el país. Se ha construido así una dinámica “larga”, donde diferentes huelgas se sucedieron en diferentes sectores y momentos, con “picos”, durante las jornadas nacionales (espaciadas sin embargo por al menos un mes de distancia…), pero en las que en ningún momento se ha golpeado de manera central y unificada para lograr verdaderamente cambiar la totalidad de la situación.

La cuestión es que no se trataba de una política “secundaria” del gobierno: al contrario, los ataques contra los derechos laborales forman parte del núcleo de la estrategia de la burguesía francesa y mundial frente a la crisis económica capitalista. De allí que de hecho, detrás de Hollande, se encontrara la Unión Europea y los gobiernos europeos que vienen aplicando políticas similares en el resto del continente, e incluso el FMI que exige “ir más lejos aún”. Frente a semejante apuesta de las clases dominantes, luego de la aplicación antidemocrática del “decretazo”, la única posibilidad de ganar era tirando abajo el gobierno, que hizo de la reforma el caballo de batalla de su quinquenato, lo que hubiera abierto una crisis política en regla. Para conquistar esta perspectiva, una dinámica “larga pero de baja intensidad” no fue suficiente.

El gobierno cierra filas y se mantiene firme

En este sentido, hay que destacar como un dato de la situación que los elementos de división que se vivieron en un momento en el seno del gobierno parecen haberse calmado. En este momento, parecemos estar lejos del clímax de los “opositores” del PS que rechazaron votar la reforma en la Asamblea Nacional obligando al recurso del decreto, de la “cacofonía” dentro del gobierno entre aquellos dispuestos a cambiar puntos sensibles de la Ley para acordar con los sindicatos y aquellos que se mantenían “inflexibles”. En ese sentido, hay que señalar que, más de que en su momento abrió elementos de crisis y “echó leña al fuego” de la movilización, el gobierno logró capear el desprestigio de la utilización del decretazo, y se permite incluso hoy amenazar con prohibir las próximas movilizaciones programadas contra la ley.

Nos encontramos frente a un gobierno que, amén de las cifras record de impopularidad que reflejan su descrédito y presagian una performance electoral lastimosa, logra mantenerse en pie, llevando hasta el final las políticas de fin de mandato. Nos encontramos hoy contra un gobierno que ataca al unísono a los manifestantes y a los huelguistas, que repite sin cesar que “no va a retirar la ley”, que se beneficia también de la cortina de humo creada por la Eurocopa y por los atentados terroristas reaccionarios (como el que cometió un “lobo solitario”, supuestamente ligado a Daesh, contra una pareja de policías, que apuñaló en su propia casa).

Dos elementos permiten explicar esto. En primer lugar, se trata de un gobierno en fin de mandato, que se prepara a dejar el poder pero habiendo hecho su “tarea histórica”: contribuir (como supieron hacerlo los “socialdemócratas” alemanes a principios de los 2000) a reventar las conquistas históricas de la clase trabajadora para relanzar la tasa de explotación capitalista y lograr una “salida” a la crisis. En este plano, como señalamos, cuenta con el apoyo unánime de la burguesía francesa (aunque exija siempre ir más lejos) e internacional. El gobierno no tiene nada que ganar, a un año de dejar el poder, si retrocede con una de sus medidas económicas estratégicas: prefiere un suicidio político que permita una victoria social de la clase dominante sobre el proletariado.

El segundo elemento es que las direcciones sindicales burocráticas (con la CGT a la cabeza, que ha dirigido la comparsa) nunca han ido a fondo en la pelea, sino que han siempre canalizado la cuestión hacia las vías normales (burguesas e institucionales) de resolución de los problemas. En ese sentido, una de sus grandes orientaciones de las últimas semanas fue realizar una “votación ciudadana” para llevar los resultados de la misma al Senado (donde la derecha, mayoritaria, quiere destruir la jornada de 35 horas…), “interpelar” a los parlamentarios, y pasarse día y noche quejándose de que el gobierno no se sentaba a discutir (cuando la reforma, en su esencia misma, no permite ninguna discusión, sólo la exigencia de que se abandone).

La estrategia de negociación y de fragmentación de la CGT y demás direcciones sindicales, en una situación en que más del 70% de la población se declaraba en contra de la reforma, en la que las huelgas de petroleros y ferroviarios recogían una gran simpatía, en la que el gobierno contaba con un mísero 14% de popularidad, es sin duda un elemento central para explicar cómo este gobierno anti-obrero y anti-popular, desprestigiado y detestado, es capaz de pasar una reforma de este calibre.

Las direcciones sindicales: la estrategia del aislamiento y  la negociación

A pesar de sus discursos “combativos” y “firmes”, las direcciones sindicales se han dedicado a una sola tarea desde el inicio del conflicto: impedir que toda la bronca acumulada desde abajo, la voluntad de pelear, de confluir todos como un solo puño, se conviertan en una verdadera acción unificada contra el gobierno. Durante prácticamente un mes se negaron a llamar a acciones significativas (desde 9 al 31 de Marzo, primera fecha de huelga nacional). A partir de allí, apenas llamaron al 28 de Abril y luego al 26 de Mayo.

Su política en los diferentes sectores confirma esto: luego de “desangrar” a los ferroviarios con huelgas aisladas de 24 y 48 horas, los portuarios y petroleros entraron en pelea, demostrando a la vez su poder de bloqueo y la capacidad de movilización de la CGT. Pero en este momento clave, cuando era posible unificar los esfuerzos y avanzar hacia el bloqueo del país, la CGT decidió no impulsar la entrada en escena de los ferroviarios, otro sector estratégico, sino esperar una decena de días hasta el fin de las “negociaciones”, cuando era clara la voluntad del gobierno y los patrones ferroviarios de imponer la flexibilización.

Así, se fue construyendo una “desarmonía” de los diferentes sectores en lucha, que entraron con calendarios diferentes, algo sobre lo cual las direcciones sindicales tienen una responsabilidad central. Una expresión de esto, además, es que las jornadas nacionales fueron siempre de 24 horas y aisladas las unas de otras, sin llamado a la huelga ilimitada. Así, aunque se tuviera la sensación de que la dinámica de luchas duraba en el tiempo y los diferentes sectores iban tomando el relevo (lo cual sin duda fue un punto positivo en el sentido en que mantuvo vivas las movilizaciones y el clima de contestación), se perdió la oportunidad de unificar esas luchas parciales, de apuntar verdaderamente a bloquear el país haciendo confluir todos esos sectores estratégicos.

A esto se suma además un discurso de diálogo y negociación levantado por la CGT. Así, luego de la movilización del 26 de Mayo, Philippe Martínez, secretario general de la CGT, se dedicó a repetir una y otra vez que estaba dispuesto a sentarse en la mesa de negociación “sin exigencias” (es decir, sin plantear la retirada pura y simple de la ley), que el problema es que el gobierno “no lo llamaba” y que lo central era volver a dialogar. Llegó incluso a declarar que si el gobierno le otorgaba una reunión, “los bloqueos se terminaban automáticamente”. Frente a la Eurocopa, defendió que debería ser una “gran fiesta popular”, que la CGT no se proponía bloquearla.

Es por eso que muchas miradas están puestas en la reunión entre el dirigente de la CGT y la ministra de Trabajo, Myriam El Khomri, este viernes 17. En la misma, más allá de las declaraciones de “inflexibilidad” del gobierno, podría resolverse una “salida de crisis” con algunas concesiones del gobierno que se harían efectivas durante la reescritura de la ley en su segunda lectura en la Asamblea Nacional. Sería una manera de la CGT de armar las valijas con algo entre las manos, luego de explicarnos claro que “los trabajadores ya no quieren luchar”, que empieza el verano, que siempre podremos “retomar la lucha en septiembre”.

Cristalizar y reforzar la acumulación que hemos conquistado

Aún no puede determinarse con claridad el resultado de la pelea contra la reforma laboral: hay que esperar a ver el impacto de la movilización de ayer, además del hecho de que aún queda un camino por recorrer para su aprobación, incluido un posible recurso a un nuevo decretazo. Sin embargo, para hablar honestamente, en este momento particular la tendencia parece apuntar más bien a un retroceso de la lucha.

Lo central es que, sea cual sea el resultado, más temprano que tarde tendremos que emprender otras peleas contra los ataques del próximo gobierno y de las clases dominantes. La crisis económica capitalista está aún lejos de terminarse, y la burguesía a nivel mundial tiene una sola consigna: hacerle pagar hasta el último centavo a la clase trabajadora, destruyendo las conquistas históricas obtenidas con dos siglos de luchas sociales. Los programas económicos de la derecha francesa (jornada laboral de 40 horas o más, flexibilización acentuada de los contratos laborales, recortes en gastos del Estado) preanuncian duras batallas.

Una nueva generación y camada de activistas han hecho sus primeras armas en esta pelea, o han reforzado su actividad militante para aquellos que ya se encontraban organizados. Cientos o miles de trabajadores y jóvenes a lo largo y ancho del país han participado de asambleas, de movilizaciones, de bloqueos y ocupaciones, han resistido a los gases y los golpes de la policía, a la prohibición de manifestarse. Miles han hecho la experiencia con el gobierno, con su aparato represivo, con los límites del parlamentarismo por más rojo que se pinte, con la política de las direcciones sindicales.

Miles han tomado conciencia de que la reforma laboral no es sino la punta del iceberg de un sistema de explotación y opresión, que nos hace perder la vida para ganársela, que destruye los servicios públicos, que lleva al planeta a la catástrofe, que convierte el Mediterráneo en el cementerio de decenas de miles de refugiados que huyen de las bombas imperialistas y de las corrientes semi-fascistas como el Estado Islámico. La lucha contra la reforma El Khomri ha vuelto a poner en el centro de la escena la lucha de clases, el rol central de los trabajadores que son los que hacen funcionar el mundo, la fuerza colectiva.

De lo que se trata entonces es de cristalizar toda esta organización, todas estas experiencias, de agrupar a los cientos o miles que quieren dar la pelea por acabar con el mundo miserable en el que vivimos. Es necesario sacar todas las enseñanzas posibles de esta lucha, porque la universidad de los explotados y oprimidos son las huelgas, las calles, las ocupaciones. Es necesario, además, dar una alternativa política revolucionaria, que se plantee desde la clase obrera hacer saltar por los aires este sistema, sus políticos, sus instituciones, su aparato represivo. Hay que organizar y formar una nueva generación de militantes revolucionarios, reforzar la construcción del Nuevo Partido Anticapitalista en la vía de aumentar nuestra implantación, estructuración e influencia; esta es la tarea a la que los militantes de Socialismo o Barbarie nos consagramos. Sólo así podremos llevar hasta las últimas posibilidades la pelea actual y prepararnos para las luchas que, más temprano que tarde, volverán a poner a los trabajadores y a la juventud de pie.